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miércoles, 31 de octubre de 2007
Existe, pero no jodas.
Publicadas por
Carola
A veces, cuando nos miramos en el espejo, no vemos lo que este refleja sino lo que queremos ver. Eso me pasa a mi cada mañana: me levanto, me lavo los dientes, me miro al espejo y pienso, no estoy tan mal, no estoy tan arrugada, ni tan gorda, pongo mi mejor cara y salgo segura de que lo que vi es lo que soy. Luego en el supermercado, en la sección de verduras, atrapo una imagen fugaz de una gordita despeinada, con un par de ojos hinchados perdidos entre unos cachetes gigantes y una nariz que ni los mas gigantescos cachetes pueden disimular. Esa soy yo.
No solo los individuos tienen imágenes deseadas de si mismos, los colectivos también.
Por muchos años un sector de venezolanos se vió reflejado en uno de los espejos mas crueles que ha existido en la historia de la humanidad: un espejo pequeño, con un grandísimo marco rococó, dorado y opulento. Un marco tan recargado que limita la visión global de quien se refleja en ese espejo, pero te hace ver tan importante que provoca creer lo que se ve.
Es el espejo de quienes juran que en Venezuela no hubo nunca lucha de clases, que ese es un fenómeno nuevo instigado por el chavismo. Es que el espejito les dijo que todo estaba bien, que si ellos tenían carro nuevo, ropita de moda y vacaciones en mayami, todo estaba bien. Ellos que son la ‘’gente pensante’’ sin pensarlo mucho se lo creyeron.
La gente pensante nunca pensó en el pueblo, bueno en realidad, si pensaron, y pensaron que era una masa amorfa, una especie de bola de mierda en la que se quedaban pegados todos aquellos flojos, irresponsables y brutos, a quienes les había dado por nacer en un rancho y que no están dispuestos a hacer el mas mínimo intento de salir de el.
De la masa amorfa sacaron provecho y quieren seguir haciéndolo, por lo que ahora ven con horror que si hay una lucha de clases y que el pueblo está ganando, eso es lo malo.
Nunca tuvieron problema con que el pueblo existiera, de hecho, lo necesitaban allí, a su disposición, pero al margen, allá en su cerro, allá con sus miserias. Los marginaron y luego les llamaron marginales como si lo fueran por su propia desidia. Como si el mundo real fuera el de los pensantes.
Ellos le habían dado al pueblo un espejo sucio en el que mirarse. Era un espejo con el cristal muy rayado y mugre, allí se veían, resignados, tontos e incapaces. Este espejo era muy singular, tenía un marco de metal plateado y una antena arriba, su cristal reflejaba lo que los pensantes pensaban del pueblo, lo que ellos creían que el pueblo merecía.
Los pensantes creen en su propia ‘’democracia’’ en la que el voto no es cuantitativo sino cualitativo. Ellos, pretenden elegirse entre ellos mismos, turnarse en el poder mientras al pueblo le lanzan migajas de tercera, promesas rotas y esperanzas vacías. Y fieles a sus creencias gobernaron así al país durante décadas.
Desde allá arriba donde se colocaron, no vieron cómo la tortilla daba la vuelta. No vieron como el pueblo, al que subestimaron siempre, tomó las riendas de su destino. No lo vieron hasta que, para ellos, fue demasiado tarde.
Que existan si, pero que no jodan, parecen decir. Que como es posible que se gaste el dinero del país en ‘’esos’’. Que cómo es posible que ‘’nuestros’’ destinos los decidan unas hordas de ignorantes, delincuentes y, en el mejor de los casos, desdentados. Y es eso que para ellos la democracia no es la voz de las mayorías, es solo la de ellos, unos pocos, muy estudiados y bilingües, que no saben donde queda Guasdualito.
Y yo me pregunto: ¿Que es lo que defienden? Y, como siempre, me respondo: El egoísmo supremo, eso defienden.
No les va mal, les va mejor que nunca. Compran todos los carros, se quejan de que no hay cupo para ir a París en otoño, tienen centros comerciales que desvalijan cada fin de semana: ropita fashion, lentecitos trendy, sushy to go. Celebran piñatas como si fueran bodas, dos y tres por familia cada año. Nunca tuvieron tanto y nunca desearon tanto que otros no tuvieran nada.
Que existan pero que no jodan. Que no aspiren a vivir como nosotros. Que no quieran dejar de ser explotados, que no conozcan su derechos. Que el mundo se derrumba si la ‘’cachifa’’ aprende a leer y estudia. ¿Quién, con dos dedos de frente, va a limpiar mis pocetas por la miseria que yo pago? Que no quiera mi chofer ser dueño de su taxi. Que no sepan mis obreros que pueden manejar mi fabrica sin mi. Que los zapatos los hacen ellos, que yo cobro mucho por haber tenido mucho y ellos cobran poco porque solo hacen zapatos, o ladrillos, o camisas, o…
Que existan, pero que no jodan. Que nos quejamos en la OEA, en La Haya, en la radio, en la tele, en la Asamblea Nacional. Que esto atenta contra los derechos humanos, que son nuestros y no de ellos. Que si matan a un marginal un bien nos hacen a todos, que si me pisan el meñique es un crimen de lesa humanidad.
Que yo no te odio, dice Yon con cara de que si te odia. Que queremos un país que incluya a todos, cuando todos sabemos que si no eres socio del club no te dejan entrar. Que nuestros partidos de siempre tienen nombres nuevos, que escucha militar de mierda, que te necesitamos para tumbar al ‘’Mono de Miraflores’’. Que este país parece una merienda de negros, que somos todos hermanos, que mueran los chavistas, que viva la paz, que la virgen nos ayude que es blanca y es nuestra. Que se miren en el espejo de los cubanos, que vamos directo allá. Que vengan los marines, que prefiero Faluya a La Habana.
Y volviendo a los espejos, su espejo rococó sigue siendo el mismo, chiquito, mezquino, falaz. El nuestro, son las caras de los compatriotas, en las que nos miramos con ojos, alertas, llenos de esperanza y libres para siempre.
Ahora somos nosotros quienes les decimos a los pensantes: Existan, si, pero no jodan.
martes, 30 de octubre de 2007
Magdalena al borde
Publicadas por
Carola
Soñar si cuesta y mucho.
Yo sueño que estoy aquí
de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
La Vida es Sueño, Calderón de la Barca
Despertar de un sueño bonito es como morir un poco. Los sueños son solo sueños y nadie lo sabe mejor que nuestra atribulada Magdalena.
Sale el sol, empieza un nuevo día y la pesadilla debe continuar. Estando medio dormida se plantea vivir al revés, decide imaginar que su vida real transcurre cuando está dormida, total: ¿Quien hizo esas reglas arbitrarias? ¿Qué carajo es la realidad?
La realidad es que se está haciendo pipí y si no se levanta pronto mojará el diván en el que pasó la noche, pero ella sabe que esto es una pesadilla, que solo en las pesadillas se hace pipí, se llora, se sufre, que las pesadillas terminan cuando despierta al sueño, que la felicidad si existe, y que ese morenazo que acaba de dejar dormido sobre la arena blanca de una playa desierta volverá esta noche y la siguiente y la siguiente...
-Mamá, otra vez te quedaste dormida en el consultorio ¡coño!. Por mi te puedes quedar a dormir en medio de la calle, pero déjame las llaves de la camioneta. Anoche me perdí salir con el ''culito'' mas rico de la rumba porque ‘’el niño no tiene carro para llevar a la jevita’’. ¡Que vaina contigo! - Sin dar los buenos días, sin reparar que el culito de la rumba estaba saliendo del baño en ese preciso momento, sin reconocerla después de haber recorrido todo su cuerpo con la punta de la lengua, sin la más mínima delicadeza, el moreno de sus sueños, tomo las llaves del carro y se fue dando un portazo.
-Mi hijo es igual a su padre: un cabrón. -Dijo Erica mientras desayunaba un puñadito de cápsulas con café negro sin azúcar. Veinticuatro años y no quiere servir para nada, lo suyo es solo ‘’rumbear’’, salir con mujercitas que, si de mi depende, jamás serán mis nueras, y mucho menos las madres de mis nietos. Ni siquiera se despidió de su madre, ¿Lo viste? Ni un beso, nada… ya volverá porque se le olvidó sacarme todo el dinero de mi cartera. ¿Sabes que?- Dijo con voz decidida y cansada.- Si mandé a su padre al carajo a él también lo puedo mandar. Se acabó.
Tomaron varias pastillas más para sobrellevar ese momento tan oscuro para una y tan brillante para la otra.
Magdalena quería pensar de prisa, pero sus neuronas, aturdidas por los barbitúricos del desayuno, se negaban a funcionar. Solo podía ver al moreno onírico, con granitos de arena brillando sobre sus hombros, aquella boca impaciente, aquellas manos, aquella lengua, aquel…
-Estoy viviendo el momento mas horrible de mi vida y tu ¿Sonríes?- dijo Erica ocasionando el coito interruptus del ensueño.
-No estoy sonriendo, son las pastillas, estoy tristísima con tu problema, que problema tan grande, tan rítmico, tan…
-Estás borracha, toma más café y espérame aquí que yo tengo que salir. Tengo un paciente a las diez.
Magdalena no probó el café, cerró los ojos y se dispuso a soñar, o mejor dicho, a vivir. Estaba viviendo un amanecer entre sábanas desordenadas, con el cabello despeinado, con la vida en orden, cuando otro portazo la despertó.
Riki, el moreno de sus sueños, había regresado a buscar el dinero tal como su madre lo predijo. Riki, el morenote de sus sueños, había regresado a buscar a Magdalena, tal como Morfeo lo predijo.
Allí estaba nuestra heroína, despertando de un sueño a otro sueño, su pelo suelto y despeinado, sus ojos verdes encendidos, su labios en pucherito rico de ven acá papito, su pecho libre debajo de su camiseta blanca, su cartera en el suelo junto a su pantalón y sus zapatos.
Riki, el ver que su madre no estaba y, por ende, su cartera tampoco, se dirigió hacia el bolso de Magda, pero ella lo detuvo al caerle encima, arrancándole la camisa, buscando los granitos de arena de anoche con su boca, buscándolos en sus hombros, en su pecho, en su abdomen firme de pavo fisicón.
El hacía lo mismo pero no buscaba arena, buscaba la oportunidad de quitarle algún dinero a esa vieja loca. Pero no era tan vieja, pensó mientras ella se quitaba lo que le quedaba de ropa, no era tan vieja y estaba que se quemaba de ganas, y el, ni tonto ni perezoso, le echó más leña al fuego.
A veces los sueños se quedan cortos, a veces no nos atrevemos a soñar tanto por miedo a despertar, pero Magda despertaba con cada beso, con cada movimiento, con cada encuentro con la piel morena de su morenazo. Era delicioso despertar a un sueño mejor que lo soñado. Era delicioso sentir otra vez, escuchar aquellos dulces susurros: ‘’ si eso es lo que quieres oír, OK, te amo.’’
La amaba, se lo dijo mil veces cuando ella mil veces le preguntó. La amaba y ella lo amaba también. Toma no tengo efectivo pero llévate mi tarjeta y retira del cajero automático, tengo mi carro en la casa, si quieres, toma las llaves de mi casa, las del carro también, las de mi corazón, te lo doy todo, ya te he dado todo y te voy a dar mas...
Riki tuvo que recurrir su fuerza veinteañera y cumplir una vez más con el viril deber de no quedar mal con una mujer.
Tres veces cumplido su deber, Riki tuvo que luchar, con mucho esfuerzo y poca fuerza, para desprender las piernas de una ronroneaste Magdalena de su fatigadísima espalda. Toma todo, toma más…-repetía nuestra insaciable heroína. Parecía querer recuperar todo el tiempo perdido en una sola mañana.
Sin dinero ni tarjeta, se tuvo que quedar esperando a su suegra en el consultorio.
-Hola, ¿cómo sigues?- Preguntó Erica apenas entró.
-Bien. -contestó Magdalena con una sonrisota.
-¿Cómo que bien? ¿No te estabas muriendo? Yo me estoy muriendo y no me vas a dejar morir sola. Erica buscaba en su bolso las pastillas de las cinco y media que se las iba a tomar a las tres.
Magdalena sintió una puntada de solidaridad con la madre de su amado, así que comenzó a padecer un terrible ataque de tos seca para acompañarla en su sufrimiento.
Erica le había conseguido tres citas para el día siguiente con diferentes especialistas, pero Magda había arrancado una promesa a su amado para verse mañana. ¿Cómo agonizar cuando se sentía tan viva?
Moribunda, así se sentía después de haber esperado toda la mañana, con las ventanas abiertas, flores en los jarrones, pétalos en la cama. Moribunda y ya había cancelado aquellas salvadoras citas con tan eminentes doctores. Moribunda…
Al borde del abismo estaba Magdalena cuando escuchó la puerta. Su amor tenía sus llaves, su tarjeta, su vida. Tenia la capacidad de volverla loca de angustia con su ausencia, tenía la capacidad de volverla loca de felicidad, aun cuando llegaba a las nueve de la noche a su cita de las ocho de la mañana.
No tuvo tiempo de mentirle, ni de excusarse, ni de saludar siquiera. Magdalena no quería palabras que no fueran las mismas que le hacia repetir cada vez que se fusionaban en un solo ser. Vieja cursi, pensaba Riki, se dice polvo, echarse un polvo…
Abuso de menores, pensaba ella, mientras lo veía vestirse apurado. La pobre lo justificaba sin que el lo necesitara: tiene pudor de que lo vea desnudito, por eso se tapa y se va. Quédate. -le dijo. -¿Para qué? - respondió el agobiado, si ya te eché cuatro polvos, perdón, cuatro fusiones. Eso a tu edad no es bueno. Me llevo tu carro. Nos vemos…
A su edad dijo, ¡Le dijo vieja!
Magdalena comprendió que necesitaba un médico con mas urgencia que nunca.
A Erica le pareció una idea brillante. Mañana irían las dos a un cirujano plástico. Ellos siempre operan y, para poder hacerlo, habrá que hacer pruebas y segurito que allí aparece nuestro terrible y extraño mal. Eres genial mi amiga. - Bañada en lágrimas abrazó a Magdalena que había olvidado por completo su agonía hasta que descubrió que la vejez podía matar al amor.
Tres semanas había que esperar antes de borrar arruguitas, subir aquello que la gravedad hizo caer, recortar aquí, coser por allá. ¿Reconstrucción vaginal? ¿Eso existe? Claro que quiero una. Yo quiero quedar como una de veinte.
Tres semanas que a Erica le parecieron días y a Magda tres años. Los exámenes pre-operatorios le robaban el tiempo de su Riki, lo cual Riki agradecía, ya que así tenía mas tiempo para gastar el dinero de la vieja esa con su culito.
