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domingo, 26 de agosto de 2007
De primeras veces y amores eternos.
Publicadas por
Carola
Para Augusto, que no opina lo mismo pero lo quiero igual...
Dicen que la primera vez nunca es buena, que incluso hay a quienes esa experiencia los marca para toda la vida y los llena de aprehensión.
Mi primera vez fue espantosa, en primer lugar por la escasez de candidatos, ninguno daba la talla pero estaba obligada a escoger, no solo por la presión social, sino también por la curiosidad natural que empuja a una adolescente a querer convertirse en una mujer porque ya le llegó la hora. En segundo lugar porque no estaba consciente de las consecuencias que aquel primer acto de adultez traería a mi vida y a la de todos los que me rodeaban.
Corría el año ochenta y tres y yo corría como loca por la vida, mirando, buscando sin saber a donde mirar ni que buscar, a los diecinueve años es muy difícil saber que es lo que se quiere, y en ese estado de indefensión me llegó el momento de elegir.
Me presentaron a un pediatra con cara de bonachón, un buen hombre que adoraba a su mamá, una viejita con cara de pediatra bonachón pero arrugada. También me presentaron a un mozo sonriente, con la nariz sonrosada, que daba la impresión de ser un buen bebedor. Tenía un nombre salvaje que no pegaba ni con cola con su copete aplastado, su camisa almidonada, sus uñas manicuradas.
Había mas candidatos claro, desde un brujo hasta alguna mujer que pretendía seducirme con el simple argumento de que las mujeres tenemos las mismas necesidades así que ella sabría satisfacer las mías.
Llegó el día impostergable. Acudí emocionada y temblorosa ante el miedo a lo desconocido, ante la duda, ante la responsabilidad que colgaba de mi espalda junto a mi ya pesada mochila.
Me impresionó la tranquilidad rutinaria con que me recibieron en el lugar de mi cita. Un dedo mudo me señaló el pequeño cubículo en el cual yo debía convertirme en adulta. Mi privacidad sería escasamente protegida por una improvisada cortinita de plástico que, de tapar, no tapaba nada. Respiré hondo, entré, y deposité en las manos del pediatra mis esperanzas y mi futuro.
Como pasa en la novelas baratas, él se burló de mi. Olvidó su rosario de promesas, nunca se molestó saber mi nombre, ni mirar mis ojos jovencitos e ingenuos. Para el solo fui un número más, una esperanza, un futuro entre los muchos que el, conscientemente, pensaba destruir.
Como en una novela barata me dije: la esperanza es lo último que se pierde, no voy a dejar de buscar, los finales felices si existen. Seré una mujer un día, tendré hijos y necesito que alguien me ayude a velar por ellos. Alguien inteligente, honesto, valiente, responsable, sensible, trabajador y si ademas es un buen conversador, romántico y serenatero mejor.
Paralelamente, y como la vida es un mazacote de cosas que soy incapaz de separar, además de este hombre perfecto, buscaba también a un novio que mereciera ser el padre de mis futuras hijas.
Los candidatos a marido eran muchos y variados; fue así como me encontré con algunos de esos hombres inseguros que no entienden que vale más una propuesta indecente que una mentira bonita, pues cuando una está dispuesta simplemente lo está. Hubo otros muy sinceros pero con malas mañas, unos sosos e incapaces de arrancarme ni un suspiro, y algún despistado que batió en vano su gruesa billetera para tratar de deslumbrarme.
La búsqueda se me hizo fastidiosísima, así que me refugié en un cuarto desordenado que compartía con dos impúdicos periquitos que se burlaban de mi soledad y desencanto amándose en mis narices. A mis periquitos no les preocupaba el futuro, ni la economía, ni los aranceles aduanales impuestos a la importación de libros, se besaban inocentes del hervidero de atropellos que se cometían mas allá de mi ventana. Nada como ser un periquito…
Pero la vida es como es, y muy a pesar de mi renuencia a aceptarlo, se parece a las telenovelas. No, no resulté siendo la hija perdida de un millonario que termina trabajando de sirvienta en casa de su propio padre. Pasó algo mejor, aparecieron, casi de manera simultánea, los dos hombres de mi vida. Uno sabiendo bien lo que hacía y el otro sin saber donde se metía.
El despistado se casó conmigo mientras el otro me dijo: Carola, voy preso, por ahora...
Nunca la felicidad es completa, suele decir mi suegra, y entonces tenía razón. Vino otro candidato con una jauría de chiripas, y se hizo presidente para terminar de patear lo poco que había dejado su predecesor. Pero en medio del saqueo y del reparto del botín, tuvo un lapsus el senil gobernante y, sin querer queriendo, sacó de la cárcel a mi Hugo.
Cuando me casé me preguntó la jueza: ¿aceptas a Oscar Vicente García para toda la vida? Y yo, con el salvoconducto del divorcio en mi liguero de novia enamorada dije ‘’si, para toda la vida’’, mientras clavaba mi mirada de ‘’cuidadito y te resbalas’’ a mi amantísimo novio que, muy a pesar de su despiste, no olvidó guardarse uno de esos salvoconductos en el bolsillo, junto al pañuelo que mas tarde usaría su madre para secar sus tradicionales lágrimas de suegra desconsolada. Ah el amor…
Juramos antes todos los presentes amarnos, respetarnos, apoyarnos. Y nos juramos a nosotros mismos que de de no hacerlo nos mandaríamos al carajo. Toda la vida es mucho tiempo.
