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domingo, 26 de junio de 2011
La otra lucha de clases
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Carola
El pueblo: ese no sé que que nadie termina de definir, tal vez porque éste se define a si mismo y eso sería demasiado sencillo. Esa masa necesaria pero, por indomable, incómoda; ese conveniente comodín político, sabio o tarúpido según el discurso del momento lo requiera.
La voz del pueblo es la voz de Dios, pero eso no le sirve a ciertos ateos evangelizadores. El pueblo, único dueño del cacareadísimo poder popular por el cuál nos hemos venido agarrando de las greñas con quienes son capaces de negarlo. El sabio pueblo -cuando no coincide con los expertos revolucionarios- parece que no lo es tanto, así que necesitará intérpretes hasta que alcance la civilización y pueda decidir su destino como otros quieren que decida. Opinar lo contrario, creer que el pueblo decide y manda, es ser populista y todos sabemos que el populismo es el más imperdonable pecado intelectual.
Lo malo es que el pueblo se empeña en no dejarse civilizar, pueblo terco que está convencido de saber lo que quiere, y lo que quiere no es más que buscar soluciones propias a sus propios problemas. Problemas concretos, impostergables, barrigas que hay que llenar, noches de lluvia que necesitan techos, niños que serán doctores, maestros, poetas y que no saben poner su desarrollo en stand by mientras definimos abstracciones ideológicas.
Mientras no tengamos la formación ideológica que por falta de la misma nos negamos a tener debemos dejar que ilustrados salvadores, con la barriga llena el corazón contento, nos guíen en la tarea de hacer la revolución de verdad verdad. Porque por mucho que elevemos nuestra calidad de vida matando el hambre o el frío, incluyendo a los excluidos, creando colegios, universidades, centros de salud, o pensionando viejitos eternamente olvidados, por mucho que trabajemos por una patria justa, libre y soberana, si no pensamos como los pensadores pensantes, aquí no habrá revolución.
De la necesidad creada por ellos mismo surge la nueva clase dominante: una especie de oligarquía moral, que sabe, que desespera ante la terca necedad del pueblo de no querer entender que las revoluciones no se hacen así ¡carajo!.
Los que se empeñan en desdibujarnos para que encajemos en sus esquemas. Los que nos dicen qué tenemos que querer comer, vestir, bailar, soñar… Los que por no sacar la nariz de libros traducidos dejaron de mirar su realidad, los que ignoran la opinión de la señora chavista en la puerta del Mercal porque esa señora no quiere entender lo que le quieren explicar. Los que pretenden dictarnos instrucciones talla única en nombre de nuestra salvación… ¡Sálvese quien pueda!
Otra lucha de clases en la que el pueblo, otra vez, no sirve, no sabe, no está a la altura y necesita tutela, esta vez no de los dueños del capital sino de los dueños de la verdad.
viernes, 17 de junio de 2011
Chavismo para no iniciados
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Carola
En estos momentos en el que el debate está servido, en el que los revolucionómetros apuntan a todo cuanto se mueva -hacia la derecha o izquierda-, en que se exigen definiciones predefinidas so pena de pecar de herejía, en estos momentos en los que los zapatitos me aprietan y las media me dan calor, ahora y más que nunca me defino como chavista.
¡Ohhh sacrilegio! -gritarán algunos, y yo los dejaré gritar cual si mis orejas dijeran: “oídos sordos”…
¿Y qué es el chavismo? Preguntará todavía algún incauto.
El Chavismo, según chavistamente entiendo, no es más que la suma de voluntades en pos de un objetivo común. Un movimiento amplio en el que caben viejitas beatas, ateos fervorosos, pintores de brocha gorda, artistas conceptuales, profesores, costureras, violinistas de conservatorio, guitarristas de esquina, campesinos, mototaxistas, señoras que llevan a sus niños al cole, -público, privado, laico o religioso-… Gente dispar que encuentra que le queda estrecho corset de la izquierda y que se niega a la idiotez de jugar contra si mismos apostando a la derecha.
El Chavismo es un movimiento nacional y también popular. Algo que surge de nosotros mismos y que vamos desarrollando a partir de la necesidad de construir nuestra Patria mirando hacia la Patria Grande. Este es el objetivo común que nos aglutina a este gentío tan distinto: la Patria, pero no cualquier patria sino una que sea nuestra, justa, libre y soberana.
Para lograr esto tenemos que hacer cambios o revoluciones que definiremos nosotros mismos y que mediremos según nuestras aspiraciones, esto es, que no valen revolucionómetros prefabricados. Tenemos que hacer necesariamente una revolución social, para alcanzar la justicia, una tecnológica, indispensable en estos tiempos para alcanzar la soberanía, y otra cultural para llegar a ser verdaderamente libres.
La libertad comienza por deshacernos de los lastres residuales de siglos de colonización. Entonces desarrollar un pensamiento situado en nuestro contexto, generar nuestras propias ideas, citarnos a nosotros mismos. Construir a partir de nuestra realidad, inventar soluciones a nuestro problemas, reconociendo nuestra identidad, expresándola sin complejos, sin intentar ajustarnos zapatos que no son nuestros… andar a nuestro propio paso, sin tutorías foráneas, sin referencias obligatorias.
Pretendemos escribir nuestra historia con nuestras palabras, con nuestros hechos, con nuestros errores y aciertos, inventar nuestros métodos, crear nuestras doctrinas. Nos negamos a creer que ya todo esta inventado.
El Chavismo es la expresión política del pueblo venezolano ante su propia realidad, por lo tanto, creo que hay que aprender del chavismo, en lugar de tratar de enseñarle cómo debe ser. Todo lo demás sería arrogancia...
viernes, 10 de junio de 2011
Voy descalza, gracias
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Carola
En estos días he notado que hay quienes creen que la palabra nacionalismo es una especie de grosería y que la defensa de la soberanía es casi un atentado contra la revolución.
