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lunes, 23 de abril de 2007
Manual de costumbres y procederes de la clase media venezolana
Publicadas por
Carola
Capítulo XV
Cuento de navidad retro.
En mis tiempos de mayamera años ochenta ta’ barato dame dos, vivía, como muchos venezolanos, en el sur de Florida yuesey. La inmensa colonia venezolana estaba repartida principalmente en tres enclaves: Palm Aire, Inverrari Country Club y Bonaventure, que fue donde me tocó vivir a mi.
Bonaventure era una comunidad muy singular, por sus calles te podías encontrar frente a frente con Alberto de Mónaco paseando bici con Brooke Shields, o a los Bee Gees jugando tenis con la protagonista que hacía de buena en Dinastía, aquella cuyo peinado semejaba un casco blanco tieso de laca.
En ese ambiente tan jet set vivíamos muchos venezolanos sauditas, con dólares a cuatro treinta, repito, ta’ barato dame dos. Era aquello un arroz con mango exquisito, había un negro de apellido Verde, un albino de apellido Black, unas pavitas a quienes Santa Claus les había traído un Cadillac Gucci por navidad. Aquello era una oda a la ridiculez: Era un carrote blanco con la tapicería y el techo de vinil llenitos de¨Ges¨ entrelazadas, una banda roja, dorada y verde, que lo atravesaba de largo a largo justo por la mitad. Cualquier conocedor la identificaba como Gucci y los gafos como yo pensabamos que era un adorno de navidad. No había una tuerca que no tuviera un detallito exclusivo, un toquecito de clase, dorado, brillante y nuevo riquísimo. Las privilegiadas propietarias del esperpento vestían a la ultima moda, todo de la misma pinta del carro como para mimetizarse, solo destacaban sus labios rojos Chanel y sus peinados de Cleopatra al mejor estilo de Lila Morillo.
No recuerdo sus nombres, yo creo que nadie los recuerda, eran solo las del Cadillac Gucci, unas solteras codiciadas por codiciosos caza fortunas. Había que conocerlas para ser alguien, ellas pertenecían a un grupo de muchachos, que según se decía, había que conocer si querías llegar lejos en la vida: Mercedes Lauría, Claudia Vellutini, León Taurel, Ñuñú Brewer... Recuerdo que yo no era amiga de ninguno de ellos, eso me convertía irremediablemente en colombiana.
Había una extensa colonia colombiana que vivía una vida idéntica a la nuestra pero con unas arepas horribles, aplastadas y de trigo. Los descastados de ambos lados, los que no nos codeábamos con los muchachos indicados, hicimos una especie de pandilla en tierra de nadie y nos refugiamos de tanto glamour paseando en bicicleta como locos y jugando caimaneras de fútbol.
Todo comenzó a cambiar cuando las bellas, cansadas de los mismos novios, asomaron sus narices respingonas en nuestra cancha y descubrieron que los colombianos eran venezolanos y los venezolanos eran colombianos y que estaban de rechupete, según sus propias palabras. Notaron también, para su sorpresa, que el arquero que no atrapaba nunca la pelota era una muchacha.
Así me convertí en alguien. El Cadillac de las clones de Lila Morillo, repleto de maquilladas quinceañeras, se estacionó frente a mi casa, ignoraron mi aspecto futbolero, me invitaron a tomar café, me dieron la cola al partido de esa tarde, y se quedaron a aplaudir a destiempo.
Aplaudían con furor a mi hermano, un muchachote muy guapo, a Simón, a Adolfo, a Erick, a Javier, tenían un catálogo de piernas musculosas y suculentas para escoger y vitorear. Incluso las mías recibían los aplausos sospechosamente lésbicos de Elisa.
Me convirtieron en alguien muy a pesar de mi renuencia a parecerme a Cleopatra. Soportaron con paciencia mis botines de basket morados, mis blue jeans llenos de huecos y mis pelos parados. Más trabajo les costó tragar mis zarcillos hechos en casa con juguetes de piñata: un día unos aviones, otro unos cochinitos deformes, paticos, carritos y hasta tacitas de café. En fin, que yo nunca saldría en la portada de Vogue.
