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jueves, 31 de enero de 2008

Tengo tanto que decirte, pero no se como…



Con esta frase suele comenzar quien sabe lo que quiere decir, sabe que es importante, pero no sabe como hacerlo.

Nadie dijo que fuera fácil decir las cosas importantes. Me pregunto cuántos posibles matrimonios felices jamás se acercaron ni siquiera a un noviazgo debido a la incapacidad de los tórtolos a declarar su amor. Cuántos besos no se han dado, cuántos platos rotos y cuántos sueños frustrados.

En estos casos son solo dos vidas las que se dañan, pero ¿qué pasa cuando la mala comunicación afecta a muchísimas personas? Cientos de miles de platos rotos, millones de sueños destrozados, millones de personas que trabajan a favor de algo y no llegan a la meta porque no supimos decir las cosas. Malo, malo…

El gobierno se encuentra ahora como aquel pretendiente maravilloso, como ese amor que pasó de largo dejando un vacío en el alma, como ese príncipe azul tartamudo que no supo declarar su amor a su doncella sin zapatos.

No es posible, ni creíble, que en un país llenito de gente creativa, talentosa, con una chispa tan colorida y alegre no se haya podido idearse una política de comunicación, efectiva y propia, que refleje el trabajo que se está haciendo en nuestra revolución bonita.

Cuando estoy frente a la tele y aparece la musiquita que anuncia un micro institucional, mi primer impulso es huir al baño o a la cocina, busco excusas para pararme y hacer otra cosa, cualquier cosa, aunque sea ponerme a planchar. Imaginen lo terrible que son esas cuñas que planchar camisas termina siendo más apetecible.

Suena la musiquita, ondea la bandera, y una voz solemne nos anuncia un terrible bostezo. Aparece una obra del gobierno, maravillosa, pero enfocada desde un ángulo tan estrecho, como estéril. Presentan, por ejemplo, el cardiológico infantil, muestran los quirófanos, los aparatos de última tecnología, las salas de espera llenitas de sillas nuevas pero vacías y la fachada olorosa a cemento fresco, pero falta enfocarse en el niño que se curó, que ahora puede saltar y joder como el resto de sus amigos, que llegará a ser grande, y en su mamá, que ahora puede soñar con que su muchachito un día la convertirá en abuela. Falta la gente y el impacto positivo de esas obras en sus vidas. Falta la alegría.

Algunas veces cuando sale el pueblo lo representa un tipo que, con el mismo tono de voz que usa mi niña en un acto cultural, dice algo como esto: ‘’Tronco de casa la de petrocasa’’ o ‘’tremenda cabilla’’. Pero otra vez, como que uno se queda esperando algo más, algo que no termina de llegar.

Hay otra cuñas, como la del IVSS, que directamente atentan contra el gobierno: Llega un tipo a la taquilla y otra vez, de manera sobreactuada dice algo así como: Buenos días, vengo a cumplir con mi deber como un ciudadano responsable y pagar la seguridad social… y lo interrumpe otro disfrazado de obrero y le da unos amistosos golpecitos en la espalda mientras agrega con un tonito mas falso todavía: Claro amigo, pagar la seguridad social nos beneficia a todos. El único que aparenta ser normal en esa propaganda es el cajero dentro de la taquilla, que se queda mudo mientras ve a ese par de tipos haciendo el idiota en público.

Al final de la cuña el saborcito que me queda en la boca me dice que quien paga seguridad social es un bolsa. Mira que yo he pagado cosas en taquillas y me moriría de vergüenza si al hacerlo me pareciera a alguno de esos personajes.

Es entonces cuando me pregunto: ¿Es que quien ideó ese mensaje pensó que somos gafos? ¿Es que no hay una manera mejor de decir lo mismo?

Yo creo que si, y no una sino miles, solo habría que sentarse a pensar y dedicarse a hacer las cosas bien. También estoy segura de que no tiene que costar más dinero, que lo que si cuesta es más esfuerzo y es allí donde alguien está siendo mezquino.

Nos quejamos de Globovisión, pero si ellos, a través de una pantalla, son capaces de vender mentiras espantosas, nosotros deberíamos ser capaces de contar verdades maravillosas y no lo estamos haciendo.

