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domingo, 29 de mayo de 2011

Como el Orinoco


         Hace unas semanas vi el Orinoco por primera vez. Uno sabe que el Orinoco es un río grandote, estamos cansados de verlo cruzar el mapa de Venezuela de lado a lado. Uno sabe que está ahí aunque nunca lo ha visto, está ahí...

Pero verlo no es cosa simple, al menos no para mi: Iba yo a no sé cuantos mil metros de altura en un avión rumbo a Buenos Aires, cuando se me ocurrió mirar por la ventana y ahí estaba -¡carajo!- El Orinoco en persona, mejor dicho, en cuerpo de agua; inmenso, torciéndose, regando arenales sobre lo que supuse, a puro ojo, era el estado Bolívar.
Con la nariz pegada a la ventanilla sentí que algo se me inflaba en el pecho y no me dejaba respirar. Era el orgullo, era eso porque supe, apenas lo vi, que ese río poderoso, imponente e indomable era nuestro, y eso me hizo sentir un poco como el río. Entonces tuve que reprimir unas incontenibles ganas de levantarme y cantar el himno nacional a todo gañote en medio de angosto pasillo, interrumpiendo el paso de viajeros que, ajenos al torrente de emociones que causa la visión del río, se abrían paso con cara de yo no tengo de ganas de ir al baño. Por eso, y porque temo a las nuevas regulaciones antiterroristas que prohiben todo, me conformé con tararearlo en voz bajita mientras me alejaba, viendo cómo unas nubes se interponían entre mi río y yo.
Mi río, mi país, mi emoción, mi nudo en la garganta. Mi alegría, mi lucha... Mi rabia, mi incapacidad de comprender el desamor, el desarraigo que algunos cultivan con esmero, mirando hacia el norte que todo les niega y negando a su tierra que todo les da. Insignificantes personajes que rechazan ser como su río y se degradan voluntariamente a servir como títeres desechables en el grotesco teatro -de operaciones- que los gringos nos quieren montar. Diputados que apoyan ataques a nuestra soberanía, electores que los pusieron ahí y que hoy, como si no fuera con ellos, no dicen ni ñe.
Mudos que callan y otorgan a la luz opaca de Globovisión, donde Leopoldo o Nitu les reafirmarán que ser gringos es chic, que Venezuela es nice pero que le sobra el pueblo, que para colmo, quiere poder y tiene voz y voto, y así no se puede. De modo que a la gente decente y pensante no le queda más que conjurar golpes, catástrofes, un bombardeo, plis, lo que sea necesario para quitar del medio el estorbo de un pueblo que aspira a la grandeza.
Y así los encuentra el sueño, o la pesadilla, arrullados por la voz de Maria Corina Machado con la promesa de recuperar al país para entregarlo -¡por fin!- a manos foráneas y, por ende, aptas. Entregar el río y a su faja petrolífera, entregar todo como hace tiempo entregaron el alma y el orgullo. Pobres ilusos: como si fuera fácil entregar el país de un pueblo inmenso, poderoso e indomable como el Orinoco.

viernes, 20 de mayo de 2011

¿La España de la rabia y de la idea?