Toda la vida es mucho tiempo y el dos mil siempre también. Tuve la extraña suerte de encontrar a los hombres que cumplen con una interminable lista de exagerados requisitos, me casé con uno para toda la vida y todos aplaudieron felices. El otro, a mi simple entender, un hombre maravilloso, único, irremplazable, uno de esos hombres que nacen cada doscientos años y pretenden decirme que no puedo tenerlo hasta el dos mil siempre.
Pues señores yo pataleo, mientras sea como ha sido yo lo quiero. Mirándolo a los ojos, como vi a Oscar aquella noche, con mi salvoconducto de referéndum guardadito en mi cartera, le clavo a mi presi mi mirada de: ‘’tu me lo diste y sabes que lo tengo, sabes perfectamente que si me decepcionas lo voy a usar sin que me tiemble el pulso.’’
Es por eso que me lanzo al agua y de cabeza y, satisfecha y aliviada, les doy mi SI a ambos, Chávez y García hasta el dos mil siempre.
Dicen que la primera vez nunca es buena, que incluso hay a quienes esa experiencia los marca para toda la vida y los llena de aprehensión.
Mi primera vez fue espantosa, en primer lugar por la escasez de candidatos, ninguno daba la talla pero estaba obligada a escoger, no solo por la presión social, sino también por la curiosidad natural que empuja a una adolescente a querer convertirse en una mujer porque ya le llegó la hora. En segundo lugar porque no estaba consciente de las consecuencias que aquel primer acto de adultez traería a mi vida y a la de todos los que me rodeaban.
Corría el año ochenta y tres y yo corría como loca por la vida, mirando, buscando sin saber a donde mirar ni que buscar, a los diecinueve años es muy difícil saber que es lo que se quiere, y en ese estado de indefensión me llegó el momento de elegir.
Me presentaron a un pediatra con cara de bonachón, un buen hombre que adoraba a su mamá, una viejita con cara de pediatra bonachón pero arrugada. También me presentaron a un mozo sonriente, con la nariz sonrosada, que daba la impresión de ser un buen bebedor. Tenía un nombre salvaje que no pegaba ni con cola con su copete aplastado, su camisa almidonada, sus uñas manicuradas.
Había mas candidatos claro, desde un brujo hasta alguna mujer que pretendía seducirme con el simple argumento de que las mujeres tenemos las mismas necesidades así que ella sabría satisfacer las mías.
Llegó el día impostergable. Acudí emocionada y temblorosa ante el miedo a lo desconocido, ante la duda, ante la responsabilidad que colgaba de mi espalda junto a mi ya pesada mochila.
Me impresionó la tranquilidad rutinaria con que me recibieron en el lugar de mi cita. Un dedo mudo me señaló el pequeño cubículo en el cual yo debía convertirme en adulta. Mi privacidad sería escasamente protegida por una improvisada cortinita de plástico que, de tapar, no tapaba nada. Respiré hondo, entré, y deposité en las manos del pediatra mis esperanzas y mi futuro.
Como pasa en la novelas baratas, él se burló de mi. Olvidó su rosario de promesas, nunca se molestó saber mi nombre, ni mirar mis ojos jovencitos e ingenuos. Para el solo fui un número más, una esperanza, un futuro entre los muchos que el, conscientemente, pensaba destruir.
Como en una novela barata me dije: la esperanza es lo último que se pierde, no voy a dejar de buscar, los finales felices si existen. Seré una mujer un día, tendré hijos y necesito que alguien me ayude a velar por ellos. Alguien inteligente, honesto, valiente, responsable, sensible, trabajador y si ademas es un buen conversador, romántico y serenatero mejor.
Paralelamente, y como la vida es un mazacote de cosas que soy incapaz de separar, además de este hombre perfecto, buscaba también a un novio que mereciera ser el padre de mis futuras hijas.
Los candidatos a marido eran muchos y variados; fue así como me encontré con algunos de esos hombres inseguros que no entienden que vale más una propuesta indecente que una mentira bonita, pues cuando una está dispuesta simplemente lo está. Hubo otros muy sinceros pero con malas mañas, unos sosos e incapaces de arrancarme ni un suspiro, y algún despistado que batió en vano su gruesa billetera para tratar de deslumbrarme.
La búsqueda se me hizo fastidiosísima, así que me refugié en un cuarto desordenado que compartía con dos impúdicos periquitos que se burlaban de mi soledad y desencanto amándose en mis narices. A mis periquitos no les preocupaba el futuro, ni la economía, ni los aranceles aduanales impuestos a la importación de libros, se besaban inocentes del hervidero de atropellos que se cometían mas allá de mi ventana. Nada como ser un periquito…
Pero la vida es como es, y muy a pesar de mi renuencia a aceptarlo, se parece a las telenovelas. No, no resulté siendo la hija perdida de un millonario que termina trabajando de sirvienta en casa de su propio padre. Pasó algo mejor, aparecieron, casi de manera simultánea, los dos hombres de mi vida. Uno sabiendo bien lo que hacía y el otro sin saber donde se metía.
El despistado se casó conmigo mientras el otro me dijo: Carola, voy preso, por ahora...
Nunca la felicidad es completa, suele decir mi suegra, y entonces tenía razón. Vino otro candidato con una jauría de chiripas, y se hizo presidente para terminar de patear lo poco que había dejado su predecesor. Pero en medio del saqueo y del reparto del botín, tuvo un lapsus el senil gobernante y, sin querer queriendo, sacó de la cárcel a mi Hugo.
