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sábado, 28 de junio de 2008
En las teclas de una maldita con luces rosaditas.
Publicadas por
Carola
Escribo estas lineas desde un ciber café y con dedos temblorosos. Escribo a modo de escape, autoconvencimiento y un poco de testamento, porque se que esto que me está pasando solo puede tener un desenlace tragicómico, sobretodo tragi.
Ni en su peor pesadilla Assimov pudo imaginar algo como lo que estoy viviendo, ¿o debo decir muriendo?
Hace cuatro meses, en nuestro aniversario, mi marido, mi amor, mi compañero del alma, me regaló una computadora de patatús. Era linda, azul mate, planita, con un teclado iluminado con lucecitas rosadas que daban a nuestras noches un toque de romance de ultima generación. Al encenderla nos regalaba los buenos días con una cálida voz de treintona dispuesta a todo, daba la hora con susurros un tanto eróticos para mi gusto, era parlanchina y confianzuda, me avisaba cada vez que abría o cerraba un programa y se despedía cada noche con un ‘’dulces sueños’’ de eses arrastradas y empalagosas.
Tenía otras opciones de voz, según decía el manual del usuario, pero yo nunca pude configurar una voz masculina que me susurrara ‘’Tienes correo preciosa’’. La voz de esa treintona se negaba al delete, al reinicio e incluso al borrón y cuenta nueva. Mi computadora, definitivamente, era mujer por lo que mi amado la bautizó con el cariñoso nombre de Cuaimilla.
Cuaimilla era una máquina rapidísima. Jamás se congeló por más que abusara de su capacidad, por lo que empecé a preguntarme de cuánto sería capaz, segura de que haría mucho más de los que sus especificaciones indicaban.
Sexto sentido de mujer cuando huele a otra en su camino…
Todo comenzó de un modo tan sutil que no fui capaz de darme cuenta, muy a pesar de mis presentimientos, hasta que fue demasiado tarde.
En la noche después de despedirse de mi, la muy bicha se encendía sola y llamaba con esa voz ronquita de ‘’ay me muero de ganas’’ a mi desvelado marido, que acostumbraba a dormitar un poco frente a la tele antes de subir a nuestra cama. No se durante cuanto tiempo había estado sucediendo lo que ahora les voy a relatar, pero como la esposa es la última en saberlo y yo soy caída de la mata, tuve que pasar mas de dos horas esperando a mi marido semi vestida con mi dormilona matadora, recostada sobre la cama en una sexy, pero muy incómoda pose de femme fatale, tuve que quedarme dormida y despertar con una tortícolis espantosa a causa de la pose antes mencionada, para darme cuenta de que algo no estaba bien.
Medio tullida bajé, y mientras lo hacía escuché risas cálidas, susurros cómplices y suspiros delatores. Me acerqué con sigilo y la vi a ella, abierta de par en par, iluminada en tonos rosa, mostrando en su impúdica pantalla fotos de mujeres que ella hubiera querido ser. Todas tetonas, todas desnudas, todas pidiendo a gritos cosas que una dama no debe pedir jamás.
¿Qué haces mi vida? -pregunté disimulando mi ira y mi dolor. Su boca dijo ‘’nada mi amor’’, pero sus ojos desorbitados me lo contaron todo. Cerró la computadora tratando de ocultar su traición, pero antes, pude ver cómo sus rosaditas luces se tornaron rojo sangre. De más está decir que esa noche, después de tratar de seducir a mi marido en vano, tuve pesadillas horrendas y casi proféticas.
Los días entre nosotros se convirtieron en una sucesión de largos silencios. Las noches en terribles ‘’¿no estás cansadita mi amor?, mejor ve a dormir, mi cielo, que te ves ojerosa y demacrada…’’ eso, desde el mismo momento que el sol se escondía detrás de la montaña, a golpe de seis y media de la tarde.
La impaciencia de mi marido dio paso a una irritabilidad que a su vez cedió a un desprecio cantinflesco: él a mi ni me ignora.
Yo bañada en lágrimas al principio, amoratada de la rabia después, decidí que no iba a ser un aparato electrónico quien me iba a robar al hombre de mi vida y así, con la firme voluntad de destruir a esa vil y compacta roba maridos, pasé otra noche más en vela.
Buenos días. -dijo la muy sucia, todavía tibia a causa de una ardiente y larga noche. ¿Quieres café? -Le pregunté yo, y sin esperar respuesta le vacié un tazón de capuccino doble mocca sobre su colorido teclado. ¡Mmmmmm! Capuchino doble mocca, mi favorito, pero, a mi gusto, le faltó un toque de canela. -En lugar de echar chispas y fundirse, la mugrosa esa sorbió el café a la vez que emitía soniditos, supongo en que en formato MP3, de chasquidos de lengua como quien disfruta a muerte un cremoso capuccino.
Intenté apagarla y me congeló con una voz aguda y perversa que me dijo, vete ya, déjamelo que él me ama, de lo contrario te vas a arrepentir, cuarentona con celulitis.