Y no solo se debe hablar de logros, también hay que comunicar ideas, porque tenemos un germen capitalista metido en el hipotálamo a fuerza de Superman, Los Picapiedras, CSI y American Idol. Porque fue ese germen el que encendió sus alarmas cuando en Globovisión nos dijeron que nos iban a quitar la casa, el negocito y la libertad de soñar con poder tener un día una camionetota que jamás vamos a comprar.

Estamos contaminados del sueño americano, lo bebimos de pequeños, lo bebemos cada día en forma de entretenimiento familiar televisado. No conocemos otra forma de hacer las cosas y tenemos medios masivos que podrían enseñarnos y no lo hacen.

Estamos televisando nuestra revolución con las mismas pautas que usaban los gobiernos de la cuarta, el mismo aire de cadena nacional solemne, el mismo locutor que, usando un lenguaje rimbombante, insiste en narrar lo estamos viendo mientras que su voz nos impide escuchar lo que queremos y debemos oír.

Nuestra televisión debe mostrar al pueblo en acción, sin guiones, sin poses populacheras ideadas por alguien que imagina como es el pueblo pero que en verdad no lo conoce.

Se trata de que veamos y que nos vean, que escuchemos y que seamos escuchados, de que nos reconozcamos en quien está en la pantalla en lugar de sentir pena ajena por ese señor. Se trata de que no se subestime la capacidad creadora de la gente y que se rompan esquemas prefabricados. Se trata de ganar una guerra mediática que, por ahora, vamos perdiendo. Se trata de inventar o errar.



domingo, 20 de enero de 2008

Por un maní



Una vez vi un documental sobre los elefantes del circo, en el que explicaban cómo hacían los domadores para lograr que tan majestuosos animales dejaran a un lado su dignidad
paquidérmica e hicieran estupideces para un puñado de humanos idiotas a cambio de aplausos y maní.

El domador explicaba orgullosísimo que el secreto estaba en quebrar el espíritu del animal. Una vez hecho esto, un elefante, olvidando que era un elefante y todo lo que eso implica, haría lo que fuera con maní o sin él.

El espíritu, descubrí minutos más tarde, se quiebra a palazos, a fuerza de hambre, torturas, humillaciones de todo tipo hasta que el elefante se da cuenta que ser un payaso es mas seguro que seguir siendo lo que es.

Algunas veces ha pasado que el elefante no puede contenerse más. Algo le hace clic en su cabezota y se vuelve mas elefante que nunca. Es entonces cuando agarra al domador con su trompa y lo lanza con toda la rabia acumulada en su memoria elefantiásica por años de torturas y humillaciones.

Un tiempo después de haber visto a los elefantes del circo tuve la oportunidad de asistir a un circo peor porque es mas grande, los domadores más crueles y los elefantes son personas.

Me refiero al circo de la ‘’civilización’’ entendiendo que ésta solo es civilizada si viene de
Mayami o Nueva York.

La cosa funciona de esta manera: Nos presentan un modelo ideal de civilización, nos dicen que necesitamos pertenecer a ella y nos ponen un maní frente a los ojos. A cambio solo tenemos que dejar que nos quiebren el espíritu, que nos amputen los instintos, pero tranquilos, que el maní es grande y encandila como un diamante.

Debemos deshumanizarnos para ser civilizados.

Todo empieza durante el embarazo: Una madre mayamera debe aprender temprano a enterrar el instinto mas poderoso de todos. Las madres mayameras asisten a cursos prenatales en donde les enseñan, entre otras cosas, a parir acostadas en una cama, conectada a mil cables, a mil máquinas que hacen unos ruiditos que les recuerdan que parir no es cosa fácil, que sin doctor ni maquinitas no hay manera de hacerlo, que no son animales sino mujeres civilizadas y gracias al cielo que están en el primer mundo para que puedan parir en paz.