Dijo el poeta Antonio Machado: “El vano ayer engendrará un mañana vacío y, por ventura, pasajero.” Y yo me pregunto: ¿Será que a España, por fin, le llegó su hora?
La pobre España: encandilada por la ilusión europea; aturdida por el espejismo, este sí efímero, de la abundancia; abatida por el síndrome del nuevo rico. España mezclada con dudosos socios en los peores capítulos de la historia solo para figurar entre “los grandes” sin pensar en que la historia los señalará como “los culpables”. España balbuceando en pésimo inglés conspiraciones contra pueblos con quienes comparte parentesco, porque la historia nos obligó a compartir historia, lengua, credo y costumbres. España veraneando con las tetas al aire ajena a su futuro, despojada de su peseta, con una moneda nueva, plástica, con la que hipotecaron hasta al perro. La “España va bien” de Aznar, mentiroso mayor en quien creyeron.
España siempre descubriendo América con aire conquistador, con defensores de otras democracias a donde nadie los llamó: Alejandro Sanz y su very spanish “Chávez sucks”, Andreu Buenafuente y sus conatos de chistes, faranduleros de la desinformación. La España amarrada a parasitarios monarcas bufones y la innoble nobleza que ocupa las tardes vacías de la tele, y las páginas de mil revistas que se venden mucho y que no dicen nada. La España que, mirando hacia afuera señalando, criticando hasta la burla, se dejó burlar adentro, y en sus narices.
El vano ayer engendró un mañana vacío que quiso tragarse a la juventud de un país añoso. Botellones, pastillas y coches, el pelotazo la albañilería, el sueño de todo adolescente: deserción escolar a cambio de euros de ladrillo.
Ladrillo inflable como las tetas y los labios de las famosillas de la tele, el sueño de toda muchacha: tirarse a un torero o a un futbolista para luego contarlo a mil euros por palabra a una insaciable prensa rosa que, por dedicarse a la mierda, debería llamarse marrón. Burbujas mentales y materiales que revientan en la caras incrédulas de gente buena y engañada, atrapada en una sociedad idiotizante, calco malo de la sociedad gringa, niños españoles comiendo Big Macs, largas colas de insomnio para ver a Justin Bieber, idioteces que nadie debía imitar. Y el español luchador aplastado.
Los jóvenes despiertan al presente y no ven nada; y los abuelos, otrora niños de la guerra, tras un engañoso respiro, se enfrentan hoy al hambre que ayer bien conocieron. Y termina el poeta donde espero que, por fin, todo comience:
“Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.” 




viernes, 13 de mayo de 2011

Lo malo de Chávez







Lo malo de la revolución bolivariana, según algunos militantes de izquierda, es que ni es socialista, ni es revolución, y tal vez sea cierto. Por esto, a medida que avanzamos, algunos nos dan la espalda, no saltando a la derecha, sino apartándose con ruidosos comunicados públicos, como quien no quiere estorbar pero estorbando; exaltando defectos; ignorando virtudes; y peor, intentando librarnos a los chavistas de nuestra “debilidad ideológica”. Lo malo es que Chávez también es chavista, así que ellos, coincidiendo con los más diestros opositores, en nombre de sus ideas y a diferencia del pueblo, abrazan el antichavismo furibundo, porque ellos sí saben, es decir: ellos son “la gente pensante de este país”. ¿Les suena?
Y claro, ¿qué va a saber de revoluciones una mamá que pasa el día criando muchachos, o un conserje, o alguien que acaba de aprender a leer gracias a una revolución que no lo es?
Así, mientras los teóricos discuten sobre los principios filosóficos que debemos adoptar para alcanzar la justicia social, nosotros la vamos alcanzando, poco a poco y a nuestro muy particular modo, como debe ser. Porque el hambre y la desidia no iban a dejar de matar niños mientras nos poníamos de acuerdo. ¿O sí?
Así nuestra “no revolución” dignifica al pueblo, y una vez que nos sabemos dignos ya no queremos vivir sino con dignidad. Nadie, nunca más podrá venir a despojarnos.
El paradigma “izquierda vs. derecha” no siempre encaja con nuestra realidad, lo que se traduce en mala puntería a la hora de enfrentar al enemigo. Y ya imagino a más de uno gritándome de memoria: ¡Con la derecha no se negocia!. Pero lo cierto es que estamos frente a un paradigma mayor: Patria vs. colonia: más allá de izquierdas y derechas está nuestra necesidad de liberación, de lograr el ejercicio pleno de nuestra soberanía. Visto de ese modo, hay tantos venezolanos, que algunos considerarían de derecha, que por patriotas darían orgullosos la batalla a nuestro lado. Por otra parte, muchos dejaríamos de ser considerados pequeños burgueses sospechosos de algo solo porque nacimos en las casas en las que nacimos, ahorrándonos así discusiones huecas.
La idea de Patria vs. colonia es más clara que la abstracta izquierda vs. derecha, y aún más cuando los defensores extremos de éstas últimas terminan tantas veces coincidiendo. Patria vs. colonia por clarita suma voluntades.
Mi Presi convoca a todos los sectores nacionales a construir la Patria y saltan los puristas a señalar que Chávez derrapó a la derecha y se retiran porque la Patria no se hace así, aunque nunca hayamos tenido tanta Patria como ahora. Se retiran, eso sí, resteados con sus principios, que siempre tendrán más peso que el bien general del pueblo.
Menos mal que, como nosotros, Chávez es chavista.