Así fue como mis amigos emigraron al lado oscuro y yo con ellos hasta la muerte. A los muchachos del lado oscuro nos les quedó mas remedio que bailar conmigo, ya que sus jevitas aplicaban la máxima de ¨ cuando hay santos nuevos...¨
Entre baile y baile y sin querer queriendo, uno de los codiciados herederos me declaró su amor, muy a pesar de que yo no lo codiciaba. Llorando me suplicó una noche que me vistiera como una persona, que el me amaba como un loco, pero no tanto como para no darse cuenta que yo, según sus cálidas palabras, no se como decirlo sin ofenderte Carola, tu eres chévere chama, pero pareces un mamarracho.
Mamarracho con aspiraciones a solterona, cualquier cosa con tal de no parecerme a Lila Morillo. Cualquier cosa antes que morirme por subir en un carro que parecía una cartera italiana.
Llevé a mis botines y a mis zarcillos a lugares que nunca soñaron conocer. Una vez estuvimos en una fiesta de quince años que le celebraba un adeco a su hijo menor. Como no tuvo una hija a quien hacerle su fiestón, de esos con orquesta, cuadrilla y vestido de princesa, él, ni tonto ni perezoso, le hizo una fiesta de príncipe a su varón.
Fue la cosa más absurda: Marquitos tuvo su cuadrilla, su vals y su traje de heredero al trono. Fueron unos quince años al revés, en el que un padre ciego de amor derrochó miles de dólares que no eran de el y le restregó en la cara a aquella cuerda de narices paradas, que él, si no tenia apellidos finos, le sobraba el billete y eso, al fin y al cabo, era mucho mejor.
Los quince de Marquitos desataron una epidemia de fiestas de mal gusto. Vi a una quinceañera llegar en la carroza de la mismísima Cenicienta, otra llegó a caballo vestida de dama antañona, con negrito esclavo y todo para ayudarla a desmontar. La más memorable fue una que descendió a la pista de baile sentada sobre una luna menguante que, sostenida por una guayas, amenazaba con desplomarse al no poder soportar el peso de aquella dulce debutante que estaba redondita de tanto comer dulces.
Fueron muchas y variadas las fiestas que se hacían en tan fiestera comunidad. Pero la madre de todas las celebraciones se programó para navidad: Una noche de gaitas en el Bonaventure Country Club a la cual acudieron compatriotas de los más recónditos y elegantes rincones mayameros, algunos eran tan elegantes e inalcanzables que ni aparecían en el mapa.
Gustavo Cisneros vino esa noche de uno de esos lugares para mezclarse un poco con la cochambrosa colonia venezolana clase media mayamera.
Todo el mundo decía fascinado: ¨mira es Gustavo Cisneros¨. Yo, con dieciséis añitos, no sabía quien era ese señor tan fastidioso que cada dos minutos interrumpía al grupo de gaitas, sin importarle que estuvieran muriendo de amor por Amparito, o navegando el Orinoco. El se levantaba de su silla y dejaba colgada en el respaldar su carísima chaqueta de piel de ante que lo protegía de las inclemencias del invierno floridiano, para arrebatar el micrófono al cantante y
tirarse un emotivo discursito.
Los discursos se volvían mas incoherentes, en la medida en que iban vaciando las botellas de whisky que compartía con Ignacio Salvatierra y otros señores barrigones.
Después de la media noche se paró por enésima vez y los pavos irreverentes lo empezaron a pitar, pero Gustavo insistía en emocionarse ante el micrófono regalándonos su sentir.
Nos había llamado hermanos, hijos, padres, compinches; con pucheros temblorosos nos habló del país que tanto amábamos pero que habíamos cambiado por aquellos lares tapizados de grama verde fertilizante y preciosos campitos de golf.
Como les decía, después de la media noche mientras daba su penúltimo discurso alguien mas pillo que el, y quizá más borracho, extrajo la chaqueta de Cisneros de su lugar para no devolverla jamás.
Gustavo, indignado, se subió al escenario otra vez y arrebató, en un arrebato de ira, el micrófono del maracucho colombiano que cantaba a San Benito, y dijo: Me robaron la chaqueta coño e' madres.
¡Venezolanos tenían que ser!
Y se fue para nunca más volver...