Personas que se ubican dentro de lo que llaman izquierda internacionalista, y aseguran que las ideas no tienen fronteras. Curiosamente, la tesis de las fronteras ideológicas la usaba la nefasta Escuela de las Américas como concepto estratégico para nuestras fuerzas armadas latinoamericanas en la lucha contra el comunismo. Y yo me pregunto: ¿Si nuestras ideas no tienen fronteras, las de otros sí deben tenerlas? ¿Recuerdan lo que sentimos ante la violación de la soberanía ecuatoriana? ¿Queremos terminar pareciéndonos al enemigo?
Las ideas sin fronteras permiten obviar la legalidad nacional o internacional, y además dan potestad para juzgar las luchas de liberación de otros pueblos, porque debemos saber que hay pueblos que no saben un carajo y cuyas sociedades son tan primitivas que necesitan con urgencia un empujoncito civilizador, de izquierda o derecha según el gusto de cada quien. Algo que los saque del letargo de la identidad nacional, de ese empeño de ser ellos mismos que pone a los pueblos en riesgo creerse aptos para inventar sus propias soluciones para sus problemas, ignorando ideas inventadas en lugares donde si saben inventar ideas, pero no ejecutarlas.
Así, lo pueblos chocan con teorías chísimas que les salvarían la vida si no fueran tan necios y se dejaran salvar. De ahí la necesidad de las ideas sin fronteras. Ideas civilizadoras que son como los zapatos: que aprietan aquí o allá, que te duermen un dedo a punto de gangrena, pero evitan que te puyes con las piedritas al andar, aunque las piedritas nunca te puyaron a ti sino al musiú de los zapatos que, por no andar descalzo, no hizo callos que le sirvieran de suela…
Para que calce el zapato hay que aplastar el callo del nacionalismo, degradarlo a niveles vacuos que permitan desatar pasiones en un juego de fútbol, y quien no sea vinotinto es un vil pastelero, pero que carezca de importancia a la hora de la construcción de la patria. Callos como los líderes indispensables -¡Válgame Marx!- que se exorcizan con letanías como “Las revoluciones las hacen los pueblos” y que los pueblos infieles se niegan a atender. O -¡llamen al Dr. Scholl!- como la integración latinoamericana basada en nuestra identidad, en la coincidencia cultural e histórica de nuestros pueblos, y no en imposibles y cambiantes afinidades ideológicas de los gobiernos. El nunca tan posible sueño de Bolívar que estamos alcanzando y que algunos ciegos tachan de traidora capitulación.
Peligrosa miopía política que, en nombre de las ideas, alimenta lo que separa y no lo que nos une, y que termina invariablemente sirviendo al enemigo.
viernes, 3 de junio de 2011
Digan lo que digan: ¡Venceremos!
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Carola
Patria...
Hay quienes que creen que sus intereses están por encima de las leyes y del estado de derecho, y afirman que tener irregulares colombianos escondidos fincas dentro de nuestro territorio -llámese Daktari o cómo se llame- no tiene nada de particular, siempre y cuando éstos luchen por la libertad -de empresa o de los oprimidos-. Hay venezolanos que no ven con malos ojos que tropas extranjeras -marines, paracos, guerrillas- invadan nuestro territorio. Hay venezolanos que creen que buscar la paz con Colombia es muestra de cobardía y sumisión, que a Colombia: guerra -porque Santos es oligarca o porque Chávez es comunista-. Una guerra bien sangrienta, entre hermanos ¡y al carajo los pueblos!, ¡al carajo el sueño de Bolívar! eso sí, en nombre de mis principios -capitalistas o socialistas-, porque no hay pueblo que valga más que unos principios intactos.
Hay personas que no tuvieron tiempo de defender a PDVSA porque lo apremiante, lo que exige el delicado momento político es despotricar contra el gobierno de Chávez -en nombre de RCTV o en nombre de la autocrítica- pero sobre todo en nombre de los principios de la gente decente y pensante de este país.
Hay quienes creen que el gobierno no debe actuar por el bien de las mayorías sino para satisfacer las expectativas de pequeños sectores -oligárquicos o revolucionarios- dentro y fuera del país. Son personas que recortan noticias y comunicados extranjeros-de OTPOR o del Frente Socialista del Principado de Andorra- que despotriquen contra Chávez y la revolución bolivariana, y los rebotan, vía internet, porque ellos, a diferencia del pueblo chavista, opinan que “¡qué pena con ese señor!”
Hay amigos que están convencidos de que si no opinas como ellos es porque no dices lo que piensas sino lo que otros te obligan a decir. Y exigen opiniones aún cuando carezcas de información para emitirlas responsablemente, porque hay que opinar a juro y ya en nombre de la libertad de expresión.
Socialista...
Amigos que creen que Venezuela, para ser revolucionaria, debe convertirse en el patio de recreo -o de operaciones-, de cuanto grupo de izquierda haya; que tenemos que apoyar a ETA, ser aquel refugio de las FARC, con todo y coordenadas, que Uribe mandó a inventar y que tan bravos nos puso entonces, que hay que darle veracidad al mentiroso computador de Reyes. Hoy, en nombre de algo tan individualista como “mis principios”, hay que ponerse bravísimos, pero con Chávez y su derechista manía de velar por los intereses de la nación, de pretender la paz y evitar la expansión del conflicto colombiano a nuestro territorio como tanto conviene a los gringos.
O muerte...
Amigos que ayudan al enemigo al creer que la calma y la ponderación están de más cuando andamos sobre un campo minado.