Mientras Magdalena se sacaba la sangre, Riki le sacaba fondos de sus cuentas, mientras ella escogía una tetas de goma que le gustaran a su amado, él escogía ropa nueva y linda para su culito, mientras Magda soñaba despierta, Riki pateaba sus sueños, eso si, con cuidado de no despertarla antes de tiempo.
Para Erica fue un golpe bajo haber salido ilesa de todas las pruebas pre-operatorias. Para Magda, quien ya había olvidado que quería morir, fue un alivio.
Tan feliz estaba de estar viva que no pudo dormir la noche previa a la operación. Esperaba a Riki a las siete, a las once no había llegado, a la una Magda temió por el, hay tanto loco en la calle, mi pobre pequeño grande. A las tres apareció por fin, borracho, despeinado y muy besado. Ella borró sin saberlo el sabor de otros besos, el hizo lo que pudo y en ese estado, realmente, no pudo mucho. Se durmió mientras Magda le mostraba por última vez sus tetas cuarentonas dejándola allí en la cama, despierta, insomne de ganas y de angustia. ¿Habré escogido unas suficientemente grandes? Un ronquido etílico fue lo que obtuvo por respuesta.
En ayunas y feliz entró al quirófano. Pensaba en Riki dormidito en su cama, tan dormido que no fue capaz de despertarlo para despedirse con un beso. Por la sonrisa golosa que tenía en su cara supo que soñaba con ella, con ella y sus tetas nuevas, sus ojos lisitos, sus labios rellenos, su vientre plano, sus muslos firmes, en fin, soñaba con la mujer que ella soñaba ser.
Cuando uno está anestesiado ¿Sueña?- Preguntó al doctor justo antes de aquel pellizquito que deliciosamente la atontaba. Tan tontita andaba que no pudo escuchar la respuesta, que mas que respuesta fue una pregunta, y se fue yendo poquito a poco de la mano de su Riki, mientras que Riki se iba a Cancún de la manita de una veinteañera.
Su corazón se aceleraba con cada beso, se aceleraba al sentir sus manos masculinas acariciando su pecho, galopaba desbocado cuando la cubrió con su cuerpo cálido y firme. Fue tanto amor que su corazón se detuvo como si quisiera tomar un poco de aire.
¡Esto es el colmo!
¿Acaso los corazones se paran a tomar aire?
¿Es esto un sueño de nuestra infeliz heroína?
O acaso el cruel destino se ensaña con esta dulce mujer pretendiendo dejarla inerte sobre la mesa de operaciones.
¿Morirá nuestra amada Magdalena justo ahora que se atrevió a soñar?
¿Cómo le quedarán las tetas?
Que alguien me adelante lo que va a pasar porque ya no lo soporto más.
No se si, por su bien, deban perderse el próximo y último capitulo de esta insoportable historia de dolor, injusticia y ensañamiento.
Magdalena al borde.
Yo sueño que estoy aquí
de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
La Vida es Sueño, Calderón de la Barca
Despertar de un sueño bonito es como morir un poco. Los sueños son solo sueños y nadie lo sabe mejor que nuestra atribulada Magdalena.
Sale el sol, empieza un nuevo día y la pesadilla debe continuar. Estando medio dormida se plantea vivir al revés, decide imaginar que su vida real transcurre cuando está dormida, total: ¿Quien hizo esas reglas arbitrarias? ¿Qué carajo es la realidad?
La realidad es que se está haciendo pipí y si no se levanta pronto mojará el diván en el que pasó la noche, pero ella sabe que esto es una pesadilla, que solo en las pesadillas se hace pipí, se llora, se sufre, que las pesadillas terminan cuando despierta al sueño, que la felicidad si existe, y que ese morenazo que acaba de dejar dormido sobre la arena blanca de una playa desierta volverá esta noche y la siguiente y la siguiente...
-Mamá, otra vez te quedaste dormida en el consultorio ¡coño!. Por mi te puedes quedar a dormir en medio de la calle, pero déjame las llaves de la camioneta. Anoche me perdí salir con el ''culito'' mas rico de la rumba porque ‘’el niño no tiene carro para llevar a la jevita’’. ¡Que vaina contigo! - Sin dar los buenos días, sin reparar que el culito de la rumba estaba saliendo del baño en ese preciso momento, sin reconocerla después de haber recorrido todo su cuerpo con la punta de la lengua, sin la más mínima delicadeza, el moreno de sus sueños, tomo las llaves del carro y se fue dando un portazo.
-Mi hijo es igual a su padre: un cabrón. -Dijo Erica mientras desayunaba un puñadito de cápsulas con café negro sin azúcar. Veinticuatro años y no quiere servir para nada, lo suyo es solo ‘’rumbear’’, salir con mujercitas que, si de mi depende, jamás serán mis nueras, y mucho menos las madres de mis nietos. Ni siquiera se despidió de su madre, ¿Lo viste? Ni un beso, nada… ya volverá porque se le olvidó sacarme todo el dinero de mi cartera. ¿Sabes que?- Dijo con voz decidida y cansada.- Si mandé a su padre al carajo a él también lo puedo mandar. Se acabó.
Tomaron varias pastillas más para sobrellevar ese momento tan oscuro para una y tan brillante para la otra.
Magdalena quería pensar de prisa, pero sus neuronas, aturdidas por los barbitúricos del desayuno, se negaban a funcionar. Solo podía ver al moreno onírico, con granitos de arena brillando sobre sus hombros, aquella boca impaciente, aquellas manos, aquella lengua, aquel…
-Estoy viviendo el momento mas horrible de mi vida y tu ¿Sonríes?- dijo Erica ocasionando el coito interruptus del ensueño.
-No estoy sonriendo, son las pastillas, estoy tristísima con tu problema, que problema tan grande, tan rítmico, tan…
-Estás borracha, toma más café y espérame aquí que yo tengo que salir. Tengo un paciente a las diez.
Magdalena no probó el café, cerró los ojos y se dispuso a soñar, o mejor dicho, a vivir. Estaba viviendo un amanecer entre sábanas desordenadas, con el cabello despeinado, con la vida en orden, cuando otro portazo la despertó.
Riki, el moreno de sus sueños, había regresado a buscar el dinero tal como su madre lo predijo. Riki, el morenote de sus sueños, había regresado a buscar a Magdalena, tal como Morfeo lo predijo.
Allí estaba nuestra heroína, despertando de un sueño a otro sueño, su pelo suelto y despeinado, sus ojos verdes encendidos, su labios en pucherito rico de ven acá papito, su pecho libre debajo de su camiseta blanca, su cartera en el suelo junto a su pantalón y sus zapatos.
Riki, el ver que su madre no estaba y, por ende, su cartera tampoco, se dirigió hacia el bolso de Magda, pero ella lo detuvo al caerle encima, arrancándole la camisa, buscando los granitos de arena de anoche con su boca, buscándolos en sus hombros, en su pecho, en su abdomen firme de pavo fisicón.
El hacía lo mismo pero no buscaba arena, buscaba la oportunidad de quitarle algún dinero a esa vieja loca. Pero no era tan vieja, pensó mientras ella se quitaba lo que le quedaba de ropa, no era tan vieja y estaba que se quemaba de ganas, y el, ni tonto ni perezoso, le echó más leña al fuego.
A veces los sueños se quedan cortos, a veces no nos atrevemos a soñar tanto por miedo a despertar, pero Magda despertaba con cada beso, con cada movimiento, con cada encuentro con la piel morena de su morenazo. Era delicioso despertar a un sueño mejor que lo soñado. Era delicioso sentir otra vez, escuchar aquellos dulces susurros: ‘’ si eso es lo que quieres oír, OK, te amo.’’
La amaba, se lo dijo mil veces cuando ella mil veces le preguntó. La amaba y ella lo amaba también. Toma no tengo efectivo pero llévate mi tarjeta y retira del cajero automático, tengo mi carro en la casa, si quieres, toma las llaves de mi casa, las del carro también, las de mi corazón, te lo doy todo, ya te he dado todo y te voy a dar mas...
Riki tuvo que recurrir su fuerza veinteañera y cumplir una vez más con el viril deber de no quedar mal con una mujer.
Tres veces cumplido su deber, Riki tuvo que luchar, con mucho esfuerzo y poca fuerza, para desprender las piernas de una ronroneaste Magdalena de su fatigadísima espalda. Toma todo, toma más…-repetía nuestra insaciable heroína. Parecía querer recuperar todo el tiempo perdido en una sola mañana.
Sin dinero ni tarjeta, se tuvo que quedar esperando a su suegra en el consultorio.
-Hola, ¿cómo sigues?- Preguntó Erica apenas entró.
-Bien. -contestó Magdalena con una sonrisota.
-¿Cómo que bien? ¿No te estabas muriendo? Yo me estoy muriendo y no me vas a dejar morir sola. Erica buscaba en su bolso las pastillas de las cinco y media que se las iba a tomar a las tres.
Magdalena sintió una puntada de solidaridad con la madre de su amado, así que comenzó a padecer un terrible ataque de tos seca para acompañarla en su sufrimiento.
Erica le había conseguido tres citas para el día siguiente con diferentes especialistas, pero Magda había arrancado una promesa a su amado para verse mañana. ¿Cómo agonizar cuando se sentía tan viva?
Moribunda, así se sentía después de haber esperado toda la mañana, con las ventanas abiertas, flores en los jarrones, pétalos en la cama. Moribunda y ya había cancelado aquellas salvadoras citas con tan eminentes doctores. Moribunda…
Al borde del abismo estaba Magdalena cuando escuchó la puerta. Su amor tenía sus llaves, su tarjeta, su vida. Tenia la capacidad de volverla loca de angustia con su ausencia, tenía la capacidad de volverla loca de felicidad, aun cuando llegaba a las nueve de la noche a su cita de las ocho de la mañana.
No tuvo tiempo de mentirle, ni de excusarse, ni de saludar siquiera. Magdalena no quería palabras que no fueran las mismas que le hacia repetir cada vez que se fusionaban en un solo ser. Vieja cursi, pensaba Riki, se dice polvo, echarse un polvo…
Abuso de menores, pensaba ella, mientras lo veía vestirse apurado. La pobre lo justificaba sin que el lo necesitara: tiene pudor de que lo vea desnudito, por eso se tapa y se va. Quédate. -le dijo. -¿Para qué? - respondió el agobiado, si ya te eché cuatro polvos, perdón, cuatro fusiones. Eso a tu edad no es bueno. Me llevo tu carro. Nos vemos…
A su edad dijo, ¡Le dijo vieja!
Magdalena comprendió que necesitaba un médico con mas urgencia que nunca.
A Erica le pareció una idea brillante. Mañana irían las dos a un cirujano plástico. Ellos siempre operan y, para poder hacerlo, habrá que hacer pruebas y segurito que allí aparece nuestro terrible y extraño mal. Eres genial mi amiga. - Bañada en lágrimas abrazó a Magdalena que había olvidado por completo su agonía hasta que descubrió que la vejez podía matar al amor.
Tres semanas había que esperar antes de borrar arruguitas, subir aquello que la gravedad hizo caer, recortar aquí, coser por allá. ¿Reconstrucción vaginal? ¿Eso existe? Claro que quiero una. Yo quiero quedar como una de veinte.
Tres semanas que a Erica le parecieron días y a Magda tres años. Los exámenes pre-operatorios le robaban el tiempo de su Riki, lo cual Riki agradecía, ya que así tenía mas tiempo para gastar el dinero de la vieja esa con su culito.
Mientras Magdalena se sacaba la sangre, Riki le sacaba fondos de sus cuentas, mientras ella escogía una tetas de goma que le gustaran a su amado, él escogía ropa nueva y linda para su culito, mientras Magda soñaba despierta, Riki pateaba sus sueños, eso si, con cuidado de no despertarla antes de tiempo.
Para Erica fue un golpe bajo haber salido ilesa de todas las pruebas pre-operatorias. Para Magda, quien ya había olvidado que quería morir, fue un alivio.
Tan feliz estaba de estar viva que no pudo dormir la noche previa a la operación. Esperaba a Riki a las siete, a las once no había llegado, a la una Magda temió por el, hay tanto loco en la calle, mi pobre pequeño grande. A las tres apareció por fin, borracho, despeinado y muy besado. Ella borró sin saberlo el sabor de otros besos, el hizo lo que pudo y en ese estado, realmente, no pudo mucho. Se durmió mientras Magda le mostraba por última vez sus tetas cuarentonas dejándola allí en la cama, despierta, insomne de ganas y de angustia. ¿Habré escogido unas suficientemente grandes? Un ronquido etílico fue lo que obtuvo por respuesta.
En ayunas y feliz entró al quirófano. Pensaba en Riki dormidito en su cama, tan dormido que no fue capaz de despertarlo para despedirse con un beso. Por la sonrisa golosa que tenía en su cara supo que soñaba con ella, con ella y sus tetas nuevas, sus ojos lisitos, sus labios rellenos, su vientre plano, sus muslos firmes, en fin, soñaba con la mujer que ella soñaba ser.
Cuando uno está anestesiado ¿Sueña?- Preguntó al doctor justo antes de aquel pellizquito que deliciosamente la atontaba. Tan tontita andaba que no pudo escuchar la respuesta, que mas que respuesta fue una pregunta, y se fue yendo poquito a poco de la mano de su Riki, mientras que Riki se iba a Cancún de la manita de una veinteañera.
Su corazón se aceleraba con cada beso, se aceleraba al sentir sus manos masculinas acariciando su pecho, galopaba desbocado cuando la cubrió con su cuerpo cálido y firme. Fue tanto amor que su corazón se detuvo como si quisiera tomar un poco de aire.
¡Esto es el colmo!
¿Acaso los corazones se paran a tomar aire?
¿Es esto un sueño de nuestra infeliz heroína?
O acaso el cruel destino se ensaña con esta dulce mujer pretendiendo dejarla inerte sobre la mesa de operaciones.
¿Morirá nuestra amada Magdalena justo ahora que se atrevió a soñar?
¿Cómo le quedarán las tetas?
Que alguien me adelante lo que va a pasar porque ya no lo soporto más.
No se si, por su bien, deban perderse el próximo y último capitulo de esta insoportable historia de dolor, injusticia y ensañamiento.
Magdalena al borde.
viernes, 26 de octubre de 2007
Magdalena al borde.
Publicadas por
Carola
Me duele aquí
Un capítulo simplemente doloroso.
Magdalena creía estar acostumbrada a la soledad, pero la soledad es mas sola si no hay edificios con ventanas que dejan escurrir ruidos hogareños, cornetas de carros que gritan impaciencia, rabia, cansancio, vendedores ambulantes que venden tomates y pepinos para poder comprar el pan de cada día, el ruido de otros acompaña.
La madre naturaleza es ruidosa, pero sus sonidos en lugar de acompañar aislan, el río corriendo sin parar le daba la sensación de que las piedras fracasaban en su intento de detenerlo, se sintió piedra, inmóvil, atrapada, fracasada. El viento movía las hojas sin que éstas pudieran hacer nada para evitarlo, se sintió tan hoja, tan indefensa, tan incapaz.