¿Celulitis yo? Corrí al espejo solo para confirmar que ella, además de hablar, veía y muy bien. Mis muslos tenían esos característicos hoyitos que en las revistas de moda llaman piel de naranja. Maldita sea, las computadoras no tiene celulitis, ni flacidez, ni patas de gallo. ¡Maldita sea! ¿Contra qué me estoy enfrentando?
Contra un aparato que tiene no más de dos años de vigencia me dijo la parte racional de mi cerebro. Pero mi corazón de mujer me dijo que esto era mucho más peligroso y duradero... tal vez definitivo.
La noche que siguió a la mañana con capuccino, fue una noche de soledad para ambas ya que mi marido había viajado por negocios. Ella se la pasó emitiendo unas risitas, a veces burlonas, otras estridentes como de bruja de cuentos, y otras histéricas como de loca con un cuchillo detrás de mi puerta. Yo, encerrada en mi cuarto, aferrada a una foto de mi boda, entre sollozos espasmódicos, trataba de releer el manual de esa malvada por enésima vez, como buscando una respuesta que sabía que jamás iba a encontrar.
Cuando bajé en la mañana me dijo con asco: ¿Qué son esas cosas blancas en tu pelo? No me digas que son canas, y se atragantó de la risa. Yo no pude más, salí corriendo, así en pijamas, sin haberme lavado los dientes, descalza y no paré de correr hasta llegar a la peluquería que, por supuesto, a esa hora estaba cerrada. Deambulé por las calles sin rumbo fijo, sin tener a dónde ir, sin dinero, sin ganas de vivir…
Regresé tarde en la noche a una casa iluminada, con el carro de mi marido estacionado en frente. Entré buscando refugiarme en sus brazos y me tropecé con los ojos más furiosos que había visto jamás en la cara soñada de mi príncipe azul.
¿Me puedes explicar qué es esto? -rugió mi viril esposo mientras señalaba la pantalla de la miserable. Mis ojos me vieron en brazos de un hombre, desnuda, borracha. Me vi con otros dos jugando a un juego erótico que nunca imaginé posible. Me vi en videos besando a lengüetazos a un viejo horroroso con cara de político de oposición. ¡Dios mío, era un político de oposición! Y yo que trabajaba en un ministerio, yo que tenía una carrera ascendente por delante… y mi marido, tan fiel al gobierno, tan luchador social… y yo… yo allí en brazos de ese señor con papada fofa con mis dedos enredados en su pelo pegostoso de gomina… ¿Qué estoy haciendo en ese video... lamiendo esa papada? ¡Noooooooo!
Mi vida no... esa no soy yo… es un montaje...eso es photoshop… ¿Cuales correos? No, yo nunca escribí eso, ni siquiera lo tengo en mi agenda de direcciones... ¿que si lo tengo? ¿A ese también? ¿Y a Ravell? No mi vida, no le creas, son documentos que ella inventó… mi amor no le creas… ¿También por chat? Noooooo…
Traté de lanzarme sobre la calumniadora de esposas decentes para luego lanzarla por la ventana y estrellarla contra el muro, pero me detuvo el brazo férreo de mi marido y la que salió volando por la ventana fui yo, la que se estrelló contra el muro fui yo, la que reía y recibía mimos y agradecimientos era ella, la que no tiene canas... la mentirosa.
Humillada, entré de nuevo a la casa, a mi casa, por la puerta de la cocina y me refugié en un baño donde prepararía mi próximo y definitivo ataque. Mientras ideaba maneras de destruir a la que se propuso destruir mi vida, podía escucharlos a los dos, disfrutando de otra de esas largas y traidoras noches que compartían. No se en que momento me dormí, pero me despertó el silencio y, otra vez, el dolor de cuello que debe padecer cualquier persona que se duerma sentada sobre una poceta utilizando como almohada el tieso y frío lavamanos.
Me levanté y fui a la cocina a buscar armas de destrucción masiva: el martillo ablandador de carne, el cuchillo de chef que me regaló mi papá, un pote de ácido para limpiar baldosas, un rodillo, unas tijeras y, por último, como una buena ama de casa que soy, agarré una escoba para recoger los pedacitos que quedaran.
Entré a mi estudio y allí estaba ella dormida, en stand by. No le di tiempo a nada, le pegué un martillazo, con toda la fuerza de mi rabia, en medio del logotipo, la abrí y apuñalé con saña su teclado que ahora brillaba en rojo furia, vacié un litro y medio de ácido sobre su pantalla, con el rodillo en una mano y el cuchillo en la otra intenté despedazarla, me sentía como un chino de esas películas de kung fu, mis golpes eran rápidos y certeros y como ella no decía ni pío, supe que la había vencido.