También aprenden en el cursillo que la leche materna no es mala, pero es inconveniente porque te ata al bebé día y noche, porque pierdes tu individualidad, porque no puedes trabajar si estás amamantando, porque hay fórmulas para lactantes que superan a la leche materna, eso, gracias al cielo y a la, ya saben, civilización. Así que enfermeras que visten de alegres colores, enseñan a las madres a secar su leche, vendando, de manera muy moderna, las tetas cargadas de alimento. Duele, pero vale la pena…

Así llega un humanito al mundo, buscando la teta y encontrando una tetina de látex, buscando el calor de su mamá y encontrando una almohadita a pilas, que no solo lo calienta sino que además le reproduce el ‘’ sonido uterino’’ según dice en la caja.

El humanito tiene una mamá moderna y civilizada que lo adora. Ella se promete a si misma que hará todo lo que esté en sus manos para que a su retoñito no le falte nada durante los próximos dieciocho años. Si, oyó bien, en la clase de parto le recordaron algo que ella sabía por experiencia propia: Los hijos se van del nido al terminar el bachillerato y tu puedes volver a ser feliz con tu pareja, eso si antes no se han divorciado civilizadamente.

Para darle todo lo que necesita el bebé, la madre le quita lo único que realmente necesitaba y lo inscribe en una guardería de 8 a.m a 6 p.m. Así se queda el pequeño en una cuna comunitaria mirando al techo, mientras ‘’mommy’’ trabaja para comprarle un cochecito precioso, ropitas de patatús, y, claro, depositar desde ya en el fondo universitario porque ‘’baby’’ será doctor.

Baby tiene abuelos que viven lejos, gracias a Dios. Toda persona civilizada sabe que los viejos molestan con sus achaques y sus manías. Así que tenemos a un bebé en una guardería y unos abuelos en otra, cuando sería mucho más sano, más feliz y más económico tenerlos a todos en casa. Los abuelos no se sentirían como bagazos inútiles y el bebé tendría unos brazos amorosos donde pasar el día.

Pero tenemos un bebé civilizado, independiente, que no tiene apego hacia su madre por lo que el salir de bachillerato se irá de su casa, y llegará el día que, sin mayor problema, ejecutará su mayor venganza: meter a sus padres desvalidos en una guardería.

La familia humana, la ancestral, la verdadera, no tiene cabida en el mundo civilizado, no es productivo tener personas que dejen de trabajar por cuidar una gripe de un hijo, o al abuelo con tos, no es productivo dejar de pagar guarderías llenitas de empleados que a su vez pagan otras guarderías llenitas de empleados que a su vez…

Si soportamos esta dolorosísima amputación del instinto maternal, los siguientes instintos podrán ser extirpados sin anestesia. Al desbaratar los vínculos mas fuertes entre los seres humanos, nos quiebran el espíritu como a los elefantes.

¿Pero por qué llegamos a hacer tales estupideces?

Lo hacemos por el maní.

Un maní de cuatro habitaciones, cocina minimalista, y terraza con vistas. Maní 4X4 con DVD y portavasos, maní en clase turista con orejas de ratón, un maní lleno de logotipos que muestren que no es un maní cualquiera aunque cualquiera pueda tenerlo. Un maní privado bilingüe con actividades extra-curriculares, un maní con campo de golf solo para socios selectos…En fin el codiciado maní del éxito.

Como los pobres elefantes del circo, perdemos nuestra esencia, funcionamos por impulsos externos por lo que somos vulnerables y susceptibles a ser manejados. Pero como los elefantes, podemos hacer clic a arrojar al domador con la trompa y cagarnos en el sistema, en el éxito, en el maní y, desde lo mejor de nuestra humanidad, hacer una revolución.

Tanta miseria por un medio e'maní…



lunes, 14 de enero de 2008

Venezolanos siete estrellas.



Recuerdo, hasta donde mi memoria alcanza recordar, que siempre hubo quienes se sentían incómodos por poseer la nacionalidad venezolana que, según ellos, es una nacionalidad de tercera. Esos que han fingido acentos en el exterior para ser confundidos con los locales, ellos que se morían de asco frente una arepa cuando había tantos croissants, tantas quarter pounders, tantas deliciosas New York cheesecakes, ahora, repentinamente, creen haber recuperado su venezolanidad.