Estaba allí: enterrada hasta el cogote, cubierta de hojas y ramitas secas, enterrada en vida esperando estar muerta pronto; pero las fobias son las fobias, así que cuando vio a esa cucaracha, gorda y lustrosa, caminando directamente hacia ella, sintió ganas de escapar e ir a morir a un lugar menos asqueroso.
Sus alaridos rebotaban contra los árboles, los pájaros huían en bandadas, pero la cucaracha, bicho inmundo y evidentemente sordo, seguía con determinación, como atraída una fuerza maligna que la empujaba hacia la cara embarrada de la pobre Magdalena.
Si solo tuviera un pote de insecticida, si tan solo hubiera un pié enchancletado que aplastara a tan ruin bicho, si tan solo el canalla de su marido no la hubiera dejado, el siempre mataba a las cucarachas, el muy fratricida…
Ya no pedía socorro, ahora solo gritaba lo que en su momento no fue capaz de gritar: -¡Maldito miserable mugroso! Es ahora cuando te apareces, justo en este momento… mira la facha que tengo… estoy fea, embarrada, moribunda.
¡Cucaracha, cucaracha! Eso gritaba cuando aquella tropa de niños exploradores la encontró. ¡Cucaracha, cucaracha! Gritaba mientras venía la ambulancia. ¡Cucaracha, cucaracha! Gritó camino al hospital. La cucaracha, la cucarachaaaaaaa, ya no puede caminar…
Después de recibir, por vía intravenosa, un coctel de barbitúricos, dedicó el resto del trayecto a cantarle a aquel artrópodo mocho y repugnante. Y cantando llegó al paraíso.
Ángeles blancos con manos de látex la recibieron con sus estetoscopios, sus maquinitas musicales que marcan el ritmo de la vida y la muerte. Y aquel olor aséptico tan exquisito, incomparable al incienso, la ruda o el tabaco de otros templos ya olvidados.
Fue allí donde encontró la paz que nunca tuvo: nada como estar enfermo para que te tomen en cuenta, para que te escuchen, te atiendan, te toquen con manos cálidas. Nada como estar moribundo para sentirse vivo.
Allí había incluso un botoncito sobre su cama que, con solo pulsarlo, obtenía compañía instantánea y en horario corrido. Allí, mientras le curaban el cuerpo le estaban curando el alma.
Le dolía todo, aun cuando los médicos le aseguraban que solo había sufrido contusiones leves. Me duele aquí- decía apenas entraba alguien a su habitación compartida. Su compañera de cuarto pedía a gritos un analgésico para Magdalena; un analgésico y un somnífero para cualquiera de las dos.
Amelia aprendió a odiar a Magdalena, no fue difícil hacerlo, bastaron dos días con sus noches de lamentos largos y roncos, de ¡ay! me duele todo, de ¡ay! doctor no se si salga de esta. Doctor, tengo muchos moretones, ¿No será una leucemia? Yo leí una vez… No doctor no tengo parientes a quien llamar, divorciada de una cucaracha doctor…
El día que Amelia recibió el golpe mas duro de su vida, Magdalena aprendió a odiarla: ¿Cómo que ella tiene leucemia? ¿No será que confundieron las muestras? Esa sangre moribunda tiene que ser la mía, pues que repitan todas las pruebas, so pena de ser demandados por negligencia y quien sabe cuantas cosas más. No acepto que se nos trate de esta manera tan inhumana. Quien agoniza soy yo, me duele aquí, aquí y aquí.
Esa misma tarde fue dada de alta y tuvo que despedirse forzosamente de Amelia. Sus palabras de consuelo fueron devastadoras: tranquila que quien agoniza soy yo, a ti no te duele nada y la leucemia es horrorosa, duele, consume e inevitablemente mata, Yo leí una vez…
Dos enfermeros grandotes levantaron en vilo a nuestra Magda, como lo hacen los bailarines con la vedettes pero sin tanta gracia, y la sacaron del la habitación evitando así una disección abdominal no autorizada, llevada a cabo por una paciente sin esperanzas y, peor aún, sin título de doctor.
Así fue dada de alta nuestra dolorida heroína, la subieron a un taxi, pagaron al chofer por adelantado y suspiraron aliviados todos al ver como se alejaba.
Ella vio por la ventana a un dichoso que llegaba dentro de una ambulancia, lleno de tubos y cables, se le veía tan mal que sintió un mordisco de envidia. Deseó con toda su alma que el taxista se estrellara de frente contra un camión, pero no, ella sabía de sobra que sus deseos nunca se cumplían.
Magdalena despertó en su habitación sin enfermeras, sin desayuno insípido, sin ganas de vivir. Le dolían las rodilla, los dientes, el occipucio, aun cuando no sabía donde lo tenía. Sintió que le faltaba el aire, seguro que había desarrollado un agresivísimo tipo de cáncer pulmonar durante la noche, ¡Ay! El hígado, el ojo, el esternocleido mastoideo. Metástasis, había hecho metástasis…
Así comenzó un vía crucis que iba a durar diez años. Sin pasar por el internista fue directo a un oncólogo, mil exámenes negativos le abofetearon sus doloridos y pálidos cachetes. Un gastroenterólogo, para un dolor abdominal que abarcaba desde el dedo gordo del pie hasta un poco mas arriba de las sienes. Alergólogos, endocrinólogos, ginecólogos, un internista que se rascó la cabeza y la remitió a un psiquiatra.
Nunca se sintió tan vejada, la creían loca y no era mas que una mujer al borde de la muerte. Nadie la entendía, nadie sentía compasión por ella, nadie la amaba.
Caminaba por cualquier calle entre gente que la ignoraba, hombres que miraban a través de ella como si fuera invisible, perros los hombres, perro el perro que confundió su pierna con un poste y levantando la pata le humedeció la pantorrilla con una cálida meada. Perro el mundo y perra la vida…
Buscando refugiarse de tanta indiferencia entró en una farmacia donde el aire casi olía a hospital. Siempre hay un roto para un descosido, y ella lo encontró allí: Una mujer alta, cuarentona como ella, con la misma mirada seca de tantas lágrimas derramadas, compraba medicinas de todo tipo con récipes que ella misma firmaba en el mostrador de cristal.
Daba gusto ver cuantos remedios inaccesibles, se llevaba esa señora: cajitas blancas con letras rojas, verdes, azules, todas sobrias, todas con efectos colaterales: somnolencia, nauseas, sudoración excesiva, temblores, palpitaciones, ayyyyy…
Cuando parecía que había terminado de comprar, lo pensaba un poco y se hacia cuatro récipes más de coloridas cápsulas para curar no se que cosa. Era un lujo poder escuchar tantos nombres científicos y bien pronunciados, era evidente que aquella mujer era una eminencia, se le notaba por encima de la bata.
Disculpe, ¿es usted médico? -Preguntó Magdalena con una voz de hilito y bajando la cabeza como el perro que sabe que va a recibir un patadón.
Si, soy psiquiatra, a su orden. -Respondió tartamudeando la doctora Erica Blanco.
Doctora, disculpe otra vez, ya se que ni es el momento ni es el lugar, pero me estoy muriendo. Usted sabe que uno se muere donde le toca, no donde quiere y yo me estoy muriendo ahora mismo, justo al lado de una doctora y rodeada de medicinas sanadoras de cualquier mal menos el mío.
Se sentó en medio de la farmacia Magdalena a esperar que todo acabara.
Voló la doctora con un tensiómetro en una mano, en la otra, una cajita de pastillas de colores y, entre los dientes, una jeringa cargada con un líquido ambarino. Sabía lo que hacía Erica Blanco, era una salvadora de vidas perdidas y allí frente a sus ojos una estaba a punto de perderse.
Escuchó el corazón de Magdalena pero no se oía nada, estaba vacío. Sin pedir permiso le clavo una inyección consoladora en el gluteus máximus derecho, la levantó con una fuerza que hace siglos no tenía y la arrastró hasta su carro.
Se lo que sufres, yo estoy muriendo de los mismo. -Dijo mientras Magdalena lloraba incrédula y agradecida. Vamos a mi consultorio y ya veremos que hacemos contigo. Tengo amigos médicos, alguien tendrá que entendernos, alguien nos ayudará.
El consultorio de Erica Blanco era el Jardín del Edén, cientos de libros gordos que describían todo tipo de dolencias con bellas y coloridas ilustraciones de llagas, heridas, órganos destrozados por bacterias poco comunes, esas que rara vez atacan pero cuando lo hacen se ensañan.
Hay males muy raros que los médicos no logran detectar de buenas a primeras. Hay síntomas equívocos que hacen que una enfermedad mortal pueda ser confundida con una gripe. Algunas personas, como tu y como yo, no encontramos la ayuda adecuada porque pareciera que sufrimos de soledad, y es cierto, pero también padecemos de alguna terrible enfermedad que no nos ha sido diagnosticada. Ya verás amiga,- agregó Erica con un brillo fugaz en los ojos.- Ya verás que estamos muriendo y que alguien nos va a salvar.
Brindaron con una copa de agua, somníferos en dosis poco recomendables, y durmieron toda la noche con la dulce sensación de que se habían encontrado para acompañarse y comprenderse. Durmieron y soñaron las dos con el mismo hombre.
¡Oh! Misterioso mundo de los sueños: ¿Qué doloroso juego prepara el destino para nuestra ya torturada soñadora?
Los sueños: ¿solo sueños son?
Entre tantos hombre y tantos sueños ¿Por qué acude el mismo hombre a los sueños de las dos?
¿Qué diría el afamado y ya desaparecido padre de psicoanálisis Sigmund Freud?
Con Sigmund o sin el, lo averiguaremos en el próximo y subyugante capítulo de:
Un capítulo simplemente doloroso.
Magdalena creía estar acostumbrada a la soledad, pero la soledad es mas sola si no hay edificios con ventanas que dejan escurrir ruidos hogareños, cornetas de carros que gritan impaciencia, rabia, cansancio, vendedores ambulantes que venden tomates y pepinos para poder comprar el pan de cada día, el ruido de otros acompaña.
La madre naturaleza es ruidosa, pero sus sonidos en lugar de acompañar aislan, el río corriendo sin parar le daba la sensación de que las piedras fracasaban en su intento de detenerlo, se sintió piedra, inmóvil, atrapada, fracasada. El viento movía las hojas sin que éstas pudieran hacer nada para evitarlo, se sintió tan hoja, tan indefensa, tan incapaz.
Estaba allí: enterrada hasta el cogote, cubierta de hojas y ramitas secas, enterrada en vida esperando estar muerta pronto; pero las fobias son las fobias, así que cuando vio a esa cucaracha, gorda y lustrosa, caminando directamente hacia ella, sintió ganas de escapar e ir a morir a un lugar menos asqueroso.
Sus alaridos rebotaban contra los árboles, los pájaros huían en bandadas, pero la cucaracha, bicho inmundo y evidentemente sordo, seguía con determinación, como atraída una fuerza maligna que la empujaba hacia la cara embarrada de la pobre Magdalena.
Si solo tuviera un pote de insecticida, si tan solo hubiera un pié enchancletado que aplastara a tan ruin bicho, si tan solo el canalla de su marido no la hubiera dejado, el siempre mataba a las cucarachas, el muy fratricida…
Ya no pedía socorro, ahora solo gritaba lo que en su momento no fue capaz de gritar: -¡Maldito miserable mugroso! Es ahora cuando te apareces, justo en este momento… mira la facha que tengo… estoy fea, embarrada, moribunda.
¡Cucaracha, cucaracha! Eso gritaba cuando aquella tropa de niños exploradores la encontró. ¡Cucaracha, cucaracha! Gritaba mientras venía la ambulancia. ¡Cucaracha, cucaracha! Gritó camino al hospital. La cucaracha, la cucarachaaaaaaa, ya no puede caminar…
Después de recibir, por vía intravenosa, un coctel de barbitúricos, dedicó el resto del trayecto a cantarle a aquel artrópodo mocho y repugnante. Y cantando llegó al paraíso.
Ángeles blancos con manos de látex la recibieron con sus estetoscopios, sus maquinitas musicales que marcan el ritmo de la vida y la muerte. Y aquel olor aséptico tan exquisito, incomparable al incienso, la ruda o el tabaco de otros templos ya olvidados.
Fue allí donde encontró la paz que nunca tuvo: nada como estar enfermo para que te tomen en cuenta, para que te escuchen, te atiendan, te toquen con manos cálidas. Nada como estar moribundo para sentirse vivo.
Allí había incluso un botoncito sobre su cama que, con solo pulsarlo, obtenía compañía instantánea y en horario corrido. Allí, mientras le curaban el cuerpo le estaban curando el alma.
Le dolía todo, aun cuando los médicos le aseguraban que solo había sufrido contusiones leves. Me duele aquí- decía apenas entraba alguien a su habitación compartida. Su compañera de cuarto pedía a gritos un analgésico para Magdalena; un analgésico y un somnífero para cualquiera de las dos.
Amelia aprendió a odiar a Magdalena, no fue difícil hacerlo, bastaron dos días con sus noches de lamentos largos y roncos, de ¡ay! me duele todo, de ¡ay! doctor no se si salga de esta. Doctor, tengo muchos moretones, ¿No será una leucemia? Yo leí una vez… No doctor no tengo parientes a quien llamar, divorciada de una cucaracha doctor…
El día que Amelia recibió el golpe mas duro de su vida, Magdalena aprendió a odiarla: ¿Cómo que ella tiene leucemia? ¿No será que confundieron las muestras? Esa sangre moribunda tiene que ser la mía, pues que repitan todas las pruebas, so pena de ser demandados por negligencia y quien sabe cuantas cosas más. No acepto que se nos trate de esta manera tan inhumana. Quien agoniza soy yo, me duele aquí, aquí y aquí.
Esa misma tarde fue dada de alta y tuvo que despedirse forzosamente de Amelia. Sus palabras de consuelo fueron devastadoras: tranquila que quien agoniza soy yo, a ti no te duele nada y la leucemia es horrorosa, duele, consume e inevitablemente mata, Yo leí una vez…
Dos enfermeros grandotes levantaron en vilo a nuestra Magda, como lo hacen los bailarines con la vedettes pero sin tanta gracia, y la sacaron del la habitación evitando así una disección abdominal no autorizada, llevada a cabo por una paciente sin esperanzas y, peor aún, sin título de doctor.
Así fue dada de alta nuestra dolorida heroína, la subieron a un taxi, pagaron al chofer por adelantado y suspiraron aliviados todos al ver como se alejaba.
Ella vio por la ventana a un dichoso que llegaba dentro de una ambulancia, lleno de tubos y cables, se le veía tan mal que sintió un mordisco de envidia. Deseó con toda su alma que el taxista se estrellara de frente contra un camión, pero no, ella sabía de sobra que sus deseos nunca se cumplían.