Cuando me casé me preguntó la jueza: ¿aceptas a Oscar Vicente García para toda la vida? Y yo, con el salvoconducto del divorcio en mi liguero de novia enamorada dije ‘’si, para toda la vida’’, mientras clavaba mi mirada de ‘’cuidadito y te resbalas’’ a mi amantísimo novio que, muy a pesar de su despiste, no olvidó guardarse uno de esos salvoconductos en el bolsillo, junto al pañuelo que mas tarde usaría su madre para secar sus tradicionales lágrimas de suegra desconsolada. Ah el amor…
Juramos antes todos los presentes amarnos, respetarnos, apoyarnos. Y nos juramos a nosotros mismos que de de no hacerlo nos mandaríamos al carajo. Toda la vida es mucho tiempo.
Toda la vida es mucho tiempo y el dos mil siempre también. Tuve la extraña suerte de encontrar a los hombres que cumplen con una interminable lista de exagerados requisitos, me casé con uno para toda la vida y todos aplaudieron felices. El otro, a mi simple entender, un hombre maravilloso, único, irremplazable, uno de esos hombres que nacen cada doscientos años y pretenden decirme que no puedo tenerlo hasta el dos mil siempre.
Pues señores yo pataleo, mientras sea como ha sido yo lo quiero. Mirándolo a los ojos, como vi a Oscar aquella noche, con mi salvoconducto de referéndum guardadito en mi cartera, le clavo a mi presi mi mirada de: ‘’tu me lo diste y sabes que lo tengo, sabes perfectamente que si me decepcionas lo voy a usar sin que me tiemble el pulso.’’
Es por eso que me lanzo al agua y de cabeza y, satisfecha y aliviada, les doy mi SI a ambos, Chávez y García hasta el dos mil siempre.
domingo, 19 de agosto de 2007
Mozart con pelo chicharrón.
Publicadas por
Carola
Ah! La cultura, ese ‘’no se que’’ maravilloso e inalcanzable. Ese laberinto de sonatas, sinfonías, tocattas, fugas, allegros andantes, tenores, sopranos, trecento, quattrocento, cinquecento, manierismo, impresionismo, abstracionismo, odas, epopeyas, tragedias, elegías, acto primero, telón, arpa cuatro y maraca, golpe, polo y galerón.
Si, y Homero y Aquiles, pero Nazoa, y el viejito de la plaza que dice cosas bonitas en, voz baja, mientras alimenta a las palomas. La Gioconda en El Louvre, Las Meninas en El Prado y las flores y los peces que pintó mi gorda en mi pared y sin permiso.
Tonterías mías, esos arroces con mango que hacemos quienes no lo sabemos todo, los que escribimos por oído y bailamos a cualquier son.
Yo bailo mucho, hasta a Mozart bailo, para horror de los entendidos que no entienden que la música se siente, y que quienes sentimos mucho las cosas no podemos reprimirnos, y bailamos, aplaudimos a destiempo, lloramos a moco tendido, nos reímos…
Los entendidos no quieren que entendamos que la cultura es de todos, que todos hacemos cultura. Se inventaron una especie de Olimpo de cartón piedra al que solo pueden acceder ellos que saben y quienes paguen mucho para para aparentar sabiduría. Les aterra un Teresa Carreño con funciones populares de La Traviatta. ¡Dios mío! Hasta eso nos están quitando, Verdi se debe estar revolcando en su tumba, o no… No se si Verdi, pero seguro que Mozart si se revuelca, pero de risa.
No entienden los entendidos que las grandes obras maestras surgen de la irreverencia y del poco apego a las rígidas normas que ellos pretenden imponer. No entienden nada estos conocedores de todo, que inventan reglas para para estrangular los sentidos, y pretenden ser nuestros lazarillos ante una pintura, que lo que vemos no es lo que importa, sino lo que nos dicen que deberíamos ver, y por mucho que uno trata, no logra verlo porque no está allí...
Será que soy bruta, que Cezanne no pintó para mi, que no se dice que bonito, que se dice magistral, armonioso, profundo, nunca bonito, mujer ordinaria, nunca. Que no brinques en la silla al son de Bach, que ladees la cabeza, arquees una ceja y esboces media sonrisa enigmática sin mostrar los dientes torcidos. Que no puedes ir al concierto con franela y zapatos de goma, que desafina el cello y estornuda el primer violín.
Que no traigas a los niños que se van a fastidiar, que nos van a fastidiar, que esto es un templo, el templo de la cultura, y nosotros los sacerdotes que la preservamos de los embates de la ordinariez popular, que Otello es un blanco con la cara pintada de negro, como los bailarines de tap de las pelis de Shirley Temple, porque ¿Quién dijo que los negros saben de Opera?
Para los negros hay salsa, merengue y esas cosas que ellos oyen. El joropo que se quede en el llano, y esas flauticas andinas para los indios que viven allá y para los turistas bobos que se las llevan de souvenir.
Estos sabelotodos han creado murallas entre la gente y el arte. Entrar a una galería es exponerse a que lo miren a uno de arriba a abajo como buscando algún indicio del tamaño de tu chequera. Yo, generalmente, recibo del galerista una nariz arrugada de huele fó y una boca fruncida como si acabara de engullir un níspero pintón, pero entro y fastidio mirando, contaminando el ambiente exclusivo con mi plebeyez, y doy vueltas y miro y miro y muchas veces imito la expresión de quien no esconde la grima que le inspiro. Fastidio y me fastidio mirando esculturas de gordas en imposibles equilibrios, que un buen artista inventó hace mucho y otros malos copiones repiten hasta el hastío.