martes, 10 de mayo de 2011

La palabra es Martín


Martín García, hasta hace una semana, era un amigo detrás una dirección de correo electrónico, era pocas palabras, en arial 12, amables, precisas, cariñosas, hasta hace una semana no sabía cómo era la voz bonita de Martín.

Sabía que Martín se reunía con un grupo de gente cada lunes en un lugar que fui construyendo en mi cabezota con retazos de de fotos y conversaciones, con fantásticas distorsiones, producto del deseo de poder estar ahí cualquiera de esos lunes que prometían amigos, vino y militancia.

Sabía que Martín era mi amigo, que me tenía cariño y yo también lo quería. Mi amigo de pocas palabras dulces. Lo tenía definidito a Martín en mi cabeza, lo tenía clarito hasta que llegué a Buenos Aires para descubrir que Martín era mucha más de lo que esta cabezota se podía imaginar.

Lo primero fue ponerle, por fin, voz a sus palabras y resultó ser una voz bonita interrumpida por su risa franca y frecuente. Porque es reilón Martín. Luego vino ponerle cara y no hubo cara más perfecta que la cara de sonrisa inevitable con la que Martín anda por la vida.

Resulta que Martín es un dispensador de amor con piernas largas que va dando zancadas y dejando un reguero de ideas, de proyectos que se concretan, de ayuda, de sabiduría, y todo esto con la modestia de quien está convencido de que esa extraordinaria manera de ser es la única manera posible.

Martín es un militante apasionado que cuando canta su himno nacional, que ahora también es mío, lo hace con cara de niño fervoroso, con los ojos cerrados, bien apretaditos de tanto sentirlo, con la cara al cielo argentino que es igualito a su bandera. Y luego lo baila -¡de tanta emoción lo baila!- con un levísimo, casi imperceptible accionar de las rodillas y talones hasta que llega la estrofa final, entonces, sella el momento agitando rítmicamente sus dedos peronistas en V: “¡o juremos con gloria morir!”.

Martín reconforta mis miedos con su sonrisa y una apretón de manos que me reafirma su confianza, y uno dice: Si este hombre inmenso cree en mí, pues, voy a tener que creerme. Y con un brevísimo gesto Martín me regala lo que en toda mi vida no había encontrado. Y asomo mi cabeza de mi cascarón de tortuga y comienzo a andar mi nuevo camino, medio temblorosa, claro, pero segura, gracias al empujón amoroso de mi adorado amigo Martín.

Y aquí estoy, trasnochada, debiéndole a mi cuerpo horas y horas de sueño, barriga llena de bife de chorizo corazón contento, esperando abordar el avión que me llevará a casa con la rara sensación de que al partir estoy dejando también mi casa: Argentina el país de Martín, Rosana, Bardini, Goro. Del vociferante Julio y del parsimonioso Lizardo, de Killian, un duende de Parque Chas, de Silvia y Ana, pacientes y muertas de sueño, El Cardo, Omar... de tantos amigos, tantos compañeros, de tantas cosas que tengo que aprender...

Y busco una palabra que dibuje estos días maravillosos, únicos, intensos, plenos, inolvidables...Y aunque muchas y decidoras, las palabras no alcanzan. Pienso y repienso y se me prende el bombillo: la palabra que busco es Martín. Mi viaje a Buenos Aires fue un viaje Martín.