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viernes, 26 de febrero de 2010

Tapar el sol con un Henri






No les tengo que contar que Henri Falcón renunció al PSUV. Tampoco tengo que contarles el chaparrón de opiniones que esto desató. Y como llueven opiniones y yo también tengo la mía, pues, de ella no se van a salvar.

Para empezar debo aclarar que, a estas alturas, me importa un pepino si Falcón es un enviado de Dick Cheney, un carmonista disfrazado, o lo que él alega ser: un revolucionario cansado de las incoherencias del PSUV. De su persona sólo me queda claro que es que un mal combatiente, que prefiere arrugar a dar la pelea dentro, cosa que lo deja muy mal parado ante un pueblo que no arruga ni a balazos. Decía que me importa un pepino porque centrarme en la figura del Gobernador sería hacer exactamente lo que a algunos les conviene que hagamos: chapotear en la superficialidad de la orilla.

Independientemente de la calidad revolucionaria de Falcón, sus argumentos son reales, le importe a él o no, y ahí está el meollo del asunto.

Hemos visto cómo se han formado tumores de poder en nuestro partido, hemos visto a las maquinarias arrasar cada vez que hay una elección interna y, curiosamente, las vimos desaparecer justo cuando peleamos y perdimos la reforma que daría más poder al pueblo. Hemos visto a funcionarios que, desde sus parcelitas de poder, obtienen votos a punta de amenazas, a punta de “te borro de las Madres del Barrio”, a punta de la adequísima estrategia de comprar el voto a todo aquel que esté dispuesto a venderlo. Hemos venido luchando contra las conjuras de mediocres, los hechos cumplidos, los repentinos ajustes de las reglas del juego, reglas que nunca se terminan de establecer como para que siempre se puedan cambiar a conveniencia.

Tantas cosas tan poco revolucionarias he visto: trampas, zancadillas, acoso, mentiras. Súper revolucionarios intentando apabullar con prédicas marxistas que no acompañan con el ejemplo, adecos vestido de rojo, pactos nauseabundos, mentirosos “sí mi comandante presidente, el proyecto está en proyecto”, y el cinismo supremo de los que intentan hacernos creer que complicidad es lo mismo que unidad, los que retuercen las palabras de mi presi a la medida de sus intrigas, los dueños del revolucionarómetro que apuntan a los que defendemos el derecho a pensar en voz alta, negándonos a acatar el insípido papel de obedientes borreguitos que nos tenían reservado.

En medio de todo esto, Falcón levanta una polvareda y se va dejando expuesta la vil adequez de estos psuvistas quienes, nerviosísimos , se apresuran a teledirigir las miradas con dedos acusadores, tratando desesperadamente de tapar al sol con un Henri.






viernes, 19 de febrero de 2010

La rebelión de las moscas sin alas.







Hablemos en términos de moscas: Una mosca vive pocas horas, al menos eso es lo que he escuchado y no voy a perder el tiempo verificándolo por si acaso es verdad que somos como unas moscas grandotas, si nos comparamos, por ejemplo, con las almejas de Islandia que viven cuatrocientos años, según escuché por ahí, cosa que tampoco pienso verificar porque ustedes ya saben.

Como moscas debemos hacer uso efectivo de nuestro tiempo porque, como las moscas, el tiempo vuela.

Nunca verán a una mosca pasar toda una tarde echada leyendo una novela, por muy buena que sea, la novela digo; una mosca no dilapidaría su vida de esa manera. Ella volaría de un lugar a otro sin detenerse en ninguno durante mucho tiempo, porque detenerse a observar, a pensar, a entender las dejaría sin tiempo para hacer las cosas que en verdad son importantes para las moscas, como por ejemplo, ser moscas.

Como no somos almejas de Islandia pasamos la vida corriendo, medio mirando, medio probando, medio entendiendo un mundo que parece cambiar cada minuto. Fíjese usted: Haití, ¿Alguien se acordaba de Haití? No, pero vino el desastre, las fotos dolorosas, los conciertos benéficos, hasta que nadie recuerde, porque la prensa lo deja, porque ya no hay rescates milagrosos, ya no venden los negritos damnificados, y menos si hay noticias nuevas a cada rato, en tantos lugares donde nuestras patitas de moscas sin alas jamás se posarán, pero que conoceremos de refilón gracias a un titular de un diario que agita un vendedor en una esquina y que leeremos a vuelo de pájaro, o mejor dicho, de mosca.

Las moscas exigen información condensada. ¿Acaso puede alguien retener el nombre de una capital bombardeada en algún país polvoriento del cual sólo hay que saber que cobija terroristas? No, pero todos conocen la cara de Paris, todos saben que una camisa con un cocodrilo es carísima y se llama Lacoste. Logotipos, fotos y una breve reseña, plis.

Moscas que prefieren conocer al mundo en Las Vegas, emporio de cartón piedra, donde desafían al tiempo, la cultura y el buen gusto paseando de la Antigua Roma al París moderno de la mano de un Elvis vestido de Tutankamón.

Moscas que trabajan como burros para vivir la síntesis de una vida que pudo ser larga y plena. Y uno que se cansa de vivir en la superficialidad del vuelo rasante, uno que se cansa de comer lo que comen las moscas. Entonces llega la rebelión.