Magdalena despertó en su habitación sin enfermeras, sin desayuno insípido, sin ganas de vivir. Le dolían las rodilla, los dientes, el occipucio, aun cuando no sabía donde lo tenía. Sintió que le faltaba el aire, seguro que había desarrollado un agresivísimo tipo de cáncer pulmonar durante la noche, ¡Ay! El hígado, el ojo, el esternocleido mastoideo. Metástasis, había hecho metástasis…
Así comenzó un vía crucis que iba a durar diez años. Sin pasar por el internista fue directo a un oncólogo, mil exámenes negativos le abofetearon sus doloridos y pálidos cachetes. Un gastroenterólogo, para un dolor abdominal que abarcaba desde el dedo gordo del pie hasta un poco mas arriba de las sienes. Alergólogos, endocrinólogos, ginecólogos, un internista que se rascó la cabeza y la remitió a un psiquiatra.
Nunca se sintió tan vejada, la creían loca y no era mas que una mujer al borde de la muerte. Nadie la entendía, nadie sentía compasión por ella, nadie la amaba.
Caminaba por cualquier calle entre gente que la ignoraba, hombres que miraban a través de ella como si fuera invisible, perros los hombres, perro el perro que confundió su pierna con un poste y levantando la pata le humedeció la pantorrilla con una cálida meada. Perro el mundo y perra la vida…
Buscando refugiarse de tanta indiferencia entró en una farmacia donde el aire casi olía a hospital. Siempre hay un roto para un descosido, y ella lo encontró allí: Una mujer alta, cuarentona como ella, con la misma mirada seca de tantas lágrimas derramadas, compraba medicinas de todo tipo con récipes que ella misma firmaba en el mostrador de cristal.
Daba gusto ver cuantos remedios inaccesibles, se llevaba esa señora: cajitas blancas con letras rojas, verdes, azules, todas sobrias, todas con efectos colaterales: somnolencia, nauseas, sudoración excesiva, temblores, palpitaciones, ayyyyy…
Cuando parecía que había terminado de comprar, lo pensaba un poco y se hacia cuatro récipes más de coloridas cápsulas para curar no se que cosa. Era un lujo poder escuchar tantos nombres científicos y bien pronunciados, era evidente que aquella mujer era una eminencia, se le notaba por encima de la bata.
Disculpe, ¿es usted médico? -Preguntó Magdalena con una voz de hilito y bajando la cabeza como el perro que sabe que va a recibir un patadón.
Si, soy psiquiatra, a su orden. -Respondió tartamudeando la doctora Erica Blanco.
Doctora, disculpe otra vez, ya se que ni es el momento ni es el lugar, pero me estoy muriendo. Usted sabe que uno se muere donde le toca, no donde quiere y yo me estoy muriendo ahora mismo, justo al lado de una doctora y rodeada de medicinas sanadoras de cualquier mal menos el mío.
Se sentó en medio de la farmacia Magdalena a esperar que todo acabara.
Voló la doctora con un tensiómetro en una mano, en la otra, una cajita de pastillas de colores y, entre los dientes, una jeringa cargada con un líquido ambarino. Sabía lo que hacía Erica Blanco, era una salvadora de vidas perdidas y allí frente a sus ojos una estaba a punto de perderse.
Escuchó el corazón de Magdalena pero no se oía nada, estaba vacío. Sin pedir permiso le clavo una inyección consoladora en el gluteus máximus derecho, la levantó con una fuerza que hace siglos no tenía y la arrastró hasta su carro.
Se lo que sufres, yo estoy muriendo de los mismo. -Dijo mientras Magdalena lloraba incrédula y agradecida. Vamos a mi consultorio y ya veremos que hacemos contigo. Tengo amigos médicos, alguien tendrá que entendernos, alguien nos ayudará.
El consultorio de Erica Blanco era el Jardín del Edén, cientos de libros gordos que describían todo tipo de dolencias con bellas y coloridas ilustraciones de llagas, heridas, órganos destrozados por bacterias poco comunes, esas que rara vez atacan pero cuando lo hacen se ensañan.
Hay males muy raros que los médicos no logran detectar de buenas a primeras. Hay síntomas equívocos que hacen que una enfermedad mortal pueda ser confundida con una gripe. Algunas personas, como tu y como yo, no encontramos la ayuda adecuada porque pareciera que sufrimos de soledad, y es cierto, pero también padecemos de alguna terrible enfermedad que no nos ha sido diagnosticada. Ya verás amiga,- agregó Erica con un brillo fugaz en los ojos.- Ya verás que estamos muriendo y que alguien nos va a salvar.
Brindaron con una copa de agua, somníferos en dosis poco recomendables, y durmieron toda la noche con la dulce sensación de que se habían encontrado para acompañarse y comprenderse. Durmieron y soñaron las dos con el mismo hombre.
¡Oh! Misterioso mundo de los sueños: ¿Qué doloroso juego prepara el destino para nuestra ya torturada soñadora?
Los sueños: ¿solo sueños son?
Entre tantos hombre y tantos sueños ¿Por qué acude el mismo hombre a los sueños de las dos?
¿Qué diría el afamado y ya desaparecido padre de psicoanálisis Sigmund Freud?
Con Sigmund o sin el, lo averiguaremos en el próximo y subyugante capítulo de:
Magdalena al borde.
jueves, 18 de octubre de 2007
Un rompecabezas incompleto.
Publicadas por
Carola
La historia, aprendimos al caletre en el colegio, es importante para conocernos a nosotros mismos. Por medio de ella sabemos de dónde venimos, qué somos y a dónde podemos llegar. Muy bonito todo esto, saqué veinte cuando lo puse en el examen, pero ahora, cuarentona, sin moñitos con lazos azules y uniforme planchadito, ahora que soy grande y no necesito un veinte ni una estrellita dorada, pienso en la historia de Venezuela que me enseñaron en el cole y me doy cuenta que, en lugar de historia, me dieron un rompecabezas que, para colmo, le faltaban muchas piezas.
Hago un breve repaso de lo que mis maestras demoraron seis largos años en enseñarme, breve digo, no por sintetizar, breve, porque es todo lo me dijeron una y otra vez hasta grabarlo en mi memoria:
12 de Octubre de 1492: Colón descubrió a América. Que se llamó así gracias a Américo de Vespucio. Cosa que me hacía pensar que los indios que habitaban estos lares o eran muy flojos o poco creativos, ¿Qué trabajo les costaba a nuestros ‘’primitivos habitantes’’ ponerle un nombre al suelo que pisaban?
1498: En el tercer viaje descubren a Venezuela. Alonso de Ojeda al ver los palafitos en el Lago de Maracaibo, se recordó de la lejana Venecia. Venezuela, la pequeña Venecia. Y yo pensaba mientras veía fotos de la Plaza de San Marcos que Ojeda, o era muy romántico, o era miope.
Supimos que los indios no eran civilizados, no creían en Dios, y adoraban a unos ídolos de barro que no podían hacer milagros. Eran tan salvajes que les llamaba salvajes, y es que solo usaban guayucos cuando en el mundo existían camisas, pantalones y brillantes armaduras. Pero eso no es nada comparado con sus mujeres: unas facilongas topless que apenas vieron a los conquistadores, se lanzaron a sus brazos peludos coronando con un par de cuernos las cabezas de sus abatidos Toros Sentados.
Los conquistadores nos hicieron el favor de construir las ciudades que hoy habitamos, nos salvaron de vivir en chozas, porque los salvajes vivían en chozas de paja como el cochinito más flojo del cuento, eran flojos sin duda alguna. También nos enseñaron que el oro no eran solo pepitas brillantes, se lo llevaron a España en sus barcos y allá lo transformaron en joyas, monedas, coronas, maravillas que hoy se llaman antigüedades.
Luego no pasó nada, por siglos no paso nada de nada...
24 de julio de 1783: Nació en Caracas Simón Bolívar. Su papá se llamaba Juan Vicente de Bolívar y su mamá Concepción Palacios y Blanco. Los pobres como que eran viejitos porque murieron pocos años después. Se quedaron a cargo del huérfano sus hermanos, la negra Hipólita y la negra Matea. Más tarde vino un hombre bueno que se llamaba Andrés Bello y fue maestro de niño Simón. Después como que lo despidieron, porque vino otro que resultó ser tocayo del futuro libertador. ¿Qué le enseñaron sus maestros? Mis maestras no me lo enseñaron…
Décadas de absoluto silencio, aunque me sospecho que la cosa como que no iba muy bien…
19 de abril de 1810: declaración de la independencia. El pueblo se reunió en frente de el ayuntamiento ese día, al parecer estaban hartos de un señor llamado Vicente Emparan, que era el representante de España. O a lo mejor no estaban hartos sino que a Emparan le dio por preguntarle a la gente allí reunida, por quien sabe que motivo, si querían que el los siguiera gobernando. Salió por detrás del incauto preguntón, el dedo malicioso de Madariaga, de un cura heroico que, agitándolo de izquierda a derecha, indicó al pueblo, que nunca ha sabido lo que quiere, que debían decir que no. ¡Nooooo! gritaron todos y Emparan, herido en su orgullo, dijo que de mejores sitios lo habían botado y se fue.
Silencio…
5 de julio de 1811: Firma del acta de independencia. Al parecer el acta era muy larga y difícil de escribir ya que las rúbricas se estamparon casi un año y tres meses después aquel suceso del dedo. De la firma del acta nos mostraron un cuadro de un reconocido pintor que no conocí. Había varios patriotas, porque ahora habían patriotas en la historia, alrededor de una mesa en poses muy heroicas y estudiadas, como si supieran que les iban a tomar una foto al óleo para la posteridad. Luego vino una guerra porque, al parecer, los españoles dijeron que se limpiaban el trasero con el acta, cosa que enfureció a los patriotas ya que les había costado mucho redactar y firmar el documento emancipador, y ni hablar de las dolorosas poses que tuvieron que mantener durante horas y horas mientras les hacían la foto.
Silencio... Batallas: la naval del lago de Maracaibo, unas en los llanos... Silencio… El congreso de Angostura… Silencio… Memorizamos y olvidamos fechas y lugares de nacimiento de los próceres, nombres de sus padres, fecha y lugar de su muerte, pero ¿por qué eran próceres?... Silencio…
24 de junio de 1821: La Batalla De Carabobo. Tras diez años en guerra con ‘’ La Madre Patria’’ los bandos en conflicto se dieron cita en Carabobo. Fue una batalla sangrienta en la cual murió Negro Primero, el único prócer negro en un país donde no habían casi blancos. Conocimos a Negro Primero ese día, lo conocimos para verlo morir con las alpargatas puestas. Ganamos la batalla y la independencia. ¿Para qué? Para ser libres, me dijo la maestra, a la vez que me pidió que dejara la preguntadera ya que solo eso salía en el libro que le dieron.
Silencio… Batallas al caletre: Boyacá, Pichincha, Ayacucho. Victorias aplastantes que se dieron en algún lugar de aquel territorio que jamás sería La Gran Colombia. Liberamos a Bolivia, Ecuador, Colombia y Perú… Silencio...
17 de Diciembre de 1830: Simón Bolívar murió en la Quinta San Pedro Alejandrino en Santa Marta, Colombia. Y ¿Por qué murió en Colombia? Porque así lo quiso Dios, eso me dijeron.
Silencio…
Como era buena alumna y me gustaba mucho la historia, en sexto grado me nombraron Presidenta de la Sociedad Bolivariana. Además de emocionada, me sentí aturdida por la responsabilidad que supuse acarrearía semejante distinción.
Aprendí en ese año de ‘’mandato’’ con que los presidentes de entonces no tenían responsabilidades. Mi misión durante ese periodo se limitó a copiar de una enciclopedia la biografía de Bolívar y escoger a dedo a dos niños cada día para que izaran y arriaran la bandera al son de Himno Nacional.
Comprendí también que el poder embarra, y yo Carola Chávez, a diferencia de mi tocayo Hugo, me convertí en una tirana que disfrutaba de la adulación: Todos los niños querían tener el privilegio de quedarse fuera del salón un ratico más, aunque fuera para izar la bandera, tiesos, allí paraditos, sin respirar, sin parpadear, tal como yo se los ordenaba.
Al final de mi reinado fui distinguida con un diploma y un agradecimiento al cual yo respondí con un sincero ‘’de nada’’, ya que durante todo ese año, de Bolívar, por Bolívar no había hecho nada.
Salí de sexto grado de primaria con mi diploma de honor y una boleta llena de estrellitas doradas, una por cada veinte, un veinte por cada examen.
Luego en bachillerato, una lista de presidentes en orden cronológico, que lógicamente olvidé.
Boleta preciosa, padres orgullosos, diploma de Bachiller.
Mi carísima educación privada fue un fraude cocinado a fuego lento. Doce años de historias incompletas, y solo les hablé de la historia, pero la geografía que estudié me dejó la sensación de que mas que un continente, éramos islas pobladas de amnésicos enemigos irreconciliables, qué no podían recordar qué carajo se habían hecho para tenerse tanta rabia. Ni hablar de lengua y literatura, ésta es una pesadilla que merece un capitulo aparte.
Todo lo que nos permitiera vernos hacia adentro, reflexionar acerca de lo que somos y desde ese conocimiento fortalecernos como pueblo, como país, como continente, todo eso nos fue negado. Al mismo tiempo nos inculcaron una especie de servilismo, veneración y agradecimiento hacia otros países con culturas ajenas y lejanas, aquellos que nos explotaban, aquellos que nos despojaban de nuestro autoestima colectivo.
Al fraccionar la historia y la geografía, al hacernos aborrecer a García Márquez, (no se pierda el próximo capítulo) nos estaban aislando, nos estaban fragmentando. Al hacernos repetir dos frases de Bolívar fuera de contexto, nos estaban robando nuestra herencia, todo esto mientras nuestros incautos papás pagaban para que nos castraran intelectual y culturalmente.
Aquí es cuando yo grito furiosa y con razón: ¡Frrrrraude! Y me pregunto: ¿Al servicio de quién estaba nuestra educación chucuta? Y me respondo: al nuestro no, evidentemente…
Menos mal que algunos teníamos padres inquietos, que trataban de complementar nuestros conocimientos y, en lugar de llevarnos a Disney, nos regalaban una biblioteca y nos alentaban a leer. Algunos tuvimos la suerte de poder ver más allá de nuestra arrogancia. Algunos descubrimos que, por muy bilingües que fuéramos, éramos unos ignorantes. Algunos decidimos buscar información, y no creer en todo lo que nos decían. Algunos descubrimos que nunca se deja de aprender.