Pero no se confundan, no se refieren a la venezolanidad del pueblo, la que huele a tierra mojada, a jaboncito mañanero dentro de un autobús, la madrugadora, la que no se contiene cuando escucha un tambor, la que ríe a carcajadas cada vez que la vida le da un motivo, la que encuentra motivos para reír aun cuando la vida se los niegue.

Ellos descubrieron una venezolanidad sintetizada medio de aquí mucho de allá. Son venezolanos envasados con ingredientes selectos traídos los más exóticos parajes mayameros. Vibran con el himno cuando lo escuchan de lejitos, se amarran la bandera al cuello cual capa de Superman, bailan tambores en bodas elegantísimas y cuando agonizan de amor patrio cantan ‘’¡¡¡Sabaaaaaanaaaaaa!!!’’ y nada mas, porque nunca escucharon el resto de la canción.

Piensan que Venezuela es un país que les ha sido usurpado a sus legítimos dueños: ellos. Por lo que han decidido construir un país paralelo, con otra bandera, con otro huso horario, con otra moneda, con un presidente colombiano, con un rey que los mande a callar y un ejercito de chicanos, negros y blancos pobres que les traiga el sosiego con sus bombas inteligentes.

Y es que su país no tiene pretensiones de soberanía, para ellos entregar lo que pertenece a todos para beneficio propio es un ideal. El país que quieren no tiene dignidad, abrirían sus puertas para que lo pisotearan las botas de cualquier ejército y se unirían a ellos para acabar con sus compatriotas no deseados. El país que ellos quieren no clama justicia y la libertad se subasta al mejor postor.

Sueñan con un país de esclavos de distintas categorías, pero esclavos todos, de un poder voraz, que les deja miguitas para que ellos las recojan mientras se sienten honrados por tal distinción.

Sueñan con un país que conocimos de cerca porque hace poco existió. Aquel, con su bandera de siete estrellas, su himno, el mismo que cantamos ahora, pero que antes nos sonaba hueco, triste, ultrajado. Con su pueblo dormido por la desesperanza y sus veinte barrigones con corbatas escondidas bajo papadas hinchadas de gula y egoísmo.

Sueñan con tener aquel país que siempre les avergonzó. La Venezuela de ladrones, la fea, la de los niños muertos de diarrea, la del hambre, la ignorante, la de las esperanzas rotas, la que solo caminaba para atrás.

Sueñan pesadillas mientras duermen tan tranquilos.

Eso no es soñar, eso no es pensar, eso no tiene nombre o peor aún, si lo tiene: eso es ser apátridas.

Pues a los apátridas no se si llamarlos compatriotas, no suena coherente, no queremos lo mismo, mientras avanzamos ellos nos ponen piedras esperando vernos caer, nos odian, nos tienen asco, nos tienen miedo.

Y claro que deben temernos, no los culpo, nada como la mediocridad que ellos sembraron para mantenerse a flote. Mediocres ellos que no supieron ver el momento en que el pueblo despertaba, mediocres ellos que no tienen idea de como vivir en un país libre.
Mediocres porque temen al pueblo educado, consciente y dispuesto a luchar su patria, la de todos, incluso la de ellos, los apátridas.

Venezolanos de siete estrellas, eso son, que es lo mismo que no ser nada. Sufren nuestros logros como terribles derrotas, celebran los ataques a nuestro país como si éste no fuera el suyo y lo hacen a voz en cuello sin sentir la más mínima vergüenza. No se dan cuenta de lo despreciables que son para nosotros y para nuestros enemigos.

A la hora de la chiquita, hora que esperamos que nunca llegue, se darían cuenta, demasiado tarde, que la sangre de todos nuestros hijos se derramaría por igual, porque para sus ‘’gringos salvadores’’ los destrozos que ocasionan en nombre de ‘’ la libertad’’ son daños colaterales y nada más.

No se si llamarlos compatriotas… que vaina...



viernes, 11 de enero de 2008

Pero ¿Cómo es posible que aplaudan?

Comunicado del frente de damas indignadas por todo lo que haga el gobierno.


El jueves pasado fuimos obligados a presenciar un hecho espantoso: Las FARC liberaron a dos mujeres en manos del tirano.