Una señora que había pasado toda la noche hiperventilando de la emoción por tener a semejante magnate sentado en la mesa de al lado, colorada por el sofocón, solo atinó a decir: ¡Qué pena con ese señor!
Cuento de navidad retro.
En mis tiempos de mayamera años ochenta ta’ barato dame dos, vivía, como muchos venezolanos, en el sur de Florida yuesey. La inmensa colonia venezolana estaba repartida principalmente en tres enclaves: Palm Aire, Inverrari Country Club y Bonaventure, que fue donde me tocó vivir a mi.
Bonaventure era una comunidad muy singular, por sus calles te podías encontrar frente a frente con Alberto de Mónaco paseando bici con Brooke Shields, o a los Bee Gees jugando tenis con la protagonista que hacía de buena en Dinastía, aquella cuyo peinado semejaba un casco blanco tieso de laca.
En ese ambiente tan jet set vivíamos muchos venezolanos sauditas, con dólares a cuatro treinta, repito, ta’ barato dame dos. Era aquello un arroz con mango exquisito, había un negro de apellido Verde, un albino de apellido Black, unas pavitas a quienes Santa Claus les había traído un Cadillac Gucci por navidad. Aquello era una oda a la ridiculez: Era un carrote blanco con la tapicería y el techo de vinil llenitos de¨Ges¨ entrelazadas, una banda roja, dorada y verde, que lo atravesaba de largo a largo justo por la mitad. Cualquier conocedor la identificaba como Gucci y los gafos como yo pensabamos que era un adorno de navidad. No había una tuerca que no tuviera un detallito exclusivo, un toquecito de clase, dorado, brillante y nuevo riquísimo. Las privilegiadas propietarias del esperpento vestían a la ultima moda, todo de la misma pinta del carro como para mimetizarse, solo destacaban sus labios rojos Chanel y sus peinados de Cleopatra al mejor estilo de Lila Morillo.
No recuerdo sus nombres, yo creo que nadie los recuerda, eran solo las del Cadillac Gucci, unas solteras codiciadas por codiciosos caza fortunas. Había que conocerlas para ser alguien, ellas pertenecían a un grupo de muchachos, que según se decía, había que conocer si querías llegar lejos en la vida: Mercedes Lauría, Claudia Vellutini, León Taurel, Ñuñú Brewer... Recuerdo que yo no era amiga de ninguno de ellos, eso me convertía irremediablemente en colombiana.
Había una extensa colonia colombiana que vivía una vida idéntica a la nuestra pero con unas arepas horribles, aplastadas y de trigo. Los descastados de ambos lados, los que no nos codeábamos con los muchachos indicados, hicimos una especie de pandilla en tierra de nadie y nos refugiamos de tanto glamour paseando en bicicleta como locos y jugando caimaneras de fútbol.
Todo comenzó a cambiar cuando las bellas, cansadas de los mismos novios, asomaron sus narices respingonas en nuestra cancha y descubrieron que los colombianos eran venezolanos y los venezolanos eran colombianos y que estaban de rechupete, según sus propias palabras. Notaron también, para su sorpresa, que el arquero que no atrapaba nunca la pelota era una muchacha.
Así me convertí en alguien. El Cadillac de las clones de Lila Morillo, repleto de maquilladas quinceañeras, se estacionó frente a mi casa, ignoraron mi aspecto futbolero, me invitaron a tomar café, me dieron la cola al partido de esa tarde, y se quedaron a aplaudir a destiempo.
Aplaudían con furor a mi hermano, un muchachote muy guapo, a Simón, a Adolfo, a Erick, a Javier, tenían un catálogo de piernas musculosas y suculentas para escoger y vitorear. Incluso las mías recibían los aplausos sospechosamente lésbicos de Elisa.
Me convirtieron en alguien muy a pesar de mi renuencia a parecerme a Cleopatra. Soportaron con paciencia mis botines de basket morados, mis blue jeans llenos de huecos y mis pelos parados. Más trabajo les costó tragar mis zarcillos hechos en casa con juguetes de piñata: un día unos aviones, otro unos cochinitos deformes, paticos, carritos y hasta tacitas de café. En fin, que yo nunca saldría en la portada de Vogue.