Menos mal que ahora nos cuentan toda la historia, que ahora podemos atar cabos y comprender. Quienes mutilaron nuestro derecho de saber, quienes mintieron por omisión, quieren ahora explicarnos su historia, justificar lo injustificable. Callaron la palabra de Bolívar y ahora que las escuchamos y comprendemos, pretenden decirnos que son solo ideas caducas. Los mismos apátridas que construyeron un sistema educativo al servicio de intereses depredadores y ajenos, pretenden desde sus butacas de la academia nacional de historia hacernos creer que el cuento no fue así sino asá.
"Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción"
Eso lo supieron ellos siempre y lo usaron en nuestra contra.
Eso lo dijo Bolívar y ahora nosotros lo sabemos, porque cada día somos menos como ellos necesitaban que fuéramos, ya no somos un pueblo ignorante.
Que se queden ellos con sus títulos huecos colgados en la pared: el de su cole, cuyo lema era excelencia educativa, el de ‘’la universidad de hoy para el hombre de mañana’’. Que se sienten sobre su arrogancia y pataleen de rabia, si quieren, porque nuestro ‘’hoy’’ es muy distinto a ese mañana chucuto que quisieron construir.
Ese es su problema. Su problema es que no entienden nada, su problema es que no quieren entender, su problema es que no volverán.
miércoles, 10 de octubre de 2007
Colombianos y venezolanos ¿Panes de la misma masa?
Publicadas por
Carola
A mis amigos de RP por allá por el sur.
Me pregunta mi amigo Néstor mi opinión sobre nuestras relaciones con los vecinos colombianos y me pone en un aprieto. Es que no es cosa simple.
Colombia, para mi, y todo lo que diga en este escrito lo digo desde mi mas subjetivo y viceral punto de vista, es un país genéticamente igual al mío, somos la misma mezcla, tal vez con distintas proporciones en los ingredientes
Tal vez ellos tengan más de indio andino y nosotros tengamos mas de negro, tal vez solo sea mi impresión de costeña, reforzada por la costeña impresión del Gabo, quien habla de cachacos y costeños como dos mundos dentro de un mismo territorio.
Los andinos siempre me resultan enigmáticos, no entiendo la vida entre montañas gigantes frías y muy lejos del mar y ellos parecen ser felices allá.
Tengo un amigo bogotano que no sabe nadar. Un día nos fuimos a la playa, ocho caraqueños y el. Era una estampa muy cómica ver a alguien sentado a la sombra de un cocotero, con los ojos chiquiticos de tanto sol, un sombrerito de jardinero y cara de culo, todo esto frente al mar caribe tan azulito, clarito, transparente.
No entiende al mar mi amigo, no lo entiende y le teme. Claro, ese es un bogotano, uno solo, pero me marcó con su estampa de hormiguita aterrada ante una gota de agua.
Hablan en voz baja los andinos, son muy educados y se tratan de usted. Las nubes no les nublan el día, y el sol no parece iluminarlo. Se ríen pero casi nunca a carcajadas estruendosas.
Tienen otro ritmo, el ritmo de subir cuestas aun cuando se camina en plano. Bailan entonces de otro modo, más recatado, mas insinuado contrastando con nuestro tongoneo agitado, que sale del negro que todos los costeños llevamos dentro.
Y aquí estoy respondiendo una pregunta de un amigo argentino que quiere saber, y mientras trato de diferenciar a los colombianos de los venezolanos, me encuentro que les estoy contando una historia que da lo mismo que la llame ‘’ costeños y cachacos colombianos’’ o ‘’ costeños y gochos venezolanos’’.
Vaya descubrimiento este, si es una culebra me pica, se me prende el bombillo y veo que la Capital de mi país es costeña, que se ha planteado mucho de lo que somos hoy desde la costa, mientras que Bogotá está en el medio de un mapa que casi no conozco, en medio del mapa y muy lejos del mar.
Esa puede ser la diferencia principal y crucial en todo este asunto. Son formas de ver la vida diferentes. De quien mira hacia arriba y ve una montaña y el cielo y de quien mira hacia adelante y ve que el el mar y el cielo son la misma cosa.
Los costeños somos desenfadados porque nada es difícil si tienes el mar en frente. Por el contrario, para un andino la vida debe ser mas ordenada, hay frío, hay cuestas y hay que subirlas a diario.
Colombia es un país mas andino que el nuestro, eso creo. He ahí la diferencia.
Luego están las oligarquías: la caraqueña: caribeños descendientes de los amos de una capitanía general. La bogotana: andinos descendientes de virreyes.
La historia me cuenta que a la oligarquía bogotana no le gustaba mucho la idea de ‘’Bolívar Libertador’’ y menos cuando éste se presentó allá con un ejercito de patenelsuelos, después de cruzar los andes.
Supongo que los harapientos que sobrevivieron esa travesía se veían más roñosos de lo que en realidad eran.
Bolívar era chiquito, flaco, y caraqueño. Decía ‘’la pinga’’, ya les conté un día a mis amigos del sur. Decía otras cosas por el estilo, le gustaba mucho bailar y bailaba con las mas bellas bogotanas. Eso no gusta, no. Para colmo viene con esa idea de un gran país: La Gran Colombia, un país con su capital en Bogotá.
Ese país grande necesitaba un gran presidente y ya sabemos quien era el candidato. Un venezolano flaquito, chiquito y echador de vaina que si sabía nadar. ¿Y Santander qué?
Los venezolanos como que ya estaban cansados de tanta generosidad: después de salvarles el pellejo, perdiendo a miles de sus compatriotas en la lucha, fueron recibidos con asquito porque eran feos y muy, muy chabacanos para aquellos altivos y montañosos ojos.
Con eso hemos crecido, esta brecha se ha mantenido abierta por quienes sacan provecho de la desunión entre hermanos. No fue el pueblo colombiano fue sus oligarquía la que despreció a nuestros hombres, fueron los mismos de siempre quienes conspiraron contra Bolívar y su causa, la causa por la que aun luchamos. Claro que debo agregar que la nuestra hizo lo suyo contra El Libertador.
Acabo de darme cuenta que somos la misma cosa colombianos y nosotros, pero algo queda de esa desconfianza cultivada desde que el mundo es mundo.
Mi desconfianza se vuelve certeza y apunta a un solo hombre. Todo lo malo que me decían de los colombianos, todo se reúne en el: Alvaro Uribe presidente de la hermana República de Colombia.
Se me pidió que guardara las formas así que eso voy a hacer. Creo que llamar al presidente de un país hermano rata inmunda no esta bien. Tampoco se le debe llamar manipulador, apátrida, traidor, y mucho menos lame culo de los yankees, aún cuando esto sea la mismita verdad, por lo tanto no lo haré.
Tampoco voy a decir que ese invertebrado con cara de yo no fui, ha conspirado contra mi presi y contra mi pueblo de la mano de Bush. Que ahora planea instalar una base militar gringa en la Goajira, ya saben, región fronteriza entre Colombia y Venezuela, justito al borde del Zulia, estado petrolero, gobernado por un golpista miserable, un hijo de puta, y esto lo digo guardando las formas, que junto con el departamento de estado americano promueve la secesión del Zulia del resto de Venezuela. Un gusano que dijo en la tele hace unos días que promueve la democracia de Montesquieu quien, según él, es un filosofo griego que vivió en el siglo V antes de Cristo. Un descerebrado que compite con Bush en brutalidad, y hablo de todo tipo de brutalidad.
Bueno, respiro hondo y sigo porque pierdo las formas y me pueden moderar.
Me pregunta mi amigo Néstor mi opinión sobre nuestras relaciones con los vecinos colombianos y me pone en un aprieto. Es que no es cosa simple.
Colombia, para mi, y todo lo que diga en este escrito lo digo desde mi mas subjetivo y viceral punto de vista, es un país genéticamente igual al mío, somos la misma mezcla, tal vez con distintas proporciones en los ingredientes
Tal vez ellos tengan más de indio andino y nosotros tengamos mas de negro, tal vez solo sea mi impresión de costeña, reforzada por la costeña impresión del Gabo, quien habla de cachacos y costeños como dos mundos dentro de un mismo territorio.
Los andinos siempre me resultan enigmáticos, no entiendo la vida entre montañas gigantes frías y muy lejos del mar y ellos parecen ser felices allá.
Tengo un amigo bogotano que no sabe nadar. Un día nos fuimos a la playa, ocho caraqueños y el. Era una estampa muy cómica ver a alguien sentado a la sombra de un cocotero, con los ojos chiquiticos de tanto sol, un sombrerito de jardinero y cara de culo, todo esto frente al mar caribe tan azulito, clarito, transparente.
No entiende al mar mi amigo, no lo entiende y le teme. Claro, ese es un bogotano, uno solo, pero me marcó con su estampa de hormiguita aterrada ante una gota de agua.
Hablan en voz baja los andinos, son muy educados y se tratan de usted. Las nubes no les nublan el día, y el sol no parece iluminarlo. Se ríen pero casi nunca a carcajadas estruendosas.
Tienen otro ritmo, el ritmo de subir cuestas aun cuando se camina en plano. Bailan entonces de otro modo, más recatado, mas insinuado contrastando con nuestro tongoneo agitado, que sale del negro que todos los costeños llevamos dentro.
Y aquí estoy respondiendo una pregunta de un amigo argentino que quiere saber, y mientras trato de diferenciar a los colombianos de los venezolanos, me encuentro que les estoy contando una historia que da lo mismo que la llame ‘’ costeños y cachacos colombianos’’ o ‘’ costeños y gochos venezolanos’’.
Vaya descubrimiento este, si es una culebra me pica, se me prende el bombillo y veo que la Capital de mi país es costeña, que se ha planteado mucho de lo que somos hoy desde la costa, mientras que Bogotá está en el medio de un mapa que casi no conozco, en medio del mapa y muy lejos del mar.
Esa puede ser la diferencia principal y crucial en todo este asunto. Son formas de ver la vida diferentes. De quien mira hacia arriba y ve una montaña y el cielo y de quien mira hacia adelante y ve que el el mar y el cielo son la misma cosa.
Los costeños somos desenfadados porque nada es difícil si tienes el mar en frente. Por el contrario, para un andino la vida debe ser mas ordenada, hay frío, hay cuestas y hay que subirlas a diario.
Colombia es un país mas andino que el nuestro, eso creo. He ahí la diferencia.
Luego están las oligarquías: la caraqueña: caribeños descendientes de los amos de una capitanía general. La bogotana: andinos descendientes de virreyes.
La historia me cuenta que a la oligarquía bogotana no le gustaba mucho la idea de ‘’Bolívar Libertador’’ y menos cuando éste se presentó allá con un ejercito de patenelsuelos, después de cruzar los andes.
Supongo que los harapientos que sobrevivieron esa travesía se veían más roñosos de lo que en realidad eran.
Bolívar era chiquito, flaco, y caraqueño. Decía ‘’la pinga’’, ya les conté un día a mis amigos del sur. Decía otras cosas por el estilo, le gustaba mucho bailar y bailaba con las mas bellas bogotanas. Eso no gusta, no. Para colmo viene con esa idea de un gran país: La Gran Colombia, un país con su capital en Bogotá.
Ese país grande necesitaba un gran presidente y ya sabemos quien era el candidato. Un venezolano flaquito, chiquito y echador de vaina que si sabía nadar. ¿Y Santander qué?
Los venezolanos como que ya estaban cansados de tanta generosidad: después de salvarles el pellejo, perdiendo a miles de sus compatriotas en la lucha, fueron recibidos con asquito porque eran feos y muy, muy chabacanos para aquellos altivos y montañosos ojos.
Con eso hemos crecido, esta brecha se ha mantenido abierta por quienes sacan provecho de la desunión entre hermanos. No fue el pueblo colombiano fue sus oligarquía la que despreció a nuestros hombres, fueron los mismos de siempre quienes conspiraron contra Bolívar y su causa, la causa por la que aun luchamos. Claro que debo agregar que la nuestra hizo lo suyo contra El Libertador.
Acabo de darme cuenta que somos la misma cosa colombianos y nosotros, pero algo queda de esa desconfianza cultivada desde que el mundo es mundo.
Mi desconfianza se vuelve certeza y apunta a un solo hombre. Todo lo malo que me decían de los colombianos, todo se reúne en el: Alvaro Uribe presidente de la hermana República de Colombia.
Se me pidió que guardara las formas así que eso voy a hacer. Creo que llamar al presidente de un país hermano rata inmunda no esta bien. Tampoco se le debe llamar manipulador, apátrida, traidor, y mucho menos lame culo de los yankees, aún cuando esto sea la mismita verdad, por lo tanto no lo haré.
Tampoco voy a decir que ese invertebrado con cara de yo no fui, ha conspirado contra mi presi y contra mi pueblo de la mano de Bush. Que ahora planea instalar una base militar gringa en la Goajira, ya saben, región fronteriza entre Colombia y Venezuela, justito al borde del Zulia, estado petrolero, gobernado por un golpista miserable, un hijo de puta, y esto lo digo guardando las formas, que junto con el departamento de estado americano promueve la secesión del Zulia del resto de Venezuela. Un gusano que dijo en la tele hace unos días que promueve la democracia de Montesquieu quien, según él, es un filosofo griego que vivió en el siglo V antes de Cristo. Un descerebrado que compite con Bush en brutalidad, y hablo de todo tipo de brutalidad.
Bueno, respiro hondo y sigo porque pierdo las formas y me pueden moderar.
En esta esquina tenemos a Chávez, quien remueve todo esto del pensamiento bolivariano, ideas enterradas durante años por nuestros gobernantes a favor de los intereses del los Estados Unidos, y siento que eso a la oligarquía colombiana poco le debe gustar, como no le gusta a la nuestra, que ahora le dio por decir que Bolívar fue un pelele, que su pensamiento ha caducado, y un millón de estupideces mas...
En la otra esquina Uribe, con un pasado ‘’sospechoso’’, y sigo guardando las formas. Lleno de muertos, drogas, dólares, paramilitares, secuestros, sangre, mucha sangre, extorsión, torturas, mentiras, cinismo.
En fin, que hay que dialogar con el ‘’sospechoso’’. Mi presi, si quiere ayudar a alcanzar un acuerdo humanitario, tiene que dialogar con el. No solo para eso, hay acuerdos bilaterales, en los cuales Uribe y su combo se cagan a diario, pero hay que dialogar.
Hay que dialogar, porque mi presi sabía desde antes lo que yo acabo de descubrir: que los colombianos y nosotros somos panes de la misma masa, horneados en el mismo lado de este horno gigante que va desde donde crece al agave hasta allá donde los pingüinos hacen pingüinitos.
El pueblo colombiano no tiene un presidente que gobierne para ellos, tienen un empleaducho del departamento de estado americano. Hay que dialogar para apoyar a los hermanos de al lado, hay que disimular y llamar amigo al conspirador vestido de compadre del alma. No hay otro camino, porque el otro camino es el que desean que tomemos allá arriba en Washington.