Entra una cliente potencial, estampada en logotipos, estirada, remendada con un delicado zurcido invisible, inflados los labios gastados, un párpado mas caído que el otro, un pestañear forzado de una piel que ya no da más. ¿Este es un Fulano de tal? -Pregunta emocionada y sin esperar respuesta narra como se compró tres de sus obras en París. El amabilísimo vendedor trata de no contradecirla, pero no es un fulano de tal, es un Perencejo Pérez, que hace lo mismo, pero fíjese en el estilo, en esa sutileza, ese pié diminuto sosteniendo semejante volumen, note usted la irreverencia y el magistral desafío a las leyes de la física, es todo un ‘’statement’’… La señora Rococó se llevó una de estas, la mas grande, la mas rotunda. ¿Fefé Rococó tiene una? Pues me llevo esta y esta y esta otra también.
Yo tuve la suerte de tener una pequeñísima galería de arte en Caracas. Fue un espacio que inventamos para vender las esculturas de mi esposo, que es un artista que casi nadie toma en cuenta porque se ríe de su propio trabajo, pero es que en verdad lo que hace da mucha risa, cosa que no les gusta a los galeristas, que no se ríen mucho para parecer personas serias.
Tuvimos la dicha de tener mucho éxito, cosa que tampoco les causó risa a estos enfurruñados conocedores. A mi galería llegaron otros artistas felices y desenfadados que no tenían que dar largas y confusas explicaciones sobre su trabajo para justificar, como suelen hacer algunos artistas verdaderos, que tres hojas de gamelote secas dentro de una inmensa caja de madera es una obra de arte conceptual que se llama ‘’Sequía’’.
Para drenar su frustración, los galeristas serios se dedicaron a explicarme muchas cosas sobre el arte, empeñados en hacerme ver que mi esposo me había engañado, que no era un artista y mucho menos talentoso, que su obra era muy fácil de descifrar, que no había que pensar y pensar durante horas buscando un significado oculto que, al parecer, solo conocen el creador y, por supuesto, el dueño de la galería: un ser superior que, gracias a sus relaciones sociales y a su capacidad de armar frases rimbombantes y sin sentido, es capaz de vender tres hojas de gamelote seco por un precio exorbitante.
Un día entró un despistado conocedor a mi galería, maravillado con tanta originalidad y desfachatez me preguntó: ¿De dónde es el artista? Venezolano. -Respondí. Ahhh, un artesano venezolano. -Me dijo arqueando una ceja. Esta muy bonito. -Dijo bonito, cuando él sabe mejor que nadie que no se dice bonito, que se dice, interesante propuesta, irónica, irreverente, cualquier cosa que suene rebuscada, pedante, superior.
El artesano y yo nos fuimos a ver el mundo y al cabo de diez años regresamos. Bastó que dijera mi gordo que había vivido en mayami y en Europa para que fuera promovido, de manera instantánea, de artesano del montón a artista genial. Si señora Rococó, estas obras, cargadas de humor e ironía, se venden en Mayami, Chicago, Boston, y en Europa. Es increíble que su autor sea tan poco conocido aquí en su tierra, que ironía ¿no?.
Y les pasaba a muchos artistas a quienes les sobra el talento y les faltan padrinos, un look cosmopolita, y la disposición de lamer zapatos caros a cambio de un espacio para exhibir su obra.
Les pasaba digo, porque algo está cambiando. Estamos rescatando ese espacio que había sido secuestrado por un puñado de personas, que se sintieron con derecho de quitarnos los que es de todos. Estamos abriendo puertas y tirando las llaves bien lejos, para que se queden abiertas, para que todos podamos entrar.
En estos días tiembla el mundo de la cultura en Venezuela, se atrincheran los conocedores en sus ateneos subvencionados por el estado, ponen el grito en el cielo porque se abren los espacios para esos pata en el suelo, que se dicen artistas y no los conoce nadie. Las cosas que tienen que soportar tan refinadas personas: el pueblo en el teatro donde, hasta no hace mucho, entraban solo ellos pagando pequeñas fortunas para ver a Luis Miguel. El pueblo escuchando a Mozart, aplaudiendo con manos callosas y percudidas, aprendiendo, disfrutando. El pueblo sobre el escenario cantando en lenguas nativas, inventando fusiones inimaginables, movimientos maravillosos, enseñándonos a conocernos, a encontrarnos, a querernos a nosotros mismos. Rescatamos nuestra autoestima y eso no les conviene a los guardianes de lo inalcanzable. Rescatamos nuestros espacios, alcanzamos, rebasamos, y eso les aterra. ¿Quien va a lamerles los pies ahora? ¿A quien le ven a restregar su superioridad en la cara?
Los entendidos están de luto porque Gustavo Dudamel, su Dudamel, dirigió a la orquesta que tocó el Himno Nacional el día que salió al aire TVes, la Televisora Venezolana Social, que reemplazó, por cierto, a un canal de descomposición social que, dirigido por los exquisitos, escupía basura al pueblo.
Si me permiten un consejo estimados señores superiores, desde mi mas profunda ignorancia y ordinariez, me atrevo a sugerirles que, si nos les gusta, desempolven sus abrigos, metan su soberbia en una maleta, y huyan a al Met de Nueva York, porque en Venezuela, Mozart ya no es un símbolo de status.
viernes, 10 de agosto de 2007
Esta boca es mía.