Así fue como mis amigos emigraron al lado oscuro y yo con ellos hasta la muerte. A los muchachos del lado oscuro nos les quedó mas remedio que bailar conmigo, ya que sus jevitas aplicaban la máxima de ¨ cuando hay santos nuevos...¨
Entre baile y baile y sin querer queriendo, uno de los codiciados herederos me declaró su amor, muy a pesar de que yo no lo codiciaba. Llorando me suplicó una noche que me vistiera como una persona, que el me amaba como un loco, pero no tanto como para no darse cuenta que yo, según sus cálidas palabras, no se como decirlo sin ofenderte Carola, tu eres chévere chama, pero pareces un mamarracho.
Mamarracho con aspiraciones a solterona, cualquier cosa con tal de no parecerme a Lila Morillo. Cualquier cosa antes que morirme por subir en un carro que parecía una cartera italiana.
Llevé a mis botines y a mis zarcillos a lugares que nunca soñaron conocer. Una vez estuvimos en una fiesta de quince años que le celebraba un adeco a su hijo menor. Como no tuvo una hija a quien hacerle su fiestón, de esos con orquesta, cuadrilla y vestido de princesa, él, ni tonto ni perezoso, le hizo una fiesta de príncipe a su varón.
Fue la cosa más absurda: Marquitos tuvo su cuadrilla, su vals y su traje de heredero al trono. Fueron unos quince años al revés, en el que un padre ciego de amor derrochó miles de dólares que no eran de el y le restregó en la cara a aquella cuerda de narices paradas, que él, si no tenia apellidos finos, le sobraba el billete y eso, al fin y al cabo, era mucho mejor.
Los quince de Marquitos desataron una epidemia de fiestas de mal gusto. Vi a una quinceañera llegar en la carroza de la mismísima Cenicienta, otra llegó a caballo vestida de dama antañona, con negrito esclavo y todo para ayudarla a desmontar. La más memorable fue una que descendió a la pista de baile sentada sobre una luna menguante que, sostenida por una guayas, amenazaba con desplomarse al no poder soportar el peso de aquella dulce debutante que estaba redondita de tanto comer dulces.
Fueron muchas y variadas las fiestas que se hacían en tan fiestera comunidad. Pero la madre de todas las celebraciones se programó para navidad: Una noche de gaitas en el Bonaventure Country Club a la cual acudieron compatriotas de los más recónditos y elegantes rincones mayameros, algunos eran tan elegantes e inalcanzables que ni aparecían en el mapa.
Gustavo Cisneros vino esa noche de uno de esos lugares para mezclarse un poco con la cochambrosa colonia venezolana clase media mayamera.
Todo el mundo decía fascinado: ¨mira es Gustavo Cisneros¨. Yo, con dieciséis añitos, no sabía quien era ese señor tan fastidioso que cada dos minutos interrumpía al grupo de gaitas, sin importarle que estuvieran muriendo de amor por Amparito, o navegando el Orinoco. El se levantaba de su silla y dejaba colgada en el respaldar su carísima chaqueta de piel de ante que lo protegía de las inclemencias del invierno floridiano, para arrebatar el micrófono al cantante y
tirarse un emotivo discursito.
Los discursos se volvían mas incoherentes, en la medida en que iban vaciando las botellas de whisky que compartía con Ignacio Salvatierra y otros señores barrigones.
Después de la media noche se paró por enésima vez y los pavos irreverentes lo empezaron a pitar, pero Gustavo insistía en emocionarse ante el micrófono regalándonos su sentir.
Nos había llamado hermanos, hijos, padres, compinches; con pucheros temblorosos nos habló del país que tanto amábamos pero que habíamos cambiado por aquellos lares tapizados de grama verde fertilizante y preciosos campitos de golf.
Como les decía, después de la media noche mientras daba su penúltimo discurso alguien mas pillo que el, y quizá más borracho, extrajo la chaqueta de Cisneros de su lugar para no devolverla jamás.
Gustavo, indignado, se subió al escenario otra vez y arrebató, en un arrebato de ira, el micrófono del maracucho colombiano que cantaba a San Benito, y dijo: Me robaron la chaqueta coño e' madres.
¡Venezolanos tenían que ser!
Y se fue para nunca más volver...
