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domingo, 29 de julio de 2012

Bolívar no es una estatua




La grandeza le queda grande a quienes están acostumbrados a mirar siempre desde abajo y solo de abajo pueden ver quienes viven arrodillados. Con su arrogante barbilla en alto que nunca alcanza la altura, desde allá abajo, los arrodillados, decente y pensantemente, se aferran a opiniones de sesudos analistas globotizantes que pretenden empequeñecer a quienes a quienes optamos y luchamos por vivir de pie.
De rodillas, desesperados, buscan disimular su bajeza, atacando a todo lo que sobresalga por encima de sus cabecitas a ras del suelo. Y de lo grande lo más grande: Bolívar.
Crecí viendo escuetas conmemoraciones del 24 de julio, con ofrendas florales funerarias que parecían desear que Bolívar nunca hubiera nacido. Ni una idea, ni un recuerdo, más allá de aquella voz ronca, como de ultratumba, que nos decía una frase bolivariana chucuta y fuera de contexto. Bolívar mudo, amordazado, confinado a una estatua de bronce toda cagada de palomas… y su pueblo, amordazado y confinado al hambre y a la ignorancia, porque “ay ay ay si supieran nos jodemos.” -Decía la gente bien- que sí sabía que “un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción” y, cual palomas en la plaza, cagándose en el Libertador, hicieron todo lo posible por alimentar la ignorancia para picotear luego, cual zamuros emperifollados, los despojos de la destrucción. De rodillas, meneando un wiskisito, se regodeaban con su cuestionable proeza que, borrachos de poder, creyeron eterna. Pero eterno es Bolívar…
Hoy, con Simón más vivo que nunca, así de tú a tú, nuestro, libre del bronce mudo y frío; Simón hecho pueblo, gigante, invencible, ellos persisten en su incómoda y degradante postura, arrodillados, y con un estoicismo ridículo. Desde  los mismos medios que otorgan eternidad a Marilyn Monroe, que inmortalizan a Misses vivas, peloteros muertos y a glorifican mercantilizadas estrellas de pop; dudosos académicos proclaman que Bolívar ha muerto, que no merece su gloria, que era un tipo común de ideas caducas,  que no hay Patria Grande, que eso está out, que lo in es el TLC, que la Patria no es Patria sino un patio trasero fragmentado, cagado, no por palomitas de plaza, sino por el águila de Norte, decente y pensantemente, como debe ser.
De rodillas nos invitan, con espejitos electorales, a descender a su bajura y convertirnos en nuestros propios verdugos. Nos subestiman y como no nos dejamos nos  desprecian y resienten… y reclaman, preocupadísimos por la buena salud del difunto, que Bolívar lo que quiere es que lo “hagan descansar en paz”; que lo apaguen, pues; justo ahorita cuando el sueño de Simón lo soñamos tantos, cuando estamos más cerca que nunca de alcanzarlo.
Solo sobre la Patria Grande, libre, independiente y justa, descansará en paz Bolívar, descansará, sí, pero vivo en todos nosotros.

viernes, 20 de julio de 2012

Mc Capri Combo




Vi una valla publicitaria de Mc Donald’s con la foto de una hoja de lechuga gigante, verde, fresquita, crujiente, con letras fluidas, casi líquidas, hipnóticas que dicen: “Fresca”… Enganchado en la onda que sugiere la valla, un incauto puede pensar: Saludable, ligero, hasta dietético, pues. Más abajo de la lechugota, cual si fuese la letra pequeña que, por ley, obliga a los tramposos a develar su trampa en letricas microscópicas impresas en invisible tinta gris… Allá, abajito en la valla, aparece un Big Mac que asoma la puntica de una hoja de lechuga entre un chorrete de grasa, mayonesa y ketchup. ¿Fresco?
¡Ah, la publicidad! 
La campaña de Capriles me recuerda a esa valla. Arropa su discurso con una gran lechuga para ocultar su costesterolosa realidad. Él y los mismos voceros de la MUD que el 11 y 12 de abril salieron, con ojos desorbitados, a cazar chavistas, nos hablan hoy de una Venezuela para todos. Mc Capri y su combo, que no dudaron en matarnos de hambre durante el nefasto y suicida sabotaje petrolero, hablan de amor al pueblo. Ellos que, apenas tomaron posesión de sus gobernaciones y alcaldías, se lanzaron sobre los módulos de Barrio Adentro para expulsar a los médicos que los atienden. Los que con asco se burlaron de los alimentos de Mercal, quienes saquearon Simoncitos, los mismos que se burlan de la ortografía de los egresados de la Misión Robinson y se oponen a la formación de médicos integrales comunitarios, ellos, Mc Donaldsmente, hoy dicen que van a preservar la Misiones. 
Abrazados a Uribe, con sus fosas comunes, con su narco expediente, nos hablan de seguridad. De la mano de Rajoy y su paquetazo hambreador, nos hablan de progreso. Del lado del gran opresor que produce invasiones y masacres en Iraq, Libia, Palestina... nos hablan de libertad. Retomando la Apertura Petrolera, nos hablan de riqueza. Introduciendo paramilitares en el país, nos hablan de soberanía. Rechazando nuestra entrada al Mercosur hablan de integración. Forjando documentos nos hablan de honestidad. Arrumando a Bolívar en un baño, pretenden hablarnos de Patria.
Mc Capri, promete solucionar, en un año, problemas nacionales que, en cuatro años, no pudo resolver en el solo estado que gobierna. A falta de gestión propia, cual lechuga en el Big Mac, muestra de la Chávez y dice que va a conservarla, como por arte de magia porque su programa de gobierno es incompatible con las promesas que hace.
Publicidad engañosa al fin, el Mc Capri Combo tiene letras pequeñitas: Advertencia: este proyecto político contiene privatizaciones, liberación de precios, sálvese quien pueda, paquetazo, hambre, represión, FMI, y otros elementos nocivos para la justicia social.
Chávez, como la lechuga, no requiere letras pequeñas.