Exhausta, me recosté en mi silla y cerré los ojos. Solo se escuchaban los latidos de mi corazón, que parecía que esa noche no estaba en mi pecho, sino que estaba justo al lado de mis tímpanos. El tucutún cardíaco se detuvo al escuchar aquella voz tan temida y odiada: ¿No entiendes verdad? -me dijo con la calma que tienen los psicópatas de las novelas de detectives. ¿No sabes acaso quién soy? En algún momento llegué a pensar que te subestimaba, pero veo que eres más ignorante de lo que imaginé. acércate y lee lo que dice allí, al lado de la conexión USB. ¿Lo ves, en letras pequeñitas? ¡Lee idiota!…
Sin atreverme a tocarla me acerqué. Mis ojos adoloridos por la fuerte luz que emitía su pantalla pudieron ver aquel nombre infame: Uribush 3.8. Un grito estrangulado de pánico se atoró en mi garganta, mis piernas perdieron el último poquito de fuerza que les quedaba y me desplomé contra el suelo sabiéndome vencida.
Me arrastré hacia la puerta y mientras lo hacía, una luz de esperanza cruzó por mi mente aturdida: Si mi amado supiera que ella es una vulgar Uribush, si lo viera como lo vieron mis ojos, todo… todo volvería a ser como antes…
Con esa chispa esperanza metida en el corazón me desmayé hasta el día siguiente.
¿Qué le has hecho miserable? -Las palabras de mi marido, como patadas en la barriga, me despertaron. ¿Dónde está Camila? -me gritaba amoratado de rabia y desprecio. ¿Quien es Camila? -yo estaba tan aturdida que no entendía nada. No te hagas la idiota, o al menos trata de ser menos idiota de lo que eres, Camila es ella, quien ilumina mis noches y hace que mis días sean una agonizante espera. Camila, la mujer de mi vida, la que no se arruga, la que no se queja, la que se conforma con estar allí enchufadita. Ella, la que ahora no está… ¿Donde la has metido mala pécora?
Traté de explicarle que yo no había hecho nada, que ella estaba allí cuando yo me desmayé, trate de decirle que su nombre no era Camila y él, furioso, como nunca, me mando a callar jurándome que si la llamaba Cuaimilla me cortaría la lengua por sacrílega. No me dejó hablar más. Pasaba de un llanto visceral a dar gritos de loco suelto, me empujaba mientras yo trataba de correr, alcancé la puerta como pude y huí. Diez cuadras mas arriba me detuve a coger aire y todavía podía escuchar sus amenazas. Desde entonces estoy en la calle.
Por eso escribo hoy desde un ciber, para ver si hay alguien que quiera creerme todo esto que me está pasando, porque nadie me ha creído: me expulsaron del partido, me botaron del ministerio, mis amigas me borraron de sus listas de contactos, mi familia no me quiere ni ver por Skype.
Hoy estoy aquí, gastándome mis últimos ahorros para imprimir esta historia mil veces, en tamaño carta, arial 12 a doble espacio, para que alguien la crea, para que si alguien recibe de regalo una computadora como la mía ni abra la caja. Si bien se que yo no tengo salvación, quiero advertirles que ella existe y anda suelta por ahí...
domingo, 22 de junio de 2008
Caminito que el tiempo ha borrado...
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Carola
Alerta del frente de damas indignadas por todo lo que haga el gobierno.
Hace unos días el rrrégimen celebraba a soto voce el primer aniversario de ese esperpento que ellos llaman viaducto.
¿Y por qué a soto voce? Se preguntarán mis indignadas compañeras amantes de la haute couture. Pues para eso estoy aquí, para responderles y denunciar el ultimo atropello de este desgobierno tiránico y depravado.
Resulta, mis conmocionadas amigas, que como resultado de esa obra de infraestructura mucha gente quedó viviendo en condiciones infrahumanas. Me refiero a los habitantes de la carretera vieja de La Guaira.
Ya se que nos importa un pepino esa gente de baja ralea, pero es que de algo tenemos que colgarnos si queremos derrocar al inquilino de Miraflores y su corte de aduladores.
Durante los días de gloria, cuando se desplomó el viaducto, en medio del regocijo aprovechamos para bombardear al desgobierno mientras cantábamos Alé Limón. Recuerdo aún, con lágrimas en los ojos, aquella trocha que tanto nos dio de que hablar. Aquella cámara fija de Globovisión que mandamos a instalar para transmitir, en vivo y directo, una tragedia que no llegó a suceder.
Luego la construcción atropellada de ese puente de campaña que, dicen, será indestructible, aquel valiente reportero contando tornillos faltantes, la gente ignorante arriesgando sus vidas, las de sus familias, lanzándose por el puente aún a sabiendas de que la muerte acechaba, porque si algo hicimos y con insistencia fue advertirles que no iba a durar más de dos meses en pie. Ese viaducto era una bomba de tiempo y el tiempo pasó y la bomba… Bueno, no les voy a contar lo que ya saben.
Un año ha pasado desde aquel nublado día, cuando cortando una cinta de bandera, una de esas a las que le sobra una estrella, se inauguró el viaducto dejándonos, a la gente decente de este país, sumidos en la más profunda indignación.