En la otra esquina Uribe, con un pasado ‘’sospechoso’’, y sigo guardando las formas. Lleno de muertos, drogas, dólares, paramilitares, secuestros, sangre, mucha sangre, extorsión, torturas, mentiras, cinismo.
En fin, que hay que dialogar con el ‘’sospechoso’’. Mi presi, si quiere ayudar a alcanzar un acuerdo humanitario, tiene que dialogar con el. No solo para eso, hay acuerdos bilaterales, en los cuales Uribe y su combo se cagan a diario, pero hay que dialogar.
Hay que dialogar, porque mi presi sabía desde antes lo que yo acabo de descubrir: que los colombianos y nosotros somos panes de la misma masa, horneados en el mismo lado de este horno gigante que va desde donde crece al agave hasta allá donde los pingüinos hacen pingüinitos.
El pueblo colombiano no tiene un presidente que gobierne para ellos, tienen un empleaducho del departamento de estado americano. Hay que dialogar para apoyar a los hermanos de al lado, hay que disimular y llamar amigo al conspirador vestido de compadre del alma. No hay otro camino, porque el otro camino es el que desean que tomemos allá arriba en Washington.
La excusa perfecta, el anticristo con boina roja ataca al indefenso y ya desgastado pueblo colombiano. Pues no, nosotros dialogamos para que el cambio llegue a Colombia, para que se extienda por toda América como temen que suceda los energúmenos de Washington.
Uribe que conspire, que cierre fronteras como lo ha venido haciendo, que obstaculice el acuerdo humanitario, aceptando que Chavez dialogue con las FARC, pero eso si, sin que Chavez entre ni que las guerrilas salgan, echándole leña al fuego mientras tratamos de apagarlo.
Uribe que conspire, que cierre fronteras como lo ha venido haciendo, que obstaculice el acuerdo humanitario, aceptando que Chavez dialogue con las FARC, pero eso si, sin que Chavez entre ni que las guerrilas salgan, echándole leña al fuego mientras tratamos de apagarlo.
Pero lo que no se puede detener no se detendrá. Colombia un día tendrá un presidente colombiano, no una marioneta a control remoto como ahora, que la revolución avanza porque estamos cerquita y los vecinos ven como mejoramos y les provoca hacer lo mismo, se contagian de entusiasmo y, si para colmo, mi presi lindo logra un acuerdo humanitario, ni les cuento lo que puede pasar despues...
¿Que sería de Uribe sin unas FARC a quien achacarles todas las culpas?
Ayer fue Bolívar, hoy es Chávez y no exagero.
Agrego la aclaratoria de mi amigo Víctor Morón:
Muy bueno. Yo agregaría que a la tensión entre colombianos y venezolanos,
hay que ser justo, también aportó la venedemocracia petrolera, cuando los
colombianos eran pobres y los venezolanos, ricos. Pero esa tensión nunca
existió en los Andes. Allí se es andino (no cachaco, esa es otra cosa, eso
tiene que ver con la sabana de Bogotá). Unos primos viven de un lado y otros
del otro, pero son todos andinos. No tengo tan clarita la cosa en la
Guajira, pero debe ser parecida. Un Montiel de Cabimas y otro de Maicao
seguro que son Montieles, más que nada. Pero eso pasa en todas las fronteras
del continente. Yo lo ví entre Costa Rica y Nicaragua, por ejemplo, en años
de guerra. Como que ahí están las costuras de la Patria Grande.
¿Que sería de Uribe sin unas FARC a quien achacarles todas las culpas?
Ayer fue Bolívar, hoy es Chávez y no exagero.
En honor a la verdad...
Agrego la aclaratoria de mi amigo Víctor Morón:
Muy bueno. Yo agregaría que a la tensión entre colombianos y venezolanos,
hay que ser justo, también aportó la venedemocracia petrolera, cuando los
colombianos eran pobres y los venezolanos, ricos. Pero esa tensión nunca
existió en los Andes. Allí se es andino (no cachaco, esa es otra cosa, eso
tiene que ver con la sabana de Bogotá). Unos primos viven de un lado y otros
del otro, pero son todos andinos. No tengo tan clarita la cosa en la
Guajira, pero debe ser parecida. Un Montiel de Cabimas y otro de Maicao
seguro que son Montieles, más que nada. Pero eso pasa en todas las fronteras
del continente. Yo lo ví entre Costa Rica y Nicaragua, por ejemplo, en años
de guerra. Como que ahí están las costuras de la Patria Grande.
sábado, 6 de octubre de 2007
Y ¿qué nombre le pondremos? Matarile-rile-rón
Publicadas por
Carola
A veces, solo a veces, me pregunto: ¿Cómo se llamaba la hallaca antes de que existiera la hallaca? Había masa de maíz, habían guisos, aceitunas y pasas, había, incluso, tamales que, si se ven a vuelo de pájaro, se podría decir que son hallaquitas, a lo que el conocedor respondería con un agraviadísimo No, ¡jamás! una hallaca es una hallaca y la mejor hallaca la hace mi mamá.
La hallaca no existía, no tenía nombre y solo lo tuvo una vez que fue inventada. Y digo yo, ¿es que acaso no debería ser así como se nombra a las cosas?
Claro que para inventar algo hay que tener un marco de referencia, pero allí está el problema. Supongamos por un momento que voy a Suecia y le pido a unos suecos que inventen una hallaca sueca, una que puedan hacer todos ellos y que les resuelva la siempre complicada cena navideña en lugar de complicarla mas.
Pues los suecos son muy trabajadores y organizados, eso me han dicho, por lo que se entregan en cuerpo y alma a la elaboración de su hallaca. Preparan un guiso delicioso a base de albóndigas, morcillas, repollo, para rematar un suculento toque de arenques agrios. Envuelven todo aquello en una delicada masa de hojaldre y luego en papel de aluminio, porque los diligentes suecos, en pleno invierno escandinavo, no fueron capaces de conseguir varios kilos de hojas de plátano para envolver sus ¿Hallacas?
Y yo me digo: estos suecos se están haciendo los suecos. Yo les pedí que hicieran hallacas y me sirven en mi plato navideño un struddel de morcilla con pescado agrio.
Miren suecos, la hallaca se hace con harina de maíz, se envuelve en hojas de plátano, aquí está la receta, miren, esto no es una hallaca, y de paso sabe horrible. Pues a ellos como que les encantó, no dejaron ni una sola miguita, los niños pedían mas y las mamás les prometían hacerlas cada año. Son felices los suecos con sus hallacas, tan felices que deciden exportarla a Noruega, Dinamarca y Finlandia donde tienen un éxito rotundo, claro, con algunas asquerosas variantes.
Yo me voy indignada por la incapacidad de los escandinavos, ignorantes, tanta razón tengo que un sueco purista decide venirse conmigo y exiliarse para siempre de ese país herejes. Eso no es una hallaca, que le pongan el nombre que quieran y que se la coman con pan. Hallacas... habrase visto…
Claro que le pusieron pasitas, alcaparras y aceitunas, claro que la amarraron a pesar de no ser necesario, ellos hicieron una hallaca para ellos, pero para mi, eso es un struddel.
Se preguntará el lector: ¿A dónde va Carola con ese cuento sueco? Y yo con diligencia escandinava me dedico a responder: Las recetas son un marco de referencia, recurrimos a ellas para lograr un objetivo, ya sea hacer una torta de cumpleaños, un preparado para la tos, o un país.
Pues eso es, construimos un país bajo la premisa robinsoniana de inventar o errar. Hacemos como los escandinavos con las hallacas, usamos una receta como base pero ponemos nuestros ingredientes locales, los que se ajustan a nuestra realidad. ¿Cómo se llama esa hallaca que estamos inventado? Pues la receta dice socialismo y allí empieza la confusión.
El nombre de la receta saca ampollas por todos lados. Los rosaleros saltan como si estuvieran pisando el fuego del mismito infierno: socialismo ¡Vade retro! Los acompañan en sus brinquitos los curas reaccionarios de la conferencia episcopal. Pero ellos van a saltar salga sapo o salga rana.
Este ilustre grupo basa su argumento en las comiquitas de Rocky y Bullwinkle que nos embutieron a todos en nuestra infancia. Los comunistas son malos, y malos para ellos significa que les van a quitar niños, quitar casas, quitar cuentas de banco, colegios católicos, clínicas privadas, periódicos, perritos con lacitos rosados, toallas sanitarias, quitar, quitar, quitar… en fin, todo lo que ellos desde siempre le han negado al pueblo.
Los justicieros, con una ignorancia espeluznante, se llenan la boca hablando de socialismo ‘’democrático’’. No saben ellos lo que es democracia, niegan de plano la voluntad de las mayorías y tratan, a punta de conspiraciones importadas, de acabar con un gobierno electo por el pueblo, porque para estos ‘’socialistas democráticos’’ el pueblo es una masa ignorante y fea que no puede decidir los destinos de ellos, blancos, bilingües y chic. No saben lo que es democracia, no saben lo que es igualdad y pretenden hacernos creer que son socialistas. No saben lo que es justicia y se llaman justicieros...
Luego están los compatriotas de este lado de la talanquera a quienes les parece un sacrilegio que adaptemos su receta sagrada a nuestra realidad, que no comprenden cómo nuestro proceso, llamado socialista, pretende incorporar ingredientes propios, ideas que no están en el librito, porque eso de inventar o errar no encaja cuando ellos tienen un kit de socialismo con todas las instrucciones.
No entienden estos compañeros de lucha que ese kit nos resulta muchas veces como las hallacas suecas, que la única verdad es la realidad y que nuestra realidad no está escrita en ningún tratado, la estamos escribiendo nosotros cada día.
Y pienso yo en mi hallaca, aquella que no se había inventado antes de que se inventara una hallaca, la que hicimos con la masa de maíz tan nuestra, con hojas de plátano ancestrales, con un guisito mestizo, con aceitunas andaluzas, especies del oriente, tomates de aquí.
Nos quedó muy buena la hallaca, tan buena que no hay otra igual, es nuestra, la hicimos nosotros para nosotros. Nos gustan tanto que las preparamos en familia y las comemos juntos, las intercambiamos con los amigos mas queridos, la celebramos.
Y sigo yo pensando en mi hallaca y digo: por qué no hacemos, probamos, mezclamos, ponemos un poquito de aquí, otra pizca de allá, como hace mi presi, que habla de Marx mientras agradece a Dios, que mezcla la chicha con la limonada y que no se derrumba el mundo por eso, que, por el contrario, está construyendo un país único, un modelo nuestro y que no hay recetas para inventar una hallaca si todavía no se ha inventado.
Y ¿que nombre le pondremos a esta receta? El que sea, cuando esté lista el que sea.
martes, 2 de octubre de 2007
Magdalena al Borde
Publicadas por
Carola
Capítulo III
Cucurrucucú, bujubuju, ¡bummm!
Dicen que por las noches
Nomas se le iba en puro llorar,
Dicen que no comía,
Nomas se le iba en puro tomar,
Juran que el mismo cielo
Se estremecía al oír su llanto…
Del borde de la barra se aferraba Magdalena para sostenerse en pié. Escuchaba bañada en lágrimas al mariachi colombiano, porque siempre eran colombianos los mariachis del Guanajuato y siempre cantaban aquella canción que, por ser tan como ella, la desgarraba.
Escuchaba a La Paloma de pié como quien escucha un himno. Cada vez que aquel forzado Jorge Negrete de Bucaramanga lanzaba aquel terrible cucurrucucú de pichón herido, a ella se le ponía la piel de gallina, o de paloma en este caso.
La desesperación actuaba en su contra repeliendo a los imposibles aspirantes a marido, que acudían en peregrinación cada viernes a su barra favorita para olvidar la semana que terminaba y para no pensar en la semana que se les venía encima.
Nadie quiere a una Paloma si hay Adelitas, Marías Bonitas, y un catálogo completo de mujeres solas en un mundo donde, según ellas, ya no quedan hombres.
Los mariachis callaron para dar paso al sonido de copas sucias y de una escoba que barría las colillas de los mil cigarros que hicieron del aire del Guanajuato una masa turbia e irrespirable.
Nadie escuchaba el sollozo de nuestra abatida heroína, los pocos empleados que quedaban en el bar solo querían dar la noche por terminada, no iban a alargarla por culpa de aquella sombra que se había vuelto tan habitual, que le barrían los zapatos de tacón, le trapeaban sus manos engarrotadas en la barra y, alguna vez, le pasaron el plumero por la cabeza confundiéndola con alguno de los objetos decorativos que daban al bar aquel aire de despecho que tanto gustaba a la clientela.
Solo Alejandra se detuvo esa noche a mirarla, solo ella desde su fracaso pudo comprender a Magdalena. También le habían barrido los pies en algún bar, también había sido un espectro solitario, por lo que el llanto bajito de Magdalena lo sonó como propio.
¿Tienes cómo irte a tu casa?- preguntó a Magdalena, pero las sombras no hablan, y menos si están llorando, así que la rodeó con sus brazos y lloró un rato con ella para luego llevársela pasito a pasito hasta donde la vida las llevara.
La vida las llevo al apartamento de Alejandra ya que La Paloma se había quedado dormida en el carro y ella no quiso interrumpirle aquellos minutos que parecían ser de paz.
Al llegar a la casa no tuvo mas remedio que interrumpir la aparente placidez de la pobre quien, medio dormida, cruzó el umbral para despertar abruptamente ante un altar lleno velas de colores, frutas, flores, amuletos, imágenes, caramelos, piedras, figuras de animales, plumas, ramas, caracoles, vasijas de barro, bombillitos intermitentes, collares, tabaco, todo aquello frente a sus ojos que no entendían lo que estaban mirando, que se sintieron mas borrachos que nunca, que prefirieron cerrarse y desmayarse un rato a ver si al despertar se encontraban otra vez con la imagen estéril de la lámpara del techo del cuarto de su Magdalena.
Despertó una y otra vez solo para convencerse de que había muerto y que el cielo no era el cielo de su catecismo. Que Dios era caribeño porque olía a guayabas y la música de las liras sonaba como tambores. Que San Pedro era Santa Petronila y vestía una bata de cayenas, fumaba un tabaco demasiado grueso para sus finos dedos y, borracha como ella, le sonreía encantada de verla allí muertita.
Así que el alma de Magdalena decidió descansar en paz y pasar la borrachera en ese cielo tropical hasta que saliera el sol, si es que el sol sale en el cielo.
Se despertó con un el penetrante y sabroso aroma de un café bien colado que le trajo Santa Petronila a la cama. Después de dar tantos tumbos por la vida, no le extrañó que la muerte fuera tan viva, con café, tostadas y unas florecitas en la bandeja.
Pero la vida y la muerte están llenas de decepciones. Alejandra no tardó en aclararle que el cielo no era el cielo, que solo era su casa, que si, que ella tenía altares en todos lados, el de Yemanyá, el de Buda, el de Ganesha, el de Santa Rita de Casia, de todo un poco porque, según ella, más es mejor.