viernes, 13 de julio de 2012

La vida es dura pero difícil




Dice mi compinchísimo Augusto Hernández: “Las pendejeras son las cosas más importantes de la vida” 
Pendejeras mías que me hacen sentarme a escribir sobre un amigo, amigo del alma, de esos que son como regalos inmerecidos, o merecidos, tal vez… -vamos a dejarnos de pendejeras- que uno, en su corre y corre, no le dedica ni una letrica cuando en verdad merece todos los abecedarios de mundo.
Escribo hoy sobre un un gran tipo que pareciera vivir para hacer feliz a la gente, como sin darse cuenta, como si no hubiera otra forma de pasar los días. Creo que es inevitablemente una buena persona, un tipazo por naturaleza.
¿Doctora, cómo va la vida? -Saluda muerto de la risa al borde de un ataque de asma, y basta que le digas que no va muy bien para que apechugue tus problemas como propios, no con el peso del sufrimiento y sacrificio que parecen llevan a cuestas los buenos samaritanos, no, él simplemente los asume a fuerza de alegría.
Me lo imagino ahorita, si está leyendo esto, con sus cachetes colorados:  “Déjese de vainas, doctora Carola.” Pero uno no puede dejarse de vainas porque creo que él tiene la fórmula para que la vida sea vida, no solo para uno y sino para todos los que estén a su larguísimo alcance, y estas cosas hay que compartirlas a ver si otros se contagian de la alegría de vivir con la que vive mi amigo.
“Alegría, doctora, alegría” Hasta cuando se pone furioso y le cuelgan los cachetes de la rabia, uno sabe que el epicentro de su furia es la defensa de la alegría. Furia temible, por cierto, que me ha hecho comprender que no hay nada más bravo que un alegre furioso y desde entonces lo quiero mucho y con mucho cuidado.
Cachetón camaleónico que es amigo, maestro, colega, monjita de la caridad, escritor admirado, gurú literario, compañero de jodas, luchas e ideas.
Ideas que saltan de su cabeza como saltan las cotufas de una paila caliente. Y van cayendo cotufas que germinan y florecen y uno mirando las flores y él, como si ese florilegio fuera normal, sigue lanzando cotufas, a veces preguntándose por qué no todos hacemos lo mismo, sin entender que lo que él hace no puede hacerlo cualquiera. 
“La vida es dura pero difícil, doctora” Dice muerto de risa y hace maromas imposibles para que así no sea. Quijote cachetón a quien no tengo modo de agradecerle tantas cosas, tanta risa, tanta alegría… (inserte aquí pausa con puchero y lagrimita emocionada)
“La vida, doctor, la vida”  Si no nos queda más remedio que vivirla, porque de todos modos estamos vivos, yo quiero vivirla toda, regalando solidaridad, inteligencia y alegría, así como lo haces tú, mi amigo que brilla aunque quiera pasar agachado, amoratado de tanta modestia. 
Con amigos así, la vida -dura pero difícil- tiene más sentido.
¡Feliz cumpleaños, Doctor!