Pero erraron en sus cálculos estos engendros castro-narco-computador de Raúl Reyes avalado por la Interpol-chavistas. Erraron como suelen errar quienes se creen sus propias mentiras y, otra vez, por tratar de engañar a muchos con esos espejismos de progreso, olvidaron al señor que vendía chicharrón (después les explico que es eso) allá en la carretera vieja.
Juan Gómez se llama el infortunado, un hombre que hoy ve como su sueño de pequeño empresario de la gastronomía criolla se le escapa de las manos. Nuestra cámara fija no fue capaz de filmar entonces esa tragedia en desarrollo, no fuimos capaces de adelantarnos al futuro ominoso que acechaba al chicharronero.
Pero ahora lo tenemos enfocado con un gran angular. Por lo tanto, desde hoy, amigas mías, Juan Gómez somos todas, y yo digas ni pío, Ana Julia, porque estamos haciendo patria.
Ya basta de ser cómodos, ya basta de querer llegar a La Guaira en veinticinco minutos, es hora de sacrificarnos como nunca antes lo hemos hecho. Marchad mis admirables y bien conservadas damas, comed chicharrones de Juan Gómez y cuanta fritura asquerosa vendan por esos lares, tomad, eso si, sobre dosis de Alka Selzer Ultra Plus, soportad con estoicismo los estragos de una indigestión segura que la patria pide a gritos nuestro máximo sacrificio. Gritad vuestras consignas a los cuatro vientos: ¡Con mi chicharrón no te metas! ¡Ni una autopista más! ¡Chávez, devuélveme mi trocha y mi país!. Y no os preocupéis, mis esbeltas damas, por la ingesta excesiva de carbohidratos y grasas saturadas, que marcharemos tanto y tan arriba que no habrá chicharrón, ni celulitis, ni dictatorzuelo tropical que pueda con nosotras. Claro, que una vez logrado el objetivo nuestro primer decreto será prohibir el chicharrón.
Atentamente,
Marifer Popof.
Presidenta del frente de damas indignadas con todo lo que haga el gobierno.
Hace unos días el rrrégimen celebraba a soto voce el primer aniversario de ese esperpento que ellos llaman viaducto.
¿Y por qué a soto voce? Se preguntarán mis indignadas compañeras amantes de la haute couture. Pues para eso estoy aquí, para responderles y denunciar el ultimo atropello de este desgobierno tiránico y depravado.
Resulta, mis conmocionadas amigas, que como resultado de esa obra de infraestructura mucha gente quedó viviendo en condiciones infrahumanas. Me refiero a los habitantes de la carretera vieja de La Guaira.
Ya se que nos importa un pepino esa gente de baja ralea, pero es que de algo tenemos que colgarnos si queremos derrocar al inquilino de Miraflores y su corte de aduladores.
Durante los días de gloria, cuando se desplomó el viaducto, en medio del regocijo aprovechamos para bombardear al desgobierno mientras cantábamos Alé Limón. Recuerdo aún, con lágrimas en los ojos, aquella trocha que tanto nos dio de que hablar. Aquella cámara fija de Globovisión que mandamos a instalar para transmitir, en vivo y directo, una tragedia que no llegó a suceder.
Luego la construcción atropellada de ese puente de campaña que, dicen, será indestructible, aquel valiente reportero contando tornillos faltantes, la gente ignorante arriesgando sus vidas, las de sus familias, lanzándose por el puente aún a sabiendas de que la muerte acechaba, porque si algo hicimos y con insistencia fue advertirles que no iba a durar más de dos meses en pie. Ese viaducto era una bomba de tiempo y el tiempo pasó y la bomba… Bueno, no les voy a contar lo que ya saben.
Un año ha pasado desde aquel nublado día, cuando cortando una cinta de bandera, una de esas a las que le sobra una estrella, se inauguró el viaducto dejándonos, a la gente decente de este país, sumidos en la más profunda indignación.
Pero erraron en sus cálculos estos engendros castro-narco-computador de Raúl Reyes avalado por la Interpol-chavistas. Erraron como suelen errar quienes se creen sus propias mentiras y, otra vez, por tratar de engañar a muchos con esos espejismos de progreso, olvidaron al señor que vendía chicharrón (después les explico que es eso) allá en la carretera vieja.
Juan Gómez se llama el infortunado, un hombre que hoy ve como su sueño de pequeño empresario de la gastronomía criolla se le escapa de las manos. Nuestra cámara fija no fue capaz de filmar entonces esa tragedia en desarrollo, no fuimos capaces de adelantarnos al futuro ominoso que acechaba al chicharronero.
Pero ahora lo tenemos enfocado con un gran angular. Por lo tanto, desde hoy, amigas mías, Juan Gómez somos todas, y yo digas ni pío, Ana Julia, porque estamos haciendo patria.