Publicadas por
Carola
Si de hablar se trata todos tenemos boca, mas o menos pasa lo mismo con la escritura, que es como hablar con los dedos. Tenemos medios muy democráticos en donde exponer nuestras ideas, debemos utilizarlos, pero, pienso, que antes hacerlo hay que saber que no todo lo que nos pasa por la cabeza es una idea digna de ser publicada.
Hay mil razones para escribir y mil razones para pensar antes de hacerlo. En esta revolución, cuando escribimos, debemos tratar de construir con lo que decimos porque de hacer lo contrario acabaríamos pareciéndonos a los amigos de la oposición.
Opinar es un ejercicio democrático y, como tal, debemos ser responsables de las opiniones que emitimos. Si vamos a emitir un juicio el cuidado debe ser extremo, no vaya a ser que acabemos convertidos en una especie de Torquemada ¿moderno?.
No podemos hablar en nombre de la revolución en términos inquisitoriales, no podemos ir por la vida olfateando enemigos con la nariz congestionada, y entre mocos, acorralar con ladridos locos a cualquiera que nos parezca que no huele a lo que queremos que huela.
Resulta que es muy variado el pelaje de los revolucionarios, que esta revolución es nuestra, de las mamás que empujamos cochecitos, de los viejitos que que se quedan dormidos viendo Aló Presidente, de los niños que preguntan si Chávez es bueno, de los teóricos, de los luchadores ex perseguidos que ahora ven como todo no fue en vano, de los que hacen mucho y no dicen nada y de los que hablamos mucho y hacemos poco, de los que ponen el pecho, de los que ponen la cabeza, de los que ponen el lápiz, de los desde su casa alimentan a sus hijos con ideas de igualdad. De todos, de muchos es esta revolución.
Muchas veces he expresado mi preocupación por la rara competencia en la que parece que estamos: el concurso del revolucionario de oro, competencia en la que, paradójicamente, mi presi no tiene ni el mas remoto chance de ganar por no cumplir con el requisito básico de vestiduras rasgadas, por no ser un perseguidor de sombras, por que no ladra a todo lo que se mueve, porque él es Chávez y no necesita demostrar a nadie que es mas chavista que si mismo.
No se cual es el trofeo que dan en ese concurso, pero creo que tiene mucho de alimento para el ego, soberbia y ganas de figurar, cosas que, al fin y al cabo, nada tienen que ver con una revolución bonita.
No se valora lo que uno escribe por la cantidad de lectores que indica el contador que ponen abajito, al final del artículo que, amablemente, nos publican en internet. Los mejores artículos tienen pocas visitas comparados con los artículos de títulos escandalosos y contenido vacío. Títulos acusadores, amenazantes, a veces groseros, cuartillas y cuartillas que repiten los mismos comentarios sobre la misma gente, que ya sabemos quienes son y que hicieron y qué harán.
Con tanto que decir y se dice tan poco...
Yo no quiero dar lecciones de ética periodística, ya que no soy más que una mamá que escribe. Yo hablo como lectora, que se pasa la mañana pescando en un mar inmenso donde hay escasez de ideas. Donde las palabras necias generan una epidemia de oídos sordos, donde miles de letras sin sentido diluyen la importancia de lo que estamos construyendo.
Estamos inventando una especie de prensa rosa política que, creo, debemos denominar la prensa roja rojísima. Chismes, dimes y diretes, acusaciones sin fundamento, que le vi el ojo izquierdo a fulano y se notaba que miraba raro, que si el otro no dijo marxista leninista, que dijo socialismo indigenista, que eso no me gusta, que eso no te debe gustar, que te dije traidor, que ahora me retracto, que te lo vuelvo a decir así que cuidadito, que yo si soy un revolucionario porque mira como escribo sin miedo detrás de mi computadora y que me digan pío que voy y escribo mas.
Nuestras palabras pueden ser herramientas, armas de destrucción masiva o un mazacote de letras mudas que nos roban el tiempo y las ganas de leer. Vamos a ver que hacemos con ellas y con los espacios donde las publicamos, en favor de los lectores, de nosotros mismos y del café de mis mañanas que, últimamente, como que no me sabe muy bien.
domingo, 5 de agosto de 2007
Apuntes sobre el capitalismo con cebolla picadita
Publicadas por
Carola
Capítulo I
Abrigos para pingüinos y otras formas de hacer el pendejo.
La soledad es un subproducto del primer mundismo. Mientras más desarrollado es un país, mas solitarios son sus habitantes. Los pobres, aprendí cuando pelé mucha bola en España, se apoyan para sobrevivir, mientras los ricos, aprendí cuando fui rica en mayami, se distancian del resto por cuestión de elegancia, distancia y categoría.
La soledad se promueve en una sociedad de consumo, puesto que genera un mercado infinito de productos para desesperados. Nada desespera mas que levantarse solo, comer solo, ver la tele solo, no ir al cine porque estás solo, olvidar cómo se baila, regañar al perro a las tres de la tarde con voz de recién levantado, porque si el perro no se caga en la alfombra, no hay necesidad de usar la voz.
La soledad deprime, pero no importa porque hay todo un alfabeto de antidepresivos en tu farmacia de la esquina: de la A a la Z del Anafranil al Zoloft, una pastilla para cada fobia que este trastorno te genere. Un efecto secundario por cada pastilla y otra pastilla para cada efecto secundario.
Todo con récipe médico, todo con consulta pagada, con póliza de seguro, con declaraciones de impuestos, con IVA, con recaídas, con dependencia, con miedo a la soledad que no se quita tomando pastillas que venden para que se quite una depre que te dio por no tener un alma con quien rescatar la tuya.
