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martes, 21 de octubre de 2008

Chávez y Chávez y besos y besos.




Tenía que pasar: Chávez me voló un beso y yo le volé diez mil. Pero eso debe ir en el octavo o noveno párrafo de mi relato, así que empecemos por el principio, sabiendo, eso si, que hubo besos, declaraciones de amor y rodillas temblorosas…


Todo sucedió ayer en el día más psicodélico que recuerdo haber vivido. Nos citamos en la Calle del Hambre de Porlamar a las doce del mediodía. Yo, siempre ansiosa, llegué a las nueve y media de la mañana sin haber desayunado. Allí debía hacer el contacto con quien me acercaría a una distancia propicia para poder lanzar besos que lleguen.

Mi contacto no podía imaginar que jugaba a la Celestina en esta historia de amor al viento, su misión ese día era otra: velar por la seguridad de mi presi. Yo tampoco pensé que tendría la ocasión de que él se fijara en mis colitas moradas en medio de aquella multitud donde el rojo era el color de etiqueta.

Pero me tocó estar ahí, a menos de diez metros, tal vez cinco, ya no lo puedo precisar. Ahí tan cerquita que los guardaespaldas de mi presi me pedían que diera un pasito para atrás por favor…

Estaba donde suelen ir los periodistas. Allí donde mi barbilla se podía posar en la tarima.

Pero eso pasó después, porque antes tuve que esperar varias horas bajo un sol achicharrante que aproveché para que mi piel pareciera la piel de quien en verdad vive en una isla.

Allí, mientras me bronceaba me reuní con toda una fauna de políticos de toda calaña: Candidatos a alcaldes repitientes con estuchitos para celular Gucci, aspirantes a diputados regionales que no deberían aspirar a nada, modestos candidatos primerizos que si no ganan perdemos todos, y yo, ahí incomodando a algunos con mis miradas de escritora que quiere contar una historia.

Los alcaldes repitientes, acostumbrados a ser alcaldes y no pueblo, estaban molestos porque no los dejaban pasar de primeritos, les molestaba el sol de su isla, les quemaba su piel acostumbrada al aire acondicionado, les molestaba no poder mandar porque allí mandaba una mujer que si sabía mandar, y los mandó a callar, a quedarse donde les dijo a riesgo de quedarse fuera si no obedecían.

Molestos estuvieron hasta que pudieron pasar. Yo pasé un poco después y pude ver que su molestia se había tornado en sonrisa de candidato de afiche electoral.

Ahora si nos ubicamos en mi sitio, allí donde mi barbilla podía posarse en la tarima. Apenas tuve tiempo de darme cuenta de cuán cerca estaba del lugar donde mi presi hablaría cuando escuché un griterío que de hacía más fuerte en la medida en que el Jeep de mi presi, milagrosamente, avanzaba entre la multitud sin espachurrar a nadie.

Yo empecé a saltar a ver si lo veía y lo vi llegar entre saltos. Mis gritos se mezclaron con todos los gritos hasta que no pude gritar más porque una cosa, como una papa o un nudo, se atoró en mi garganta.

No vas a llorar aquí, Carola, me dije y casi que me respondo que si, pero no tuve tiempo porque mi presi precioso saltó cual paracaidista del Jeep y se dirigió hacia la tarima donde yo posaría mi barbilla.

Subió saludando a la gente que le gritaba. Saludaba a la gente en los balcones cercanos, a los que estuvieron chamuscándose durante horas solo para poder verlo, a los discapacitados que de pié y con muletas lo esperaban sin quejarse cual aspirantes a burgomaestre.

Yo lo miraba todo como en cámara lenta y en cámara lenta saltaba mientras le volaba besos a mi presi precioso. No recuerdo qué le decía pero sé que le decía algo entre besos y besos que iban volando. Mis coletas al sol debieron encandilarlo, eso o mis gritos siempre estridentes, pero el hecho es que entre las miles de cabezas que le gritaban él se fijó en la mía. Claro, debemos tener en cuenta que yo estaba allí cerquita, donde entran solo algunos pocos que tienen mucha suerte y yo ayer la tuve y mucho.

Como les iba contando, mis coletas moradas capturaron la atención de mi presi y yo, en ese segundo, le mandé doscientos besos. Él, atolondrado de tanto amor, me retribuyó con uno solo pero lo acompañó de un golpecito en el corazón, de esos que se usan ahora para decir te quiero. Yo, cual King Kong enardecido, me golpeaba el pecho con ambos puños y le gritaba, por si no entendía el gesto, que lo amaba, que lo amaba… que lo amo.