Le rogó que no llorara, que bebiera el café despacio, que la escuchara, que la esperanza es lo último que se pierde, que te leo la borra y el tabaco y te digo, que estoy aprendiendo, que además tengo una bruja buenísima que lee las cartas, vístete que te llevo ya, que desde que la visito mi vida ha cambiado, que yo te entiendo mujer, estuve en ese mismo infierno y mírame ahora.
Magdalena la miraba y no veía nada mas que una mujer en technicolor que vivía en un templo atiborrado de templitos recargados y, que suponía, eran muy tediosos de mantener limpios y ordenados. No había un hombre de carne y hueso besando a esa loca esta mañana, no había un perro que le ladrara, pero había esperanza en sus ojos hinchados por la resaca, y fue justamente esa esperanza lo que contagió a nuestra Magdalena.
La guía espiritual, supo mientras iban a verla, era una señora ricachona que descubrió su don adivinatorio, como pasa a menudo en estos casos, después de rodar por las suntuosas escaleras de su casa y golpearse la cabeza una y mil veces contra los escalones de mármol hasta perder el conocimiento. Según ella misma cuenta, cuando abrió sus ojos descubrió que no tenía dos sino tres. Con el tercer ojos veía de maravilla, mientras que los otros dos, por tanto uso, necesitaban lentes de contacto que, además de ayudarla a ver mejor, convertían a unos corrientes ojos pardos en profundos ojazos azules como el cielo.
Desde entonces se dedicó a iluminar los caminos de cuanto ser sufrido acudía a ella. No lo hacía por dinero, decía, porque ya la vida había sido muy generosa con ella, pero cobraba porque así se lo habían ordenado desde arriba. No sabían nuestras nuevas amigas que la orden no venía desde ese arriba que ellas pensaban, venía de una salita que quedaba el piso superior de la casa, donde el marido de la vidente pasaba el día cosechando el fruto de la desesperación ajena.
En un saloncito que pretendía ser acogedor sin lograrlo. Sentada en un sofá lleno de cojines tiesos, dorados y con forma de corazones, Magdalena sintió un estremecimiento al ver entrar a la iluminada envuelta en una bata llena de madroños que parecía una cortina del palacio de Versalles. Era gorda, muy gorda y jadeaba al caminar mientras, con un diminuto pañuelo bordado, secaba el sudor que bajaba a chorros desde su papada hacia su profundo y arrugado escote.
-Sufres, veo que sufres amada criaturita.- Dijo mientras encendía un tabaco, evidente culpable de tan ronca y carrasposa voz. Claro que sufría, y no lo ocultaba, lloraba como una Magdalena. ¿Acaso no era ese su nombre?. Se sentaron una en frente de la otra, mesita rococó de por medio, un mazo de cartas sobadas por mil videntes de todos los tiempos, una vela de canela, un corazón de cuarzo rosa y el destino de Magdalena a punto de ser esparcido sobre aquella horrorosa mesita.
Corta aquí, en tres y con la mano izquierda, umjú, umjú, umjú… Echaba las cartas sobre la mesa y sus ojos artificiales parecían salirse de sus órbitas. El tercer ojo como que le explotó, y eso debe doler mucho porque dio un alarido imposiblemente agudo, se santiguó al derecho y al revés tres veces, y, llorando a moco tendido, echó a correr escalera arriba olvidando en su desesperación el pañuelito, el tabaco y el rollito de billetes que Magdalena le había entregado antes de comenzar.
Magdalena se quedó petrificada, las lágrimas se le esfumaron y solo el chirrido de sus dientes daban una señal de vida. No quería imaginar lo que había visto aquel ojo esotérico, suponía que sería algo espantoso ya que todavía escuchaba los alaridos de la gorda que ahogada en llanto suplicaba que sacaran a esa muerta en vida de su casa.
Muerta en vida se la llevo Alejandra. Su recién estrenada amiga parecía catatónica. No parpadeaba, respiraba muy de vez en cuando con suspiros profundos y quejumbrosos y ya ni siquiera lloraba.
Alejandra, una curiosa de oficio, se moría por saber que cosas había visto su maestra antes de enloquecer. Además tenía que recurrir a otros videntes porque el tercer ojo de su guía no había logrado ver aún a un hombre en su futuro y eso no se podía quedar así.
Fue de esa forma como comenzó el peregrinaje esotérico de Magdalena. De la opulenta casona de la bruja histérica, después de una noche de malos sueños, viajaron a un ranchito perdido en un pueblo de la costa, donde un negro macizo, le fumaría un tabaco hediondo en la cara, la caería a ramazos de ruda y para finalizar, en pleno trance, la bañaría de aguardiente y saliva a fuerza de escupitajos. Todo esto mientras hablaba una lengua desconocida, antigua, lejana.
-Ya está- Dijo en perfecto castellano el negrote con una sonrisa extenuada. Se acostó en su catre, bebió los últimos tragos de aguardiente que quedaban en la botella, Magdalena cerró los ojos esperando ser escupida de nuevo, pero no, en lugar de rociarle la cara, dejó escapar un eructo estruendoso y dijo: fuera Satanás y se quedó dormido.
Empegostada, hedionda y y confundida regresó a la casa de Alejandra, a quien el negrote le había pintado la cara con sangre de una gallina degollada in situ y le había cortado dos mechones de su melena dejándola bastante trasquilada.
Así subieron al ascensor que siempre iba vacío, siempre que estaban arregladitas y maquilladas, pero ese día, tres hermosos nuevos inquilinos se vieron obligados a compartir el aire denso de ese pequeño y claustrofóbico espacio con un par de locas apestosas.
Cinco pisos maldiciendo entre dientes, suplicándole a la tierra que se las tragara, disimulando su indisimulable facha. Cinco pisos que podían haber cambiado sus vidas, una puerta que no había terminado de abrir y tres guapos príncipes que huían llenos de dudas acerca del contrato de arrendamiento a largo plazo que acababan de firmar.
Otro día, otra consulta, y otra y otra y otra y otra y nada.
Habían perdido mucho tiempo y dinero, Magdalena había recuperado su certeza que estaba condenada a la soledad, pero la esperanza de Alejandra estaba intacta y tenía tanta que alcanzaría para las dos, además que su curiosidad por conocer el destino de su amiga era mas fuerte que su deseo de resolver su futuro. Por eso arrastró a nuestra atribulada heroína hasta la cocina de Zoila.
Zoila era una bruja tan bruja que no se tenía que adornar con escenografías, ni amuletos, o ningún tipo de utilería barata que, a su entender, solo servían para distinguir a los charlatanes. Ella hacía sus consultas en su cocina, entre frutas frescas, un marido, tres niños y un perro. Era una bruja tan maravillosa que podía darse el lujo de vivir una vida normal mientras descifraba el futuro, recetaba baños y hacía despojos.
Fue en ese ambiente tan hogareño, tan deseado, donde Magdalena y Alejandra obtuvieron respuestas. En la borra del café de Ale había un hombre alto, canoso y viudo, un matrimonio relámpago y una luna de miel eterna. Fue el café más sabroso de su vida.
Para Magdalena el tarot. En las cartas de Magda había tantas situaciones terribles y confusas que Zoila tuvo buscar y rebuscar entre un sin fin de calamidades, con una determinación casi heroica, hasta encontrar a un hombre. -Mira Magda ¡aquí está!.- exclamó victoriosa y aliviada. Es un viajero, con muchos kilómetros a cuestas, es guapo, es alto, delgado, y vestido de azul. No Magda, las cartas nunca dicen el número de teléfono, no. Está aquí, en tu futuro, lo veo contigo, llevándote y tu dejándote llevar. Va cantando tu amor, las cartas no mienten…
Magdalena buscaba a un viajero y ¿Que mejor lugar para buscarlo que en el aeropuerto? Pasó sus días caminando el terminal de arriba a abajo rastreando a su amor alto, delgado y vestido de azul. Seguro que era un piloto. Siempre le gustaron los hombres en uniforme…
Piloto que encontraba, piloto que tenía que darle primeros auxilios a causa de sus premeditados desmayos. Piloto que encontraba, piloto que huía despavorido al ser besado por la víctima mientras este le administraba la respiración boca a boca.
Se convirtió nuestra sufrida en una leyenda urbana: la loca del boca a boca. Su fama llegó mas allá de las fronteras aeroportuarias de tal modo, que se creo una especie de histeria colectiva que fue causante de algunos episodios muy confusos: Si alguna viejita se desvanecía en la calle, no había quien la socorriera por temor recibir un beso senil de labios arrugados. Si, en cambio, la accidentada era joven y atractiva, entonces sería aplastada por una horda de héroes al rescate que insistían en darle el boca a boca muy a pesar de que solo se le había torcido un tobillo.
Le prohibieron la entrada el aeropuerto a menos que presentara un boleto de avión y su pasaporte. Aquello fue un acto despiadado que acabo con la pequeña luz de esperanza que abrigaba en su magullado corazón.
Ignorando los consejos de Zoila Bruja y de su amiga Alejandra, quien cada día parecía estar mas feliz y distante, se recluyó en su atea habitación sin tener siquiera el consuelo de los santos milagrosos, ya que estaba convencida que los milagros no existen y los santos tampoco.
Un día cualquiera, creo que era un catorce de febrero, llamó Alejandra a su amiga del alma: Magda, me casé y me voy a Europa. Un silencio espeso seguido de un tartamudeante y atribulado ¿Si? Que bueno, me alegro mucho por ti y por quien quiera que sea tu marido, y luego un profundo gemido, dieron por zanjada una amistad intensa que había durado solo cuatro meses cuando se suponía que duraría toda la vida.
Esperó un tiempo. Esperó esperando que lo que esperaba no se hiciera esperar mas. Esperó hasta desesperar y, desesperada, por poco derribó a puñetazos la puerta de Zoila bruja. Exigía una explicación, una compensación, una consulta gratis con resultados instantáneos, quería a su vaticinado viajero, quería ser Alejandra, estar en Europa, caminando entre cagadas de palomas en cualquier placita de París, quería estar muerta, quería matar a alguien, no sabía lo que quería, quería si, quería a un hombre que no se fuera.
-Ya veo lo que pasa,- dijo Zoila, con la tranquilidad que caracteriza a quien ve un futuro brillante ante sus ojos; el suyo. -Alguien te ha montado un trabajo, una cosa muy fuerte y dañina, un trabajo hecho con mucho odio y envidia, veo sangre, veo excrementos, veo una mujer blanca muy mala y un hombre negro que está bien bueno. Perdón sigo, un negro hechicero que sabe mucho. Te han dañado mi amiga pero esto no se queda así. Al fuego agua, a los bichos palo y a este trabajo dinamita.
Si mi estimado lector, dinamita. Enterose Magdalena que para romper un hechizo de tal magnitud hay que tomar medidas explosivas. La receta es sencilla, por complicada que parezca: un cartucho de dinamita, una orilla de río, un hoyo en la tierra, un puñado de pelos de cola de rabipelao, una botella de aguardiente para encender el animo, y fósforos para encender la mecha.
Vestidas de blanco pureza, con los pies descalzos enterrados en el fango, cavaron el hoyo mientras Zoila, con los ojos en blanco, invocaba a cuanto espíritu bueno quisiera sumarse a tan compleja misión. Magdalena, siguiendo las instrucciones de Zoila, introdujo el cartucho en el hoyo, dibujó un circulo de aguardiente en la tierra y colocó el puñado de pelos de cola de rabipelao en el centro del mismo, luego se arrodilló y encendió un fósforo, con tan mala suerte que el aguardiente prendió fuego y este alcanzó la mecha y ¡bum!.
Una lluvia de piedras y lodo las aplastó contra el suelo. Zoila perdió el conocimiento y con él sus ancestrales poderes, como sucede a menudo en estos casos. Magdalena quedó tapada hasta el cuello, inmovilizada por el miedo y por varios kilos de tierra mojada y hedionda a vegetación podrida.
Cuando Zoila volvió en si, pidió ayuda a Yemanyá, pero no obtuvo respuesta, invocó a María Lionza y nada, llamó a su marido por el celular y tampoco. Sintió tanto odio por Magdalena que le lanzó una maldición estéril. Se sacudió la tierra, se limpió un poco de sangre que brotaba de su cabeza y, a modo de despedida definitiva le dijo: ¡Púdrete pavosa!
Enterrada hasta el pescuezo, a merced de los elementos y, peor aún, de los insectos a los cuales les tenía tanta grima. Impotente, inmovilizada, rodeada de vegetación y silencio, ¿Pedirá ayuda nuestra enlodada heroína? ¿Valdrá la pena hacerlo?
El zumbido en sus oídos, ¿es un zumbido en sus oídos?
No se pierda el próximo capítulo de este interminable suplicio hecho mujer:
Cucurrucucú, bujubuju, ¡bummm!
Dicen que por las noches
Nomas se le iba en puro llorar,
Dicen que no comía,
Nomas se le iba en puro tomar,
Juran que el mismo cielo
Se estremecía al oír su llanto…
Del borde de la barra se aferraba Magdalena para sostenerse en pié. Escuchaba bañada en lágrimas al mariachi colombiano, porque siempre eran colombianos los mariachis del Guanajuato y siempre cantaban aquella canción que, por ser tan como ella, la desgarraba.
Escuchaba a La Paloma de pié como quien escucha un himno. Cada vez que aquel forzado Jorge Negrete de Bucaramanga lanzaba aquel terrible cucurrucucú de pichón herido, a ella se le ponía la piel de gallina, o de paloma en este caso.
La desesperación actuaba en su contra repeliendo a los imposibles aspirantes a marido, que acudían en peregrinación cada viernes a su barra favorita para olvidar la semana que terminaba y para no pensar en la semana que se les venía encima.
Nadie quiere a una Paloma si hay Adelitas, Marías Bonitas, y un catálogo completo de mujeres solas en un mundo donde, según ellas, ya no quedan hombres.
Los mariachis callaron para dar paso al sonido de copas sucias y de una escoba que barría las colillas de los mil cigarros que hicieron del aire del Guanajuato una masa turbia e irrespirable.
Nadie escuchaba el sollozo de nuestra abatida heroína, los pocos empleados que quedaban en el bar solo querían dar la noche por terminada, no iban a alargarla por culpa de aquella sombra que se había vuelto tan habitual, que le barrían los zapatos de tacón, le trapeaban sus manos engarrotadas en la barra y, alguna vez, le pasaron el plumero por la cabeza confundiéndola con alguno de los objetos decorativos que daban al bar aquel aire de despecho que tanto gustaba a la clientela.
Solo Alejandra se detuvo esa noche a mirarla, solo ella desde su fracaso pudo comprender a Magdalena. También le habían barrido los pies en algún bar, también había sido un espectro solitario, por lo que el llanto bajito de Magdalena lo sonó como propio.