Una señora que había pasado toda la noche hiperventilando de la emoción por tener a semejante magnate sentado en la mesa de al lado, colorada por el sofocón, solo atinó a decir: ¡Qué pena con ese señor!
miércoles, 18 de abril de 2007
manual de costumbres y procederes de la clase media venezolana
Publicadas por
Carola
Capítulo ya perdí la cuenta...
Tengo y luego existo.
Tener es ser y mientras más tienes más eres. Pero para ser hay que mostrar, de nada sirve tener si no se te nota. Hay una serie de objetos que se hacen tan necesarios como el aire, sin ellos simplemente no existes.
De lo pequeño a lo grande vamos haciéndonos gente de bien: Anillos de oro, muchos en cada dedo pero jamás en el indice y el pulgar, eso es muy vulgar. De oro también debe ser la cadena con medallita del santo de tu preferencia, o el de tu mamá. Debe brillar al sol alguna piedra preciosa, ya verás donde te la pones, preferiblemente en tu mano perfectamente manicureada, y muévela, muévela mucho para encandilar a todo el mundo con los aquilatados destellos de una piedra bien tallada.
De nada sirve comprar ropa cara si no es notorio su precio. Dejar la etiqueta colgando de la manga de tu camisa atenta contra la etiqueta, la moral y las buenas costumbres. El dilema se resuelve con maravillosos logotipos estampados en todas partes, que gritan al mundo que esa camisa, ese pantalón, esos calzoncillos son de Christian Dior.
La cartera, antes un objeto netamente femenino que ahora se ha vuelto ¨bisexual¨, debe ser el complemento más logotipeado de todos los que lleves encima. Pero no cualquier cartera sirve por más simbolitos que tenga, debes pagar por ella más de ochocientos dólares, para que dentro puedas guardar tu billetera sin billetes y tu tarjeta de credito bloqueda, eso si, con mucho glamour.
Uno o más teléfonos celulares, de esos con mil botoncitos, mil lucecitas y mil soniditos. De esos que hacen de todo, que si oprimes bien los botones lavan, planchan y sacan a pasear al perro. No olvides los accesorios: una funda a juego con aquella cartera carísima, un aparato que te metes en la oreja y te conecta al mundo exterior y que además te da un aire futurista de lo mas chic. Trata de caminar hablando en voz muy alta sin que se vea el teléfono, aunque parezcas un loco gris, los entendidos entenderán que está a la última con la tecnología de punta.
Nada de lo que uses puede ser nacional.
Una vez vestido y alborotado, hay que salir. ¿Cómo saber que existes si nadie te ve? Para ir a donde sea necesitas una camionetota último modelo. Como la de tu compadre que se la echa de ricachón. Lo de las camionetas es como una pandemia con efecto dominó. Nadie tenía una hasta que el compadre millonario se la compró, con asientos de cuero, DVD adelante y atrás, cuarenta porta vasos para seis sedientos pasajeros, Mata burros, porque hay mucho chavista en la calle, alarma con rayo laser desintegrador molecular, porque hay mucho chavista en la calle.
Javier, yo no voy ni a la esquina en este carro 2004, no voy a soportar la miradita de superioridad de Cristina, que está ¨insopor¨ desde que va en camionetota. Me importa un pito si esos reales son para la inicial del apartamento, yo me quedo alquilada pero en camioneta, eso es invertir en autoestima.
Encienden los motores, se ponen sus lentes uff, ¿a dónde vamos con esta pelazón? Vamos al Ti Mangio Bene, pero ni se te ocurra pedir vino, nos comemos el pan con ajo, finges un desmayo y yo te saco en volandilla. Es que desde a la cachifa le dio por cobrar como si fuera persona estamos en la carraplana. Cualquiera cree cuidar carajitos y limpiar pocetas es un trabajo que requiere mucha cabeza. ¿Que limpie yo? ¡Que bolas tienes tu! Claro, porque yo fui a la universidad para terminar limpiando mocos y baños...
Tener blanquea, alisa chicharrones y aclara ojos, en fin, mientras más tienes más blanco, mientras más blanco mas gente.
Nosotros teníamos una camioneta Dodge del 75, de esas que se usan como carrito por puesto. Igualita a las que usan los asesinos en serie en las películas gringas. Con