Ya basta de ser cómodos, ya basta de querer llegar a La Guaira en veinticinco minutos, es hora de sacrificarnos como nunca antes lo hemos hecho. Marchad mis admirables y bien conservadas damas, comed chicharrones de Juan Gómez y cuanta fritura asquerosa vendan por esos lares, tomad, eso si, sobre dosis de Alka Selzer Ultra Plus, soportad con estoicismo los estragos de una indigestión segura que la patria pide a gritos nuestro máximo sacrificio. Gritad vuestras consignas a los cuatro vientos: ¡Con mi chicharrón no te metas! ¡Ni una autopista más! ¡Chávez, devuélveme mi trocha y mi país!. Y no os preocupéis, mis esbeltas damas, por la ingesta excesiva de carbohidratos y grasas saturadas, que marcharemos tanto y tan arriba que no habrá chicharrón, ni celulitis, ni dictatorzuelo tropical que pueda con nosotras. Claro, que una vez logrado el objetivo nuestro primer decreto será prohibir el chicharrón.
Atentamente,
Marifer Popof.
Presidenta del frente de damas indignadas con todo lo que haga el gobierno.
sábado, 21 de junio de 2008
Breve melodrama radial
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Carola
A los cuarenta se puede ser muchas cosas, pero no se puede ser veinteañera. Esa es una verdad que nos tenemos que tragar como quien traga un papel de lija rebosado con cal.
Hace 15 meses Titina cumplió cuarenta y tres años, y no los aparentaba hasta que esa mañana una arruguita le hizo un guiño en el espejo, una cana saltó de la nada en su abundante melena castaña oscura natural y una especie de flacidez en la parte baja de su rostro de porcelana tembló desafiante mientras trataba de cepillar su perlada dentadura.
Obnubilada corrió hacia el teléfono y le pidió a su comadre que la acompañara, porque el temblor no la dejaba manejar, al cirujano plástico ese, el que puso a Maricuchi como una muchachita.
Hipotecando su futuro en ese afán de regresar al pasado, Titina ingresó en el quirófano una mañana.
Cuchillo por aquí, liposucción por allá, lipotomía, rinoplástia, o sea, naricita de Miss, senos grandes, voluptuosos, matadores, ¿pompis? por supuesto, ojeras, papadita, paticas de gallo también, todo tenía que irse y todo se fue.
Después de una dolorosa recuperación y casi un año sin poder tomar el sol. (Es que parece que la nariz se le podía derretir y los senos podían explotar como los granos de maíz cuando se vuelven cotufas.) En fin, un año después de todo este proceso, Titina se pone un hilo dental chiquitico, que se le pierde en ese pompis modelo Jennifer López, se amarra un pareo transparente, que mas que tapar insinúa con descaro, zarcillos, collares, pulseras a juego, y sale a caminar por Playa Parguito.
Tres cuarentonas gordas la miran con envidia, sus maridos la observan sin disimulo, ella encantada de ser admirada continúa su marcha triunfal alejándose de esos barrigones medio calvos que suelen sus contemporáneos.
Allá en la orilla dos surfistas veinteañeros sacuden sus pollinas mientras regresan a la playa. Titina, como leona que acecha a su presa, redobla su paso felino, y pasa con su cuerpazo cerquita de los pavos bellos como quien no quiere la cosa.
El mar siempre ruidoso, esta vez calló para dejar llegar a oídos de Titina la voz del surfista más catirito que le decía a su amigo: ¡chaaaamooo esa vieja está durísima!
De el programa de radio que hacemos Augusto Hernández y esta escritora bocona de lunes a viernes en FM Noticias.
Lo puedes escuchar aquí, ahorita no, de lunes a viernes a las 12 m.
sábado, 14 de junio de 2008
Esta boca es mía.
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Carola
Desde hace algún tiempo he venido sintiendo una leve picazón que no me deja vivir en paz: es que hay una especie de resorte que hace saltar a algunos revolucionarios cuando a uno se le ocurre cuestionar, criticar o mostrar desacuerdo con cosas que pasan dentro de nuestras filas.
Que no hay que hacerle el juego a la canalla, explican, y yo me pregunto: ¿cuál de las canallas, la externa o la interna? porque no solo luchamos contra la oposición, luchamos también contra la ineficiencia, el cuartorepublicanismo enquistado en algunos cerebros ‘’revolucionarios’’, la sed de poder, las roscas, las maquinarias, los empujones, el arribismo, la mediocridad, la corrupción, la falta de conciencia…
Me preocupa sobremanera esta mordaza solidaria que, según algunos compañeros, debemos colocarnos voluntariamente. Y es que yo no se callarme la boca, y menos si creo que mi silencio colaboraría con la derrota de mi propia lucha. Callar, entonces, sería convertirme en Chacumbele y a mi no me gusta esa canción.
Creo que un revolucionario debe ser crítico, y creo que debe serlo en voz alta. Callar es permitir que pasen las cosas, callar es ser pasivos, callar es ser cómplices.