Buenos días. -dice telepáticamente el civilizado primermundista a su imagen en el espejo. Estoy mas gordo, mucho mas gordo, como, y como el doble de lo que debo, porque venden raciones familiares para gente sin familia. Engordo con chucherías empacadas en coloridos paquetes gigantes que dan la sensación de felicidad. Estoy muy gordo...
Pastillas para adelgazar, hierbas milagrosas, gimnasios para gente flaca, vergüenza de no ser uno de ellos, aparatos que venden en la tele para tener un gimnasio en casa, alimentos envasados en alegres paquetes que dan la sensación de que no los estás comiendo. Lasagna light, Diet Coke, galletas doble chocolate de la abuela fat free...
Galletas de chocolate de la abuela, eso es otro invento del mercado de la soledad. Una abuela genérica, gordita, sonrosada, canosa y sonriente. Una abuelita dulce que jamás se pone brava si te comes sus galletas recién horneadas hace quince días en una fabrica en Wisconsin.
Larry el lechero, pintado en dispensadores de leche automáticos, con su sonrisa de buenos días señora Smith, ¿como está su gatito? y la señora Smith, muda, introduce unas monedas en una máquina con la que jamás podrá engañar a su marido.
Y la seductora voz del cajero automático que te dice que no tienes saldo, y el contestador automático dice que no hay nadie en casa, y el simpático autolavado que te recuerda subir los cristales, y el cajón para tomarse fotos, al que entras mirando a los lados, aun cuando sabes que nadie te mira, que nunca te miran, y sonríes, y los músculos de los cachetes rechinan oxidados y haces todo ese doloroso esfuerzo porque una voz electrónica te dijo ‘’say cheese’’ y tu dijiste ‘’cheese’’ sin tener ni pizca de ganas.
En la casa una computadora para cada uno, celulares, iPods con audífonos aislantes, cada quien con su música, cada uno con su soledad y luego el mundo allá afuera: No ese mundo que aterra, que tiene alergenos y da rinitis, no el mundo en el que la ropa no te queda, el mundo imperfecto con calvicie, dientes torcidos, acné, ojos pequeños, narices grandes, tetas caídas, arrugas, miedo, soledad... Otro mundo, el mundo virtual.
Todo comenzó con las salas de chat, en dónde puedes decir que eres alto, musculoso, catira, voluptuosa, soltera, talla dos, millonario, audaz, treintón exitoso que no ha salido esta noche porque está cansado del acoso de las mujeres. Todo esto mientras comes papas fritas con una mano y tecleas con la otra, y olvidas que estás en pijamas y pantuflas y te imaginas que llevas ropa interior con pintas de leopardo, y te crecen los pechos y se achica la cintura, desaparece la celulitis, la barriga de cervecero, y te pareces a Brad Pitt o te confunden en la calle con Angelina Jollie.
Pero aparecen los webcams y las mentiras se derrumban, el mercado exige soluciones y éstas no tardan en llegar en forma de avatares. Algún genio con mucho ojo supo que los solitarios comunes y corrientes tampoco tendrían éxito en su vida virtual si no lucían bien, por lo tanto se crearon sociedades virtuales en las que pagando con dinero real, puedes adquirir esos ojos que no te dio tu madre, ese cuerpazo que el tiempo te robó, esos pantalones que no te entran ni con vaselina, esa actitud de mírenme que aquí estoy yo.
Hace unos días entré en uno de esos mundos llamado Second Life. Entré, di varias vueltas para tratar de entender por qué hay mas de ocho millones de personas registradas en ese ¿lugar?. Pues de nada sirvió porque mientras más vi menos entendí.
Para empezar, construyes tras un fastidiosísimo proceso, un personaje que puede ser como tu lo desees: alto, bajo, gordo, flaco, bonito, feo... Tienes tantas opciones que tu avatar puede terminar pareciéndose a ti, cosa que nadie quiere, pero de eso te enteras mas tarde cuando sales de la fábrica de alteregos al mundo virtual.
Como en Miami Beach, la mayoría de los avatares son rubias voluptuosas o exuberantes morenas, veinteañeros musculosos, bronceados, metrosexuales. En mi corta estadía no vi ningún viejo, ni gordos, ni chaparros que no dan la talla, tampoco quise quedarme para buscarlos.
Descubrí que se puede volar, así que salí volando de la plaza principal solo para estrellarme en una discoteca donde los avatares bailaban sin ganas, obligados por sus dueños solitarios, que creen que bailar es apretar una la tecla de ‘’enter’’ y nada más.
Descubrí que la propiedad privada virtual existe, que es muy cara y que se paga con dinero real. Puedes tener una isla, donde la arena no se te pega a los pies, pagando la módica suma de doscientos noventa y cinco dólares al mes. Puedes comprar camisas sin costuras ni tela, zapatos que no hacen ampollas aun cuando sean de estreno, puedes pagar para ver a otra avatar hacer un strip tease solo para ti, o al menos eso dice.
La terrible soledad de estar pegado a una pantalla viviendo tu vida a través de un muñeco pixelado, convirtiéndote en un triste Geppetto que sueña con ser Pinocchio. Creo que habrá que inventar un nuevo ansiolítico virtual para poder sobrellevar este mundo ‘’sin reglas’’ recién inventado. Tan sin reglas y sin sentido es que es la copia exacta de la decadencia del mundo real, donde todo tiene un precio, donde, pagando, el tamaño de las tetas no tiene límite, donde las mejores propiedades son de transnacionales reales que, se les queda pequeño el mundo físico y se lanzan a devorar megabytes, donde el dinero solo sirve para empobrecer el alma.