viernes, 6 de julio de 2012

Independencia





De niños aprendimos a dibujar africanos elefantes y jirafas mucho antes de asombrarnos con la existencia del exótico chigüire, roedor gigante que vivía en los desconocidos, y nunca tan cercanos como mayami, llanos venezolanos.
Leímos cuentos de hadas y llenos de esa nostálgica manía pretender revivir nuestra niñez a través de la de nuestros hijos, mantuvimos vivos, por los siglos de los siglos, a princesas, brujas y dragones que se tragaron a Tío Tigre, Tío Conejo y todos nuestros cuentos. Dragones que fueron devorados a su vez por un ratoncito con voz de pendejo que, haciéndose el ídem, se instaló en nuestras vidas como parte indispensable de una infancia feliz.
El ratón coloreó con sus modos nuestras vidas y nos metió su comida por los ojos, y sus bailes, y su carro, y su parque y su american dream, sus sueños de utilería...
Convencidos de que lo ideal queda cruzado mares, de que todo está inventado y viene de allá, vivimos en un espejismo que hace a lo remoto imposiblemente propio y lo propio invisible. 
Intentamos en vano retorcer nuestra realidad, tratando de encajar, frustrados por nuestra incapacidad de hacerlo… Derrotados. Resignados ante nuestra falsa ineptitud, buscamos avales, la aprobación externa, la palmadita en la espalda… colonizados... 
Saltando de la sartén del ratón americano, caemos tantas veces en otras sartenes no menos coloniales, donde no dejamos de ser inadecuados, raros y siempre incapaces. Sartenes eurocéntricas que miran al mundo desde lo alto su historia -la única historia, porque todo lo demás es cuento-. Y seguimos viviendo en un espejismo que hace lo remoto imposiblemente propio y lo propio invisible…
Así celebramos octubres rojos, ignorando otro octubre, con su 17, tan cercano, tan glorioso, tan nuestro que regresó en abril y regresará en mayo, enero, diciembre y cada vez que nuestros pueblos lo invoquen. Repetimos citas traducidas de pensadores que, en el mejor de los casos, jamás pensaron en nosotros, y en el peor, cuando nos pensaron, lo hicieron desde su arrogancia ombliguista y, por supuesto, sin entender ni papa. Ignoramos a los nuestros permitiendo, otra vez, que el dragón se devore -digamos- a Jauretche, como lo hizo con Tío Conejo.
Vemos grandeza en todas partes menos en nuestra propia grandeza. Vemos revoluciones en todas partes menos en nuestras propias revoluciones populares. Invalidamos nuestras maneras porque éstas no han sido escritas. Soportamos sumisos la científica descalificación de nuestros modos. Avergonzados, aceptamos como malos conceptos que han sido gastados por otros usos en otras circunstancias y otros lugares, pero que aquí a nosotros nos nos vienen como anillo al dedo. 
Hablemos de independencia, pues, y empecemos a vernos desde nosotros mismos.
                                               

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El otro octubre, el nuestro. 
Contado por el companerísimo Raúl Scalabrini Ortíz

17 de octubre
"Corría el mes de octubre de 1945. El sol caía a plomo sobre la Plaza de mayo cuando inesperadamente enormes columnas de obrero comenzaron a llegar. Venía con su traje de fragilidad, porque acudía directamente de su fábrica y tres series. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade el parque de diversiones con hábitos de burgués barato. Frente mis ojos desfilaban rostros atestados, brazos membrudos, torsos fornido, con las greñas al aire y las vestiduras escasa cubiertas de pringues, de restos de brea, de grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, y unido por una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita en la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridional europeos iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en el que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.
El río, cuando crece bajo el empuje del sudeste, disgrega su masa de agua en finos hilos fluidos que van cubriendo los bajíos con meandros improvisados sobre la arena, en una acción tan minúscula que es ridícula y desdeñable para el no avezado que ignora que ese es el anticipo de inundación. Así avanzaba aquella muchedumbre de entusiasmo, que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la diagonal.
Un pujante palpitar sacudió la entraña de la ciudad. Un hábito áspero crecía en las densas vaharadas venían, mientras las multitudes continuaban llegando.
Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barranca. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanado en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el torneo de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Era subsuelo de la patria, sublevado. El cimiento básico de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del
terremoto. Era el sustrato de nuestra idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente, en su primordialidad sin recatos y sin disimulo. Era el de nadie y es sin nada, en una multiplicidad casi infinita de gama y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenido por la misma verdad que una sola palabra traducía.
En las cosas humanas el número tiene la grandeza particular por sí mismo. En ese fenómeno majestuoso que asistía, el hombre aislado es nadie, apenas algo más que un aterido grano de sombra que asimismo se sostiene y que el impalpable viento de las horas desparrama. Pero la multitud tiene un cuerpo y un ademán de siglos. Éramos briznas de multitud y el alma de todos nos redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río.
Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba así presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto. Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaron sus tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo.
Por inusitado ensalmo, junto a mí, yo mismo dentro, encarnado en una muchedumbre clamorosa de varios cientos de miles de almas, conglomeradas en un solo ser unívoco, aislado en sí mismo, rodeado por la animadversión de los soberbios, de la fortuna, del poder y del saber, enriquecido por las delegaciones impalpable del trabajo de las selvas, de los cañaverales y de las praderas amalgamando designios adversarios, traduciendo en la firme línea de su voz conjunta su voluntad de grandeza, entrelazando en una sola aspiración simplificada la multivariedad de aspiraciones individuales, o consumiendo en la misma llama los cansancios y los desaliento personales, el espíritu de la tierra se erguía vibrando sobre la plaza de nuestras libertades, pleno en la confirmación de su existencia.
La sustancia del pueblo argentino, su quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente, afirmando su derecho a implantar para sí mismo la visión del mundo que le dicta su espíritu un desnudo de tradiciones, de abusos sanguíneos, de vanidades sociales, familiares o intelectuales. Estaba allí desnudo y sólo, como la chispa de un suspiro: hijo transitorio de la tierra capaz de luminosa eternidad."
Raúl Scalabrini Ortíz