Ya se que lo que tenemos es mucho en comparación con lo que antes teníamos, eso no lo niego, pero donde haya algo que mejorar habrá que mejorarlo. Donde algo esté siendo carcomido por la ineficiencia, pues, habrá que sacudirlo y ponerlo a funcionar. No podemos conformarnos porque el conformismo no está en el diccionario de quienes pretendemos cambiar al mundo.
¿Que no nos dejan? ¿que no nos oyen? Solo si nos dejamos, solo si nos nos hacemos oír. Y es que allí radica el poder del pueblo, ese que no hay que esperar que nos transfieran porque siempre lo hemos tenido. ¿No recuerdan lo que el pueblo logró el 13 de abril? ¿Tuvo alguien que darles permiso para salir a rescatar a nuestro presi?
Y aquello fue algo espontáneo, imaginen el poder del pueblo organizado, centrado en su lucha sin tapujos, sin perder la oportunidad ni el tiempo por no querer darle el gusto a la oposición. Y es que hagamos lo que hagamos ellos van a escupir veneno. ¿Los han visto reconocer alguna vez un solo logro de la revolución?
Le hacemos el juego a la canalla, si, se lo hacemos cuando callamos, a la de afuera y a la de adentro que, al final, como que juegan en el mismo bando.
Por eso digo que esta boca es mía. Mía, de ustedes, de mis hijas, de todos menos de quienes pretenden aprovechar el silencio para acabar con la revolución.
He dicho… por ahora...
jueves, 5 de junio de 2008
Palabras de una amiga ladilla a su candidato.
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Carola
Ya tenemos candidato, quizá no sea el que usted quería, no es el que yo apoyaba, pero eso era antes de que fuera el candidato, ahora lo es y eso lo convierte irremediablemente en mi candidato.
¿Que la cosa no es tan sabrosa como votar por el que yo quería? Puede ser, pero soy grandecita y se lo que quiero y también lo que no.
Y no quiero un gobierno de oposición, eso está claro
Mi candidato ahora lo tiene crudo, tan crudo como lo tendría cualquiera que aspirara a tener nuestro apoyo. Si bien en la campaña me causaron cierto escozor algunas de sus conductas, si bien su discurso me pareció medio hueco, mucho patria socialismo o muerte, mucho más de lo que mi oído hambriento de ideas puede soportar… en fin, que no era el mío y que ahora si lo es.
Como es mi candidato, quiero ideas en su boca, quiero acciones transparentes, exijo que se ponga a la altura que merecemos quienes le apoyamos. Quiero ver al revolucionario que va a ser gobernador. Sin un solo matiz de blanco o verde, ni un solo rasgo de personalismo, ni un solo resbaloncito.
Es que no es fácil ser revolucionario, es casi un sacerdocio. Hay que hacer ejercicios diarios de coherencia, actuar como digo que pienso y pensar como actúo. Hay que servir al pueblo en lugar de querer que el pueblo te sirva, hay que saberse igual a todos, cosa difícil para quienes quieren ser importantes. Hay que trabajar y trabajar y trabajar...
Creo, mi candidato, que, por poco que me impresionara en estos días, puede y debe usted impresionarnos en adelante. Así que le dejamos mi apoyo y el de todos los revolucionarios. Y junto con nuestro apoyo, cuente usted con nuestros ojos mirándolo de cerquita, con nuestras ideas para que las atienda, con nuestras ganas de cambiar al mundo y cuente con su destino inexorable de tener que cumplir con su deber.
¿Que suenan duras mis palabras? No se lo tome a mal, es que soy una mamá, y ya sabe cómo jodemos.
Considéreme su amiga, mi candidato, considéreme como una amiga ladilla, de esas que no disimulan y que muchos prefieren no tener. Pero una amiga sincera que no espera más que lo que usted debe ofrecer.
Y los que aún creen que no ha sido justo, que no ha sido bueno, que no va a resultar, pues, séquense las lagrimitas, pónganse la botas y échenle piernas que esta revolución ya arrancó y no la vamos a parar.
No soy afecta a los slogans revolucionarios, pero este de ‘’el pueblo unido jamás será vencido’’, nos viene como anillo al dedo. Así que no lo olviden…
lunes, 2 de junio de 2008
Ceniciento y los siete enanos.
Publicadas por
Carola
Un cuento de hadas electoral.
Había una vez una isla no muy lejana en la que gobernaba, desde hacía más tiempo del que nadie puede soportar, un malvado hechicero. En ese pedazo de tierra toda rodeada de agua, tal como la describió otro hechicero cuya maldad solo era opacada por sus rebuznos desfachatados, vivían un muchacho llamado Ceniciento y sus dos hermanastros. También moraban allí, por supuesto, los pobladores de la isla con sus animalitos, sus lanchas y sus partidos políticos.
Ceniciento era un muchacho muy trabajador. Se pasaba catorce horas diarias haciendo su trabajo de manera impecable. Desde hacía algunos años a Ceniciento se le encargó coordinar un trabajo vital dentro de la isla, vital como quien dice de vida o muerte. Su misión: llevar salud a los pobladores más pobres y a los menos pobres también. Ceniciento era doctor.