Yo pensé en estas personas que tuvieron la oportunidad de crear un mundo de cero y van y hacen una copia exacta de lo peor del mundo que tenemos. Que poco seso, que mezquindad.
Menos mal que mi hija jugaba afuera cuando yo, brevemente, fui una chica voladora, de edad indefinida y orejas de conejo. Aterricé con el timbre de la puerta, era Daniela, el patio estaba vacío. Corre Carola, préstame tu computadora que los niños están en el club de los pingüinos. -Me dijo con carita de apuro mi hija.
Los niños, dejaron el parque, las pelotas, la piscina y se sentaron cada uno frente a una pantalla convertidos en pingüinos virtuales, mientras suplicaban a sus padres que les dieran dinero para comprarles unos abrigos para que no murieran de frío. Se paga con tu tarjeta y ya, anda Carola, que todos tienen abrigos y gorras menos yo.
En el sofocante calor margariteño sentí un frío horrible que me atravesó la espalda y se alojó en mi corazón. Dos semanas hablando, explicando y dándome contra la pared de la incapacidad de mi hija para entender que no se puede comprar algo que no existe, cuando, en realidad, quien necesita un par de zapatos es ella que no deja de crecer, que cuesta mucho ganarse el dinero, que hay que trabajar un montón, que un pingüino no necesita chaquetas, que hay niños reales que si tienen frío, hambre, sed, que el mundo está lleno de mierda mi gorda, y que no nos debemos embarrar. ¿Cómo no pensaron en eso los creadores de pingüinos?
Terminé comprando, si, pero a mi manera, o a la de Daniela, que me demostró que las palabras cuando tienen sentido terminan calando. Me mandó mi hija a comprar plastilinas para hacer pingüinos con abrigos y esferas de anime para hacerles iglúes, y llevamos dos semanas construyendo un mundo con las manos y la cabeza, un mundo que se toca y no da frío en el corazón.
Abrigos para pingüinos y otras formas de hacer el pendejo.
La soledad es un subproducto del primer mundismo. Mientras más desarrollado es un país, mas solitarios son sus habitantes. Los pobres, aprendí cuando pelé mucha bola en España, se apoyan para sobrevivir, mientras los ricos, aprendí cuando fui rica en mayami, se distancian del resto por cuestión de elegancia, distancia y categoría.
La soledad se promueve en una sociedad de consumo, puesto que genera un mercado infinito de productos para desesperados. Nada desespera mas que levantarse solo, comer solo, ver la tele solo, no ir al cine porque estás solo, olvidar cómo se baila, regañar al perro a las tres de la tarde con voz de recién levantado, porque si el perro no se caga en la alfombra, no hay necesidad de usar la voz.
La soledad deprime, pero no importa porque hay todo un alfabeto de antidepresivos en tu farmacia de la esquina: de la A a la Z del Anafranil al Zoloft, una pastilla para cada fobia que este trastorno te genere. Un efecto secundario por cada pastilla y otra pastilla para cada efecto secundario.
Todo con récipe médico, todo con consulta pagada, con póliza de seguro, con declaraciones de impuestos, con IVA, con recaídas, con dependencia, con miedo a la soledad que no se quita tomando pastillas que venden para que se quite una depre que te dio por no tener un alma con quien rescatar la tuya.
Buenos días. -dice telepáticamente el civilizado primermundista a su imagen en el espejo. Estoy mas gordo, mucho mas gordo, como, y como el doble de lo que debo, porque venden raciones familiares para gente sin familia. Engordo con chucherías empacadas en coloridos paquetes gigantes que dan la sensación de felicidad. Estoy muy gordo...
Pastillas para adelgazar, hierbas milagrosas, gimnasios para gente flaca, vergüenza de no ser uno de ellos, aparatos que venden en la tele para tener un gimnasio en casa, alimentos envasados en alegres paquetes que dan la sensación de que no los estás comiendo. Lasagna light, Diet Coke, galletas doble chocolate de la abuela fat free...
Galletas de chocolate de la abuela, eso es otro invento del mercado de la soledad. Una abuela genérica, gordita, sonrosada, canosa y sonriente. Una abuelita dulce que jamás se pone brava si te comes sus galletas recién horneadas hace quince días en una fabrica en Wisconsin.
Larry el lechero, pintado en dispensadores de leche automáticos, con su sonrisa de buenos días señora Smith, ¿como está su gatito? y la señora Smith, muda, introduce unas monedas en una máquina con la que jamás podrá engañar a su marido.
Y la seductora voz del cajero automático que te dice que no tienes saldo, y el contestador automático dice que no hay nadie en casa, y el simpático autolavado que te recuerda subir los cristales, y el cajón para tomarse fotos, al que entras mirando a los lados, aun cuando sabes que nadie te mira, que nunca te miran, y sonríes, y los músculos de los cachetes rechinan oxidados y haces todo ese doloroso esfuerzo porque una voz electrónica te dijo ‘’say cheese’’ y tu dijiste ‘’cheese’’ sin tener ni pizca de ganas.
En la casa una computadora para cada uno, celulares, iPods con audífonos aislantes, cada quien con su música, cada uno con su soledad y luego el mundo allá afuera: No ese mundo que aterra, que tiene alergenos y da rinitis, no el mundo en el que la ropa no te queda, el mundo imperfecto con calvicie, dientes torcidos, acné, ojos pequeños, narices grandes, tetas caídas, arrugas, miedo, soledad... Otro mundo, el mundo virtual.