Ante la posibilidad de una vida más humana no faltará quien, aterrado, defienda su derecho a ser mosca. No faltará quien, furioso, nos acuse de traición a la hermandad de las moscas sin alas.

Zumban Sancho...










viernes, 12 de febrero de 2010

Grito de Carnaval.






Suenan alborotados los celulares, echan humo los Blackberries, funcionarios y funcionarias, dirigentes y dirigentas adictos al poder corren, seguidos por sus séquitos de jalamecates y jalamecatas, sin ver por donde pisan: apártense si no quieren un codazo en la costilla, que no hay tiempo que perder, hay que montar la mejor comparsa, la comparsa triunfadora.

Vuelve la fiesta de máscaras, tenemos elecciones primarias por la bases.

Justo cuando pensaban que esta vez evitarían las molestias del calor, el sol, los besos de viejita de pueblo… Justo cuando habían decidido que, en lugar de una fiesta electoral, sería mejor hacer un pequeño ágape VIP, por estricta invitación y con vigilante en la puerta. Justo cuando empezaban a mostrarnos sus adequísimos colmillos blancos, viene mi presidente y pega el grito de carnaval.

Cual las oscuras golondrinas de Bécquer volverán las franelas rojas, las cachuchas aplastando cabelleras alisadas en costosas peluquerías, volverán las amenazas “que mira que te borro” a indefensas madres del barrio, empleados temerosos, viejitos cuyos votos son marcados por jóvenes dedos de acompañantes usurpadores de voluntades, zancadillas, codazos, mordiscos, trampas tan poco refinadas que, además de indignación, dan pena ajena.

Volverán las máscaras desgastadas por el uso excesivo. Volverán peligrosamente porque saben que sabemos. Volverán sin importarles lo que está en juego. Volverán, más Torquemadas que nunca, señalando contrarrevolucionarios a diestra y siniestra como para que no se les note su propio bojote. Volverán las sonrisas que sugieren amenazas, los abrazos públicos y los insultos privados. Volverán dispuestos a todo.

Volverán los vencidos prometiendo victorias, justificando fracasos, achacando sus propias torpezas a los siempre torpes partidos de oposición. Volverán, reforzadas, la vallas publicitarias de “Fulano con Chávez rumbo al socialismo”. Volverán las promesas que nunca han cumplido; las llamadas “de Chávez” a celulares que interrumpen, convenientemente, importantes reuniones; los recursos de algunas alcaldías a disposición de algún favorito. Y, en este carnaval tan revuelto, no podrían dejar de volver los Rambos de la revolución, esos que se la pasan escapando milagrosamente, una y otra vez, de terribles atentados que existen sólo en su ambiciosa imaginación, pero que dan un aura heroica que ni te cuento, camarada. Brillarán enjoyados puños jurando Patria, Socialismo o Muerte. Y el pueblo primero muerto que votando por ellos porque, al fin y al cabo, son lo mismo que los otros por quienes tampoco votamos.

Volverán pero no pasarán.




viernes, 5 de febrero de 2010

Lo que la gente pensante no piensa.






Cuando a mis amigos opositores les envían una línea del guión que les corresponde actuar, ellos salen encantados a repetirla como si las palabras no tuvieran contenido.

Luego se ponen bravos cuando digo que son irreflexivos y que actúan de acuerdo a pautas que jamás habrían salido ni de sus cabezas ni de sus corazones. Dicen que son la gente pensante de este país pero no piensan en lo que dicen. Y así, diciendo lo que la tele les dice que digan, dicen convencidos “Chávez tas pochao”.

Y van lanzando la frasecita vía Twitter y Facebook, mientras la tele les susurra que “la salida es militar”, y una mano nada inocente les dispara desde un Blackberry la nueva frase a repetir: ni constituyente, ni revocatorio, Chávez tas ponchao.

A control remoto los van dirigiendo hacia un golpe de estado que ellos, sin mover una neurona, aplauden mientras nos llaman focas. En nombre del futuro de sus hijos, estos padres que una vez coreaban “con mis hijos no te metas”, se meten con sus muchachos y los lanzan a la calle a defender el derecho de un millonario pedante a estar por encima de la ley.

La gente pensante no piensa que detrás del ponchemos a Chávez hay un ponchemos a Barrio Adentro, al Cardiológico Infantil, a los niños que ya no mueren de diarrea, ponchemos a los libros gratuitos, al plan nacional de lectura, a la Villa del Cine, ponchemos al tren y al metro, ponchemos a los cuatro millones de niños que hoy comen tres comidas en sus colegios bolivarianos, al Proyecto Canaima, a quienes hoy terminan los estudios que ayer no pudieron empezar, ponchemos a Mercal, a los pobres que comen carne de primera, a las casas de alimentación para quienes aún están rezagados en esta pelea contra el hambre, a los indígenas que al fin son ciudadanos, ponchemos la esperanza de todo un pueblo, porque no podemos ser iguales, porque no vamos a permitir tanta parejería: niches comiendo donde comemos, bebiendo lo que bebemos, en fin, queriendo ser gente como nosotros, después del trabajo que nos costó dejar de ser como ellos.

Eso es lo que la gente pensante no piensa, a menos que sí lo haga y no lo admita, cosa que sería una verdadera vergüenza.