Sus hermanastros también trabajaban, pero, al contrario de Ceniciento, tenían unos cargos públicos muy importantes y no se cortaban de alardear del poder que dichos cargos les conferían.
Un día llegó una invitación para un baile, entre los asistentes al mismo se escogería al gobernador de la Isla. Muchos quisieron ir y como era un baile público, muchos supieron que la oportunidad se las estaban sirviendo en bandeja y acompañada con tequeños.
Los hermanastros, apenas se enteraron, corrieron a sus aposentos para seleccionar sus mejores galas, repasar sus mejores mañas y anunciar la buena nueva a sus amigotes vía celular.
Los amigotes de cada uno de los hermanastros, que a veces se llaman socios y otras aliados, empezaron a tejer unas hermosas redecillas que ellos debían usar en el baile y que habían de hacer que éstos destacaran sobre el resto de los aspirantes.
Como los hermanastros no se llevaban bien entre si, y sus amigotes menos, se generó una competencia de redecillas que se hacían cada vez más elaboradas y más vistosas.
A todas estas, Ceniciento seguía ejerciendo su trabajo vital, sin atreverse a soñar siquiera en poner un dedo del pie en la pista de baile. Pero sus amigos, que se llaman siete enanos, no porque fueran siete, sino porque al lado de los amigotes de sus hermanastros eran muy pequeños, insistían en que lo querían ver bailar.
Ceniciento accedió porque sabía que tenia un buen son, por lo que creía que, aunque no ganara, los enanos no se sentirían defraudados, ya que él movería los pies con más estilo que es mismísimo Fred Astaire.
Los siete enanos felices ante la expectativa de ver a su Ceniciento bailar, empezaron recorrer cada caserío de la comarca, y, cual alegres juglares, regaron la buena.
Pronto Ceniciento y los siete enanos sintieron el poderío de los hermanastros quienes, sin ningún pudor, les restregaban en las caras aquellas elaboradísimas y costosas redecillas.
Conscientes de que contra eso no podían competir se dedicaron seguir haciendo lo único que podían hacer: Ir con Ceniciento a todos lados, hablar con cuanta gente se les cruzara por los caminos y sacar fotocopias en blanco y negro con la foto Ceniciento y un pequeño pero completo mensaje para que la gente se acordara de una cara que era inolvidable. Y es que olvidé mencionar que la sonrisa de Ceniciento si la ves una vez, ya no puedes vivir sin quererla volver a ver.
La rivalidad entre los hermanastros tomaba proporciones desmesuradas, el malvado hechicero se relamía porque él sabía que solo la unidad entre sus futuros contrincantes sería capaz de derrotarlo, por lo que se acurrucó, plácido, en su trono abrazado a su gallo mágico que ponía huevos de oro.
Así llegó el día del baile. Algunos moradores de la isla cayeron en las redecillas, muchos a mi modesto parecer, otros salieron de sus casas a aplaudir al doctor Ceniciento que sin zapatos de cristal, sin redecillas carísimas, con su labor bien cumplida y su sonrisa adictiva, había despertado conciencias y había traído una esperanza hace mucho tiempo perdida.
Aplaudimos los enanos, aplaudimos tanto como los enanos podemos hacerlo y logramos junto a Ceniciento llegar de terceros en el concurso de baile. Los hermanastros incrédulos se preguntaban en qué fallaron, ¿cuándo había cambiado la gente de su comarca insular? ¿por qué si siempre habían sabido vender su futuro a cambio de unas monedas de latón, hoy aplaudían como enanos eufóricos al insignificante Ceniciento?
Porque lo vimos bailar sin dar un traspiés, sin meter una sola zancadilla, sin hundir ninguno de sus hermosos codos en el costillar de persona alguna. Ceniciento bailó como hace todo lo que hace, de manera impecable, alegre, sin perder la sonrisa por más que le dolieran los pies.
Ceniciento, junto a sus desconcertados hermanastros, esperan una decisión final, tal como los estipulaban las reglas del baile, si los tres primeros recibían más o menos la misma cantidad de aplausos, irían a demostrar en la capital qué hizo o qué dejo de hacer cada uno para merecer o desmerecer la candidatura a gobernador.
El malvado hechicero estruja con angustia a su gallo de los huevos de oro, los pobladores de la isla esperamos que en la capital sepan ver lo que vimos aquí, que vean a Ceniciento bailar, que vean como ha bailado toda su vida... es que si tienen buena vista podremos vivir todos rojos rojitos para siempre.
Y colorín colorado este cuento no se ha acabado...
Había una vez una isla no muy lejana en la que gobernaba, desde hacía más tiempo del que nadie puede soportar, un malvado hechicero. En ese pedazo de tierra toda rodeada de agua, tal como la describió otro hechicero cuya maldad solo era opacada por sus rebuznos desfachatados, vivían un muchacho llamado Ceniciento y sus dos hermanastros. También moraban allí, por supuesto, los pobladores de la isla con sus animalitos, sus lanchas y sus partidos políticos.