Fue horrible, insisto, tener que ver que después de la heroica oposición del gobierno de Uribe, después de las elaboradas y astutas maniobras que lograron detener por un momento el desenlace que nadie quería, los terroristas torturadores y el autócrata de Miraflores se salen con la suya.

Le torcieron el digno brazo al presidente digno, lo obligaron a dejar de defender la paz y la democracia solo para que dos mujeres, que al final están locas, salgan en libertad y se crean con derecho a abrir la bocota.

Gracias presidente Chávez, decían ambas en medio de un ataque severo de síndrome de Estocolmo. Adiós muchachas y cuídense, dijeron las muy rastreras a sus captoras y tuvieron el tupé de salir peinadas y bonitas de esa odisea que dicen haber vivido. Ni un moretón, ni una cara desfigurada por torturas inenarrables, nada. ¡Esto es una estafa!

La más joven, madre soltera e irresponsable, porque a quién se le ocurre parir en medio de la selva, sin epidural ni ramos de flores con globos azules. Pues esa señora ni siquiera preguntó por su hijo en cámara, dejándonos con la certeza de que era, nada mas y nada menos, que lo que pensábamos de ella: un engendro.

Los familiares de las ¿víctimas? bajo el efecto bien conocido de la burundanga, le sonreían al tirano con caras embobadas. Se les notaba a leguas que estaban bajo la influencia de algo porque se abrazaban y besaban como si nada, delante de Cilia Flores y otros personajes que, como bien sabemos, todo aquel que se le acerque no puede contener un súbito ataque de nauseas.

Ahora aparece Chávez como el bueno de la película cuando todos sabemos que el bueno es Uribe, a quien importaríamos como presidente de Venezuela la mayoría pensante de este bello país.

En fin, que no voy a extenderme porque la ira me ahoga, que todos vimos como el circo tuvo un final macabro, que no va a haber quien quiera salvarnos de nuestro destino porque Chávez, aunque bruto, esta vez se las ingenió para pensar y ganar, que eso no es justo, que debemos marchar mañana mismo para que este tipo de eventos no se repitan.

Mujeres dignas de Venezuela a marchar hasta gastar nuestro zapatos, que no se sale de la selva tan bonita, que eso es una afrenta a todas nosotras y a nuestros dedicados cirujanos plásticos.

¡Libertad, libertad!

Marifer Popof.
Presidenta del frente de damas indignadas por todo lo que haga el gobierno.

martes, 1 de enero de 2008

Cuando muchos milagros no son suficiente.




No se por qué hoy me he estado recordando tanto de una película que vi hace años. Bueno, si lo se, y es por eso me he sentado a escribir.


Era semana santa. No había ido a la playa no se por qué motivo, así que me vi obligada a sufrir una serie de películas épicas, peléticas, pelempempéticas que me confirmaron definitivamente que la peor manera de pasar una semana santa es viendo la televisión.

Sábado de Gloria: dos potes de comida china, es que los orientales, además de tener ojos pequeños, son herejes y trabajan en esos días, una tele con Charlton Heston interpretando a Moisés en Los Diez Mandamientos y yo allí sin poder entender por qué tanta mezquindad.

Resulta que Moisés era hermanazo del alma del Faraón Ramses II. Pero Moisés, fue capaz de ver desde su cómoda sillita de mano el sufrimiento de un pueblo esclavizado. Para colmo de males y para que la trama de la peli se ponga mas espesa, descubre el pobre príncipe, que no es príncipe ni nada. Que él es hijo de esos esclavos que ve morir cada día construyendo extraños edificios de forma piramidal.

Vaya carácter el de nuestro héroe: le importó un comino la riqueza, la comodidad y el amor que su hermano Faraón le tenía. Se quitó sus ropajes reales, dejando sin aliento a mas de una con su delicioso torso made in Hollywood, y se vistió de esclavo para convertirse en esclavo, ni mas ni menos.

Pero un príncipe, aunque se vista de esclavo, sabe que puede hacer más que mezclar barro del Nilo, por lo que se decide a liberar a su pueblo.