¿Tienes cómo irte a tu casa?- preguntó a Magdalena, pero las sombras no hablan, y menos si están llorando, así que la rodeó con sus brazos y lloró un rato con ella para luego llevársela pasito a pasito hasta donde la vida las llevara.
La vida las llevo al apartamento de Alejandra ya que La Paloma se había quedado dormida en el carro y ella no quiso interrumpirle aquellos minutos que parecían ser de paz.
Al llegar a la casa no tuvo mas remedio que interrumpir la aparente placidez de la pobre quien, medio dormida, cruzó el umbral para despertar abruptamente ante un altar lleno velas de colores, frutas, flores, amuletos, imágenes, caramelos, piedras, figuras de animales, plumas, ramas, caracoles, vasijas de barro, bombillitos intermitentes, collares, tabaco, todo aquello frente a sus ojos que no entendían lo que estaban mirando, que se sintieron mas borrachos que nunca, que prefirieron cerrarse y desmayarse un rato a ver si al despertar se encontraban otra vez con la imagen estéril de la lámpara del techo del cuarto de su Magdalena.
Despertó una y otra vez solo para convencerse de que había muerto y que el cielo no era el cielo de su catecismo. Que Dios era caribeño porque olía a guayabas y la música de las liras sonaba como tambores. Que San Pedro era Santa Petronila y vestía una bata de cayenas, fumaba un tabaco demasiado grueso para sus finos dedos y, borracha como ella, le sonreía encantada de verla allí muertita.
Así que el alma de Magdalena decidió descansar en paz y pasar la borrachera en ese cielo tropical hasta que saliera el sol, si es que el sol sale en el cielo.
Se despertó con un el penetrante y sabroso aroma de un café bien colado que le trajo Santa Petronila a la cama. Después de dar tantos tumbos por la vida, no le extrañó que la muerte fuera tan viva, con café, tostadas y unas florecitas en la bandeja.
Pero la vida y la muerte están llenas de decepciones. Alejandra no tardó en aclararle que el cielo no era el cielo, que solo era su casa, que si, que ella tenía altares en todos lados, el de Yemanyá, el de Buda, el de Ganesha, el de Santa Rita de Casia, de todo un poco porque, según ella, más es mejor.
Le rogó que no llorara, que bebiera el café despacio, que la escuchara, que la esperanza es lo último que se pierde, que te leo la borra y el tabaco y te digo, que estoy aprendiendo, que además tengo una bruja buenísima que lee las cartas, vístete que te llevo ya, que desde que la visito mi vida ha cambiado, que yo te entiendo mujer, estuve en ese mismo infierno y mírame ahora.
Magdalena la miraba y no veía nada mas que una mujer en technicolor que vivía en un templo atiborrado de templitos recargados y, que suponía, eran muy tediosos de mantener limpios y ordenados. No había un hombre de carne y hueso besando a esa loca esta mañana, no había un perro que le ladrara, pero había esperanza en sus ojos hinchados por la resaca, y fue justamente esa esperanza lo que contagió a nuestra Magdalena.
La guía espiritual, supo mientras iban a verla, era una señora ricachona que descubrió su don adivinatorio, como pasa a menudo en estos casos, después de rodar por las suntuosas escaleras de su casa y golpearse la cabeza una y mil veces contra los escalones de mármol hasta perder el conocimiento. Según ella misma cuenta, cuando abrió sus ojos descubrió que no tenía dos sino tres. Con el tercer ojos veía de maravilla, mientras que los otros dos, por tanto uso, necesitaban lentes de contacto que, además de ayudarla a ver mejor, convertían a unos corrientes ojos pardos en profundos ojazos azules como el cielo.
Desde entonces se dedicó a iluminar los caminos de cuanto ser sufrido acudía a ella. No lo hacía por dinero, decía, porque ya la vida había sido muy generosa con ella, pero cobraba porque así se lo habían ordenado desde arriba. No sabían nuestras nuevas amigas que la orden no venía desde ese arriba que ellas pensaban, venía de una salita que quedaba el piso superior de la casa, donde el marido de la vidente pasaba el día cosechando el fruto de la desesperación ajena.
En un saloncito que pretendía ser acogedor sin lograrlo. Sentada en un sofá lleno de cojines tiesos, dorados y con forma de corazones, Magdalena sintió un estremecimiento al ver entrar a la iluminada envuelta en una bata llena de madroños que parecía una cortina del palacio de Versalles. Era gorda, muy gorda y jadeaba al caminar mientras, con un diminuto pañuelo bordado, secaba el sudor que bajaba a chorros desde su papada hacia su profundo y arrugado escote.
-Sufres, veo que sufres amada criaturita.- Dijo mientras encendía un tabaco, evidente culpable de tan ronca y carrasposa voz. Claro que sufría, y no lo ocultaba, lloraba como una Magdalena. ¿Acaso no era ese su nombre?. Se sentaron una en frente de la otra, mesita rococó de por medio, un mazo de cartas sobadas por mil videntes de todos los tiempos, una vela de canela, un corazón de cuarzo rosa y el destino de Magdalena a punto de ser esparcido sobre aquella horrorosa mesita.
Corta aquí, en tres y con la mano izquierda, umjú, umjú, umjú… Echaba las cartas sobre la mesa y sus ojos artificiales parecían salirse de sus órbitas. El tercer ojo como que le explotó, y eso debe doler mucho porque dio un alarido imposiblemente agudo, se santiguó al derecho y al revés tres veces, y, llorando a moco tendido, echó a correr escalera arriba olvidando en su desesperación el pañuelito, el tabaco y el rollito de billetes que Magdalena le había entregado antes de comenzar.
Magdalena se quedó petrificada, las lágrimas se le esfumaron y solo el chirrido de sus dientes daban una señal de vida. No quería imaginar lo que había visto aquel ojo esotérico, suponía que sería algo espantoso ya que todavía escuchaba los alaridos de la gorda que ahogada en llanto suplicaba que sacaran a esa muerta en vida de su casa.
Muerta en vida se la llevo Alejandra. Su recién estrenada amiga parecía catatónica. No parpadeaba, respiraba muy de vez en cuando con suspiros profundos y quejumbrosos y ya ni siquiera lloraba.
Alejandra, una curiosa de oficio, se moría por saber que cosas había visto su maestra antes de enloquecer. Además tenía que recurrir a otros videntes porque el tercer ojo de su guía no había logrado ver aún a un hombre en su futuro y eso no se podía quedar así.
Fue de esa forma como comenzó el peregrinaje esotérico de Magdalena. De la opulenta casona de la bruja histérica, después de una noche de malos sueños, viajaron a un ranchito perdido en un pueblo de la costa, donde un negro macizo, le fumaría un tabaco hediondo en la cara, la caería a ramazos de ruda y para finalizar, en pleno trance, la bañaría de aguardiente y saliva a fuerza de escupitajos. Todo esto mientras hablaba una lengua desconocida, antigua, lejana.
-Ya está- Dijo en perfecto castellano el negrote con una sonrisa extenuada. Se acostó en su catre, bebió los últimos tragos de aguardiente que quedaban en la botella, Magdalena cerró los ojos esperando ser escupida de nuevo, pero no, en lugar de rociarle la cara, dejó escapar un eructo estruendoso y dijo: fuera Satanás y se quedó dormido.
Empegostada, hedionda y y confundida regresó a la casa de Alejandra, a quien el negrote le había pintado la cara con sangre de una gallina degollada in situ y le había cortado dos mechones de su melena dejándola bastante trasquilada.
Así subieron al ascensor que siempre iba vacío, siempre que estaban arregladitas y maquilladas, pero ese día, tres hermosos nuevos inquilinos se vieron obligados a compartir el aire denso de ese pequeño y claustrofóbico espacio con un par de locas apestosas.
Cinco pisos maldiciendo entre dientes, suplicándole a la tierra que se las tragara, disimulando su indisimulable facha. Cinco pisos que podían haber cambiado sus vidas, una puerta que no había terminado de abrir y tres guapos príncipes que huían llenos de dudas acerca del contrato de arrendamiento a largo plazo que acababan de firmar.
Otro día, otra consulta, y otra y otra y otra y otra y nada.
Habían perdido mucho tiempo y dinero, Magdalena había recuperado su certeza que estaba condenada a la soledad, pero la esperanza de Alejandra estaba intacta y tenía tanta que alcanzaría para las dos, además que su curiosidad por conocer el destino de su amiga era mas fuerte que su deseo de resolver su futuro. Por eso arrastró a nuestra atribulada heroína hasta la cocina de Zoila.
Zoila era una bruja tan bruja que no se tenía que adornar con escenografías, ni amuletos, o ningún tipo de utilería barata que, a su entender, solo servían para distinguir a los charlatanes. Ella hacía sus consultas en su cocina, entre frutas frescas, un marido, tres niños y un perro. Era una bruja tan maravillosa que podía darse el lujo de vivir una vida normal mientras descifraba el futuro, recetaba baños y hacía despojos.
Fue en ese ambiente tan hogareño, tan deseado, donde Magdalena y Alejandra obtuvieron respuestas. En la borra del café de Ale había un hombre alto, canoso y viudo, un matrimonio relámpago y una luna de miel eterna. Fue el café más sabroso de su vida.
Para Magdalena el tarot. En las cartas de Magda había tantas situaciones terribles y confusas que Zoila tuvo buscar y rebuscar entre un sin fin de calamidades, con una determinación casi heroica, hasta encontrar a un hombre. -Mira Magda ¡aquí está!.- exclamó victoriosa y aliviada. Es un viajero, con muchos kilómetros a cuestas, es guapo, es alto, delgado, y vestido de azul. No Magda, las cartas nunca dicen el número de teléfono, no. Está aquí, en tu futuro, lo veo contigo, llevándote y tu dejándote llevar. Va cantando tu amor, las cartas no mienten…
Magdalena buscaba a un viajero y ¿Que mejor lugar para buscarlo que en el aeropuerto? Pasó sus días caminando el terminal de arriba a abajo rastreando a su amor alto, delgado y vestido de azul. Seguro que era un piloto. Siempre le gustaron los hombres en uniforme…
Piloto que encontraba, piloto que tenía que darle primeros auxilios a causa de sus premeditados desmayos. Piloto que encontraba, piloto que huía despavorido al ser besado por la víctima mientras este le administraba la respiración boca a boca.
Se convirtió nuestra sufrida en una leyenda urbana: la loca del boca a boca. Su fama llegó mas allá de las fronteras aeroportuarias de tal modo, que se creo una especie de histeria colectiva que fue causante de algunos episodios muy confusos: Si alguna viejita se desvanecía en la calle, no había quien la socorriera por temor recibir un beso senil de labios arrugados. Si, en cambio, la accidentada era joven y atractiva, entonces sería aplastada por una horda de héroes al rescate que insistían en darle el boca a boca muy a pesar de que solo se le había torcido un tobillo.
Le prohibieron la entrada el aeropuerto a menos que presentara un boleto de avión y su pasaporte. Aquello fue un acto despiadado que acabo con la pequeña luz de esperanza que abrigaba en su magullado corazón.
Ignorando los consejos de Zoila Bruja y de su amiga Alejandra, quien cada día parecía estar mas feliz y distante, se recluyó en su atea habitación sin tener siquiera el consuelo de los santos milagrosos, ya que estaba convencida que los milagros no existen y los santos tampoco.
Un día cualquiera, creo que era un catorce de febrero, llamó Alejandra a su amiga del alma: Magda, me casé y me voy a Europa. Un silencio espeso seguido de un tartamudeante y atribulado ¿Si? Que bueno, me alegro mucho por ti y por quien quiera que sea tu marido, y luego un profundo gemido, dieron por zanjada una amistad intensa que había durado solo cuatro meses cuando se suponía que duraría toda la vida.
Esperó un tiempo. Esperó esperando que lo que esperaba no se hiciera esperar mas. Esperó hasta desesperar y, desesperada, por poco derribó a puñetazos la puerta de Zoila bruja. Exigía una explicación, una compensación, una consulta gratis con resultados instantáneos, quería a su vaticinado viajero, quería ser Alejandra, estar en Europa, caminando entre cagadas de palomas en cualquier placita de París, quería estar muerta, quería matar a alguien, no sabía lo que quería, quería si, quería a un hombre que no se fuera.
-Ya veo lo que pasa,- dijo Zoila, con la tranquilidad que caracteriza a quien ve un futuro brillante ante sus ojos; el suyo. -Alguien te ha montado un trabajo, una cosa muy fuerte y dañina, un trabajo hecho con mucho odio y envidia, veo sangre, veo excrementos, veo una mujer blanca muy mala y un hombre negro que está bien bueno. Perdón sigo, un negro hechicero que sabe mucho. Te han dañado mi amiga pero esto no se queda así. Al fuego agua, a los bichos palo y a este trabajo dinamita.
Si mi estimado lector, dinamita. Enterose Magdalena que para romper un hechizo de tal magnitud hay que tomar medidas explosivas. La receta es sencilla, por complicada que parezca: un cartucho de dinamita, una orilla de río, un hoyo en la tierra, un puñado de pelos de cola de rabipelao, una botella de aguardiente para encender el animo, y fósforos para encender la mecha.
Vestidas de blanco pureza, con los pies descalzos enterrados en el fango, cavaron el hoyo mientras Zoila, con los ojos en blanco, invocaba a cuanto espíritu bueno quisiera sumarse a tan compleja misión. Magdalena, siguiendo las instrucciones de Zoila, introdujo el cartucho en el hoyo, dibujó un circulo de aguardiente en la tierra y colocó el puñado de pelos de cola de rabipelao en el centro del mismo, luego se arrodilló y encendió un fósforo, con tan mala suerte que el aguardiente prendió fuego y este alcanzó la mecha y ¡bum!.
Una lluvia de piedras y lodo las aplastó contra el suelo. Zoila perdió el conocimiento y con él sus ancestrales poderes, como sucede a menudo en estos casos. Magdalena quedó tapada hasta el cuello, inmovilizada por el miedo y por varios kilos de tierra mojada y hedionda a vegetación podrida.
Cuando Zoila volvió en si, pidió ayuda a Yemanyá, pero no obtuvo respuesta, invocó a María Lionza y nada, llamó a su marido por el celular y tampoco. Sintió tanto odio por Magdalena que le lanzó una maldición estéril. Se sacudió la tierra, se limpió un poco de sangre que brotaba de su cabeza y, a modo de despedida definitiva le dijo: ¡Púdrete pavosa!
Enterrada hasta el pescuezo, a merced de los elementos y, peor aún, de los insectos a los cuales les tenía tanta grima. Impotente, inmovilizada, rodeada de vegetación y silencio, ¿Pedirá ayuda nuestra enlodada heroína? ¿Valdrá la pena hacerlo?
El zumbido en sus oídos, ¿es un zumbido en sus oídos?
No se pierda el próximo capítulo de este interminable suplicio hecho mujer:
Magdalena al borde