Ceniciento era un muchacho muy trabajador. Se pasaba catorce horas diarias haciendo su trabajo de manera impecable. Desde hacía algunos años a Ceniciento se le encargó coordinar un trabajo vital dentro de la isla, vital como quien dice de vida o muerte. Su misión: llevar salud a los pobladores más pobres y a los menos pobres también. Ceniciento era doctor.
Sus hermanastros también trabajaban, pero, al contrario de Ceniciento, tenían unos cargos públicos muy importantes y no se cortaban de alardear del poder que dichos cargos les conferían.
Un día llegó una invitación para un baile, entre los asistentes al mismo se escogería al gobernador de la Isla. Muchos quisieron ir y como era un baile público, muchos supieron que la oportunidad se las estaban sirviendo en bandeja y acompañada con tequeños.
Los hermanastros, apenas se enteraron, corrieron a sus aposentos para seleccionar sus mejores galas, repasar sus mejores mañas y anunciar la buena nueva a sus amigotes vía celular.
Los amigotes de cada uno de los hermanastros, que a veces se llaman socios y otras aliados, empezaron a tejer unas hermosas redecillas que ellos debían usar en el baile y que habían de hacer que éstos destacaran sobre el resto de los aspirantes.
Como los hermanastros no se llevaban bien entre si, y sus amigotes menos, se generó una competencia de redecillas que se hacían cada vez más elaboradas y más vistosas.
A todas estas, Ceniciento seguía ejerciendo su trabajo vital, sin atreverse a soñar siquiera en poner un dedo del pie en la pista de baile. Pero sus amigos, que se llaman siete enanos, no porque fueran siete, sino porque al lado de los amigotes de sus hermanastros eran muy pequeños, insistían en que lo querían ver bailar.
Ceniciento accedió porque sabía que tenia un buen son, por lo que creía que, aunque no ganara, los enanos no se sentirían defraudados, ya que él movería los pies con más estilo que es mismísimo Fred Astaire.
Los siete enanos felices ante la expectativa de ver a su Ceniciento bailar, empezaron recorrer cada caserío de la comarca, y, cual alegres juglares, regaron la buena.
Pronto Ceniciento y los siete enanos sintieron el poderío de los hermanastros quienes, sin ningún pudor, les restregaban en las caras aquellas elaboradísimas y costosas redecillas.
Conscientes de que contra eso no podían competir se dedicaron seguir haciendo lo único que podían hacer: Ir con Ceniciento a todos lados, hablar con cuanta gente se les cruzara por los caminos y sacar fotocopias en blanco y negro con la foto Ceniciento y un pequeño pero completo mensaje para que la gente se acordara de una cara que era inolvidable. Y es que olvidé mencionar que la sonrisa de Ceniciento si la ves una vez, ya no puedes vivir sin quererla volver a ver.
La rivalidad entre los hermanastros tomaba proporciones desmesuradas, el malvado hechicero se relamía porque él sabía que solo la unidad entre sus futuros contrincantes sería capaz de derrotarlo, por lo que se acurrucó, plácido, en su trono abrazado a su gallo mágico que ponía huevos de oro.
Así llegó el día del baile. Algunos moradores de la isla cayeron en las redecillas, muchos a mi modesto parecer, otros salieron de sus casas a aplaudir al doctor Ceniciento que sin zapatos de cristal, sin redecillas carísimas, con su labor bien cumplida y su sonrisa adictiva, había despertado conciencias y había traído una esperanza hace mucho tiempo perdida.
Aplaudimos los enanos, aplaudimos tanto como los enanos podemos hacerlo y logramos junto a Ceniciento llegar de terceros en el concurso de baile. Los hermanastros incrédulos se preguntaban en qué fallaron, ¿cuándo había cambiado la gente de su comarca insular? ¿por qué si siempre habían sabido vender su futuro a cambio de unas monedas de latón, hoy aplaudían como enanos eufóricos al insignificante Ceniciento?
Porque lo vimos bailar sin dar un traspiés, sin meter una sola zancadilla, sin hundir ninguno de sus hermosos codos en el costillar de persona alguna. Ceniciento bailó como hace todo lo que hace, de manera impecable, alegre, sin perder la sonrisa por más que le dolieran los pies.
Ceniciento, junto a sus desconcertados hermanastros, esperan una decisión final, tal como los estipulaban las reglas del baile, si los tres primeros recibían más o menos la misma cantidad de aplausos, irían a demostrar en la capital qué hizo o qué dejo de hacer cada uno para merecer o desmerecer la candidatura a gobernador.
El malvado hechicero estruja con angustia a su gallo de los huevos de oro, los pobladores de la isla esperamos que en la capital sepan ver lo que vimos aquí, que vean a Ceniciento bailar, que vean como ha bailado toda su vida... es que si tienen buena vista podremos vivir todos rojos rojitos para siempre.
Y colorín colorado este cuento no se ha acabado...