Mis rodillas parecían de majarete y ahí majaretosa, se me cruzó por el frente el jovencísimo ministro Héctor Rodríguez. Yo era toda amor en esos momentos así que le dije: ¡Hola Héctor! Y el me dijo ¡Hola! con la misma sonrisa linda de su mamá Jazmín. Entonces le regalé un beso a su cachete de pavo ministro y él me dio uno en mi cachete de cuarentona insolada.

Y así, besucona y al borde de un colapso de calor, me fui a buscar a el ministro Izarra, Andrés de los ojos bonitos. Me acerqué a un soldado y le dije que le informara al ministro que lo buscaba Marifer Popof.

Acudió presto el ministro ante tan glamoroso llamado. Le dije alguna cosilla, él me dijo otras a mi, y como fue tan amable ¿Qué más podía hacer sino darle un beso?

Al ministro Ramírez no le di besos porque es muy alto y yo no alcanzo. Además, que si me quedaba un minuto más repartiendo besos me iba a dar un yeyo porque el calor me estaba matando.

Salí de la concentración mientras escuchaba a mi presi, salí buscando una burbujeante y capitalista Cola Cola que me diera un toque de frío y un poco de azúcar para mi cuerpo en ayunas.

Caminé por la Calle del Hambre muerta de sed. Caminé entre mucha gente, muchos soldados, mucho ruido, hasta que llegué al Wendy’s y ¡Oh my God! El sol ya me había ganado, estaba alucinando: En la puerta de tan gringo lugar, un gringo, como esos que salen en las películas, esos que fuman recostados de la pared de una bomba de gasolina de carretera. Así, con una bota de leñador en el suelo y la otra contra la pared, con una gorra de béisbol gastada, unos lentes pasados de moda, un cowboy de nuestros tiempos en el medio de Porlamar, rodeado de gente de rojo, mirando a la gente que no lo miraba, estaba Sean Penn.

Yo no quise interrumpir el placer que podía estar sintiendo tan reconocido personaje al no ser reconocido, habría sido mezquina al tomarle una foto, habría sido imbécil al pedirle un autógrafo, así que solo atiné a pasarle por el lado, porque estaba en la puerta que me separaba de la vida, Coca Cola is life, creo que decía un anuncio, y, al pasar, le dije sin mirarlo y sin detener mi marcha: ‘’Sean Penn, this is the weirdest day I’ve ever had.’’

¿Y donde está la política? -Se preguntarán mis confundidos lectores.

En los días psicodélicos la política pasa a un segundo plano.




sábado, 18 de octubre de 2008

Expertos en estupidez.




No deja de impresionarme la capacidad que tienen los medios privados para encontrar expertos para toda ocasión.


Estos expertos son personajes que alquilan su prestigio hasta agotarlo a punta de pronósticos que nunca se materializan, de afirmaciones que niegan la realidad y que ciegan más a los ciegos que se niegan a verla, de oscuras revisiones históricas que rayan en el más abyecto reptilismo.

Son perfectas herramientas para mantener a una audiencia estúpida, para aquellos que prefieren la opinión de un ‘’experto instantáneo’’ siempre y cuando éste les diga lo que quieren escuchar. Alguien que les refuerce la idea de catástrofe a punto de ocurrir a la que se han hecho adictos. Alguien que les diga que no se equivocan al preferir guardar sus neuronas en una caja y dejarse llevar por los ‘’cantos de ballenas’’ de cualquier mamarracho, siempre y cuando sea de oposición.

Así tenemos economistas que, con sus caras tan lavadas, tratan de justificar lo injustificable y a falta de explicaciones, deciden acusar al gobierno de cualquier idiotez como tratando de tapar el sol con un dedo, ¿O será con un maletín?. Ayer vi a uno, economista él, que afirmaba que los funcionarios públicos que depositaron fondos de sus instituciones en Lehman Brothers debían ser juzgados y condenados por negligentes. Es decir que los negligentes, para este ‘’experto’’, son quienes confiaron sus ahorros a estas entidades del delito y no los directivos irresponsables que se robaron el futuro de un gentío y la estabilidad ese sistema ‘’perfecto’’ de manos invisibles, que solo se ven cuando exigen y se embolsillan la ayuda del estado, ese que, según ellos, nunca debe intervenir, bajo la amenaza de ‘’o nos salvan ahora o nos hundimos todos juntos’’.