Todo comenzó con las salas de chat, en dónde puedes decir que eres alto, musculoso, catira, voluptuosa, soltera, talla dos, millonario, audaz, treintón exitoso que no ha salido esta noche porque está cansado del acoso de las mujeres. Todo esto mientras comes papas fritas con una mano y tecleas con la otra, y olvidas que estás en pijamas y pantuflas y te imaginas que llevas ropa interior con pintas de leopardo, y te crecen los pechos y se achica la cintura, desaparece la celulitis, la barriga de cervecero, y te pareces a Brad Pitt o te confunden en la calle con Angelina Jollie.
Pero aparecen los webcams y las mentiras se derrumban, el mercado exige soluciones y éstas no tardan en llegar en forma de avatares. Algún genio con mucho ojo supo que los solitarios comunes y corrientes tampoco tendrían éxito en su vida virtual si no lucían bien, por lo tanto se crearon sociedades virtuales en las que pagando con dinero real, puedes adquirir esos ojos que no te dio tu madre, ese cuerpazo que el tiempo te robó, esos pantalones que no te entran ni con vaselina, esa actitud de mírenme que aquí estoy yo.
Hace unos días entré en uno de esos mundos llamado Second Life. Entré, di varias vueltas para tratar de entender por qué hay mas de ocho millones de personas registradas en ese ¿lugar?. Pues de nada sirvió porque mientras más vi menos entendí.
Para empezar, construyes tras un fastidiosísimo proceso, un personaje que puede ser como tu lo desees: alto, bajo, gordo, flaco, bonito, feo... Tienes tantas opciones que tu avatar puede terminar pareciéndose a ti, cosa que nadie quiere, pero de eso te enteras mas tarde cuando sales de la fábrica de alteregos al mundo virtual.
Como en Miami Beach, la mayoría de los avatares son rubias voluptuosas o exuberantes morenas, veinteañeros musculosos, bronceados, metrosexuales. En mi corta estadía no vi ningún viejo, ni gordos, ni chaparros que no dan la talla, tampoco quise quedarme para buscarlos.
Descubrí que se puede volar, así que salí volando de la plaza principal solo para estrellarme en una discoteca donde los avatares bailaban sin ganas, obligados por sus dueños solitarios, que creen que bailar es apretar una la tecla de ‘’enter’’ y nada más.
Descubrí que la propiedad privada virtual existe, que es muy cara y que se paga con dinero real. Puedes tener una isla, donde la arena no se te pega a los pies, pagando la módica suma de doscientos noventa y cinco dólares al mes. Puedes comprar camisas sin costuras ni tela, zapatos que no hacen ampollas aun cuando sean de estreno, puedes pagar para ver a otra avatar hacer un strip tease solo para ti, o al menos eso dice.
La terrible soledad de estar pegado a una pantalla viviendo tu vida a través de un muñeco pixelado, convirtiéndote en un triste Geppetto que sueña con ser Pinocchio. Creo que habrá que inventar un nuevo ansiolítico virtual para poder sobrellevar este mundo ‘’sin reglas’’ recién inventado. Tan sin reglas y sin sentido es que es la copia exacta de la decadencia del mundo real, donde todo tiene un precio, donde, pagando, el tamaño de las tetas no tiene límite, donde las mejores propiedades son de transnacionales reales que, se les queda pequeño el mundo físico y se lanzan a devorar megabytes, donde el dinero solo sirve para empobrecer el alma.
Yo pensé en estas personas que tuvieron la oportunidad de crear un mundo de cero y van y hacen una copia exacta de lo peor del mundo que tenemos. Que poco seso, que mezquindad.
Menos mal que mi hija jugaba afuera cuando yo, brevemente, fui una chica voladora, de edad indefinida y orejas de conejo. Aterricé con el timbre de la puerta, era Daniela, el patio estaba vacío. Corre Carola, préstame tu computadora que los niños están en el club de los pingüinos. -Me dijo con carita de apuro mi hija.
Los niños, dejaron el parque, las pelotas, la piscina y se sentaron cada uno frente a una pantalla convertidos en pingüinos virtuales, mientras suplicaban a sus padres que les dieran dinero para comprarles unos abrigos para que no murieran de frío. Se paga con tu tarjeta y ya, anda Carola, que todos tienen abrigos y gorras menos yo.
En el sofocante calor margariteño sentí un frío horrible que me atravesó la espalda y se alojó en mi corazón. Dos semanas hablando, explicando y dándome contra la pared de la incapacidad de mi hija para entender que no se puede comprar algo que no existe, cuando, en realidad, quien necesita un par de zapatos es ella que no deja de crecer, que cuesta mucho ganarse el dinero, que hay que trabajar un montón, que un pingüino no necesita chaquetas, que hay niños reales que si tienen frío, hambre, sed, que el mundo está lleno de mierda mi gorda, y que no nos debemos embarrar. ¿Cómo no pensaron en eso los creadores de pingüinos?
Terminé comprando, si, pero a mi manera, o a la de Daniela, que me demostró que las palabras cuando tienen sentido terminan calando. Me mandó mi hija a comprar plastilinas para hacer pingüinos con abrigos y esferas de anime para hacerles iglúes, y llevamos dos semanas construyendo un mundo con las manos y la cabeza, un mundo que se toca y no da frío en el corazón.