Para hacer el cuento corto, ya que la película es muy larga, Moisés se enfrenta solito a Ramses, lo pone contra la pared haciendo trucos que solo un elegido puede hacer: tiñó ríos de rojo con un bastón de madera, invocó a siete plagas terribles. Recuerdo una muy cruel que era un humito mortífero que mataba a los primogénitos de todo aquel que no fuera amigo de Moisés. Nada mas pavoso y pavoroso que ser primogénito en tiempos bíblicos.

Fue tal la presión, fue tal el poder sobrehumano de Moisés, que su hermanazo del alma lo dejo irse con su gente con tal de que lo dejara en paz con sus esfinges.

A todas estas, yo alucinaba ante la incredulidad de los paisanos de nuestro galán. El único que parecía saber que él era capaz de tanto era su ex hermano y ahora enemigo mortal. Su pueblo, muy a pesar de aquella montaña de milagros malignos, se empeñaba en cuestionar su capacidad de liberarlos y no solo eso, osaban dudar de el y no se medían al llamarlo traidor.

Moisés no tuvo más remedio que separar las aguas del Mar Rojo, que era azul, pero ya sabemos que él tenía un bastón para teñirlo de ser necesario.

Sus seguidores, aterrados ante tal fenómeno se negaron a reconocer que Moisés era una maravilla que les abría un camino justo cuando creyeron que se terminaba el camino. Pataleaban y maldecían, cuando vieron que el ejercito del faraón les pisaba los talones. Solo entonces decidieron seguirlo un rato más, no sin dejar de dudar y quejarse y como era su costumbre. Y era en este punto de la película cuando yo empecé a preguntarme si se pondría bravo Moisés y los mandaría a todos a la mierda.

Pero no, un héroe bíblico no es cualquiera, y Moisés era el galán de la peli por lo que condujo su pueblo a la pata de una montaña y les pidió que no perdieran su fe mientras el subía a buscar unas leyes importantes.

Pues nada, apenas dio dos pasitos cuesta arriba y se perdió de vista, el pueblo se volvió loco, cambió a Dios por una vaca y armaron un despelote.

¿Por qué viene este recuerdo fuera de época a mi memoria? Porque, para algunos, no hay milagro suficientemente grande. No basta dejarse la vida en favor de los demás, no basta aportar ideas y llevarlas a cabo, no basta apechugar solito con comandar la liberación de un pueblo, no basta el pan en la boca del hambriento, la luz en los ojos del ciego, no bastan los niños sanos, ni las letras que dejan de ser garabatos para convertirse en palabras. No basta el haber devuelto la esperanza, la dignidad, el orgullo a quienes se la habían robado. No basta lograr la unión de los pueblos que antes se veían con grimita a pesar de ser un mismo pueblo regado por todo un continente. No basta nada cuando creemos no entender.

Se olvidan los milagros, se mira con recelo al líder, se muerde, se escupe, se envenena, todo porque no entendemos.

Y digo yo: quien nos enseñó a mirarnos a nosotros mismos, quien nos va mostrando el camino, debe saber muchas cosas que nosotros no sabemos. El nos explica como nadie lo había hecho. Hemos aprendido a ser un pueblo que sabe por qué está luchando. Somos mezquinos con nuestro presidente al darle la espalda ahora cuando nos está enseñando algo nuevo.

Nos vamos a convertir en lo mismo que despreciamos al repetir como loros sin pensar lo que decimos. Es un juego peligroso e irresponsable este de desconectar la boca de la experiencia y del pensamiento crítico.

En fin, y perdonen que me ponga bíblica, que mi presi como Moisés, nos conduce a la liberación, reafirma nuestra identidad como pueblo y no merece la duda y el recelo que algunos le están regalando. Que las revoluciones son largas y, a veces, van despacio. A veces, cuando creemos ir hacia atrás estamos yendo hacia adelante. Que tenemos un líder que nos enseña a pensar y a distinguir las cosas y que si hemos aprendido algo deberíamos demostrarlo justo ahora. De hacer lo contrario demostraríamos que Chávez se equivocó, pero no por sus actos, sino por haber creído en nosotros.