Esta crisis nos regala expertos petroleros, de aquellos que, gustosos, degradaron a bitumen al petróleo del Orinoco. Bituminosos e impúdicos personajes que se horrorizaron tantas veces ante las cámaras porque el petróleo con el que ayer se embarraron, hoy compra salud, educación, comida y viviendas para quienes más lo necesitan.

Fascinados, vaticinan como se desplomará el precio de nuestro petróleo a niveles nunca vistos. Salivosos, advierten que ya no habrá más misiones y sin misiones ya no habrá más Chávez. Porque, según estos expertos de la estupidez y sus recetarios del Fondo Monetario Internacional, en tiempos de crisis lo primero que hay que recortar es el gasto social. Bien lo saben ellos que nos metieron el paquete de Paquetico en tiempos de Carlos Andrés.

Aplaude esperanzada la audiencia mononeuronal. Desempolvan sus pitos y banderas siete estrellas por si acaso. ¡Se quema la casa! -Dicen jubilosos, sin terminar de darse cuenta de que viven también dentro de ella.

Yo, sin ser experta, les sugiero que desempolven sus neuronas. Que Venezuela ya no es la misma. Que si hay que apretar cinturones, no serán los de los más pobres. Que no se alegren tan rápido, mis amigos, porque se van a llevar otro de esos chascos a los que, creo, se están acostumbrando.

Si por un solo momento se sentaran a pensar ya se estarían preguntando por qué estas lumbreras no han pegado ni una sola. ¿No será que son expertos, si, pero expertos en estupidez?




miércoles, 8 de octubre de 2008

De la dignidad y otros caprichos necios.




El respeto la dignidad del pueblo debe ser el punto de partida de toda revolución. El problema de la dignidad es que es un todo y no puede ser fraccionada porque dejaría de serlo convirtiéndose en otra cosa que no sabría definir.


Garantizar las necesidades básicas de las personas: salud, alimentación, vivienda, educación y trabajo, es un deber del estado, pero sucede que todavía hay revolucionarios que creen que, más que un deber, es un favor que se le está haciendo a la gente y ahí comienza el atropello a la dignidad de todos.

Que, por ejemplo, una persona de bajos recursos deba hacer colas durante horas y horas, bajo un sol achicharrante para poder comprar comida en un Súper Mercal sin derecho a quejarse, a exigir al menos un poco de sombra, al menos un método que agilice el proceso, nada tiene que ver, según mi frágil y aburguesada ideología, con brindar un trato digno a quien se lo merece. En todo caso, y siempre a mi parecer, tiene mucho que ver con ineptitud, falta de sensibilidad hacia otros, y mucho de arrogancia.

Si bien las misiones surgen ante la emergencia para tratar de cubrir necesidades por siempre relegadas, entiendo que ya tienen algunos años funcionando, lo que debería haber permitido el perfeccionamiento de las mismas.

Conversaba esto con un funcionario y su respuesta me dejó estupefacta. Según él, ‘’un revolucionario no se queja.’’ ‘’Queremos revolucionarios que no se quejen.’’ -dijo. ‘’Que hay gente que se queja porque no llega la beca cuando el estado le está enseñando a leer y a escribir, que se quejan del sol en la cola del Mercal cuando el estado le está dando alimentos, y esto es muy propio de capitalismo de estado. Nosotros no creemos en un estado asistencialista, que es un estado bobalicón, creemos en un estado socialista…’’

Y a mi sus palabras me sonaron desafinadas, peor aún, me pareció que últimamente las he tenido que escuchar más veces de las que quisiera: ‘’agradezcan que estamos (medio) haciendo esto por ustedes’’. ¿Es este el estado socialista en el que se atreve a creer, y para colmo en plural, mi amigo el funcionario?

No se trata de agradecer o dejar de hacerlo, no se trata de favores especiales, se trata de una revolución, se trata de la dignidad de la gente.

Que en PDVAL si ponen toldos ‘’porque eso es otra cosa’’ me explicó mi amigo. Y yo, siempre tan clase media, entendí que éste revolucionario pensaba que los que menos necesitamos si necesitamos sombra y mejores condiciones para comprar comida barata, eso sí, no tan barata como la de Mercal, que por ser subsidiada no viene con sombrita.

Por mucho que lo intento, no puedo imaginarme a la mamá de mi funcionario cocinándose a fuego lento mientras espera para comprar un pollo crudo. Tampoco imagino que él permitiría que su progenitora sufriera semejante suplicio. Me lo imagino reclamando, como todo buen hijo, respeto a la dignidad de la viejita abnegada que lo trajo al mundo y así, imaginando, me imagino que todos deberíamos pensar que cada persona que hace esas largas colas es una mamá, un hermano, una esposa, un amigo…

Es cuestión de imaginación.

Imagino un Súper Mercal que funcione como un supermercado cualquiera: donde la gente pueda entrar a comprar sin tener que esperar cuatro horas frente a una puerta siempre custodiada por un soldado. Imagino a la gente encantada de no tener que escoger entre trabajar, estudiar, cuidar a sus hijos o nietos, o perder toda una mañana a cambio de pagar menos por un pollo.

Imagino una sociedad donde el respeto a la dignidad no sea considerado por algunos funcionarios como un capricho tonto de una malcriada sin formación ideológica. Donde el reclamo a mejorar las condiciones de la gente de manera integral no sea considerado como una queja con pucheritos y conato de pataleta.

Una vez me contaron de algún líder de alguna revolución que estaba supervisando unas obras de viviendas de bienestar social mientras un ingeniero, muy ingeniero, le iba explicando: que las casas para los pobres esto... las casas para los pobres aquello… Hasta que este maravilloso revolucionario se hartó y le dijo: Yo no pedí casas para pobres, yo pedí casas para gente.

Yo creo que por ahí deberían ir los tiros y estoy absolutamente segura de que mi tocayo Hugo coincide plenamente con quienes nos empeñamos en estos caprichos necios.

Así, mi estimado funcionario, si se empieza a hacer a fondo lo que, hasta hoy, se ha venido haciendo a medias no habrá más quejas, se lo aseguro, y a cambio habrá revolución para rato.



miércoles, 1 de octubre de 2008

¡Taima, taima!





Cuando era pequeña, no era muy buena jugando a la ‘’ere’’. Siempre fui muy torpe y lenta para correr, siempre me tocaban de primerita y una vez que lo hacían me convertía en una especie de ere vitalicia. Es por eso que el juego favorito de todos los niños, a mi me parecía una pesadilla.

Una manera de evitar lo inevitable era gritar ¡Taima!, lo que te daba unos segundos para inventar una estrategia que jamás iba a funcionar. Era la gordita lenta y la torpe, no había taima que me salvara, pero invocar ese derecho a una inmunidad fugaz me permitía seguir en el juego sin tener ser la ere por un ratico más.

En estos días, leyendo la prensa, veo como el omnipotente mundo financiero está gritando ¡Taima!. Y me parece todo tan patas arriba: cuando yo era pequeña sabía que los mejores no pedían taima, y de grande supe que los mejores nunca la conceden.

¿Cuántas veces nuestros pueblos pidieron un paréntesis, una prórroga, un gesto de solidaridad a estos monstruos del dinero? Tantas veces nos apretaron el cinturón, nos regalaron fórmulas de progreso que solo les servían a ellos. Tantas veces nos mataron de hambre sin misericordia mientras suplicábamos un taima, uno solito, a ver si salimos vivos de esta...

Nada de nada, repetían desde arriba, el mundo es como es y ustedes son la gordita torpe. A privatizar, a reducir gastos sociales, a pagar lo que deben para que les permitamos debernos más. Malagradecidos, que los llevamos de la mano por el camino del progreso y ustedes van chillando como burros.

De su mano hemos llegado a la parte angosta del camino. Ellos desde allá arriba nos piden un taima muy raro. Se trata de que la gente a quienes han exprimido los ayuden a seguir como iban. Se trata de prolongar una agonía que ya ha sido demasiado larga. Se trata de aplicar a su propio pueblo las fórmulas asfixiantes que nos obligaron a aceptar un día. El dinero del pueblo para salvar a los promotores de todas sus calamidades.

El presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales pidió ‘’un paréntesis en la economía libre de mercado’’ e instó a su gobierno a ‘’adoptar un papel intervencionista frente a la crisis’’, a la vez que pidió "más liberalización, más privatizaciones y externalizar la gestión en servicios públicos". En fin, que si van ganando que los dejen ganar y si pierden que paguen los viejitos pensionados y los dejen seguir ganando.

Mas o menos lo mismo se propone desde la Casa Blanca. Paguen ustedes buenos ciudadanos so pena de perderlo todo. Paguen y no pregunten quién los metió en este lío. Paguen para que puedan seguir viviendo con la espada de Damocles de la hipoteca por ejecutar colgando sobre sus cabezas. Paguen hoy que mañana será tarde.

Yo era la gordita lenta jugando a la ere hasta que un día me cansé de perder siempre y cambié de juego, así como han cambiado de juego muchos países en nuestro continente.

¿Acaso no es hora de que todos juguemos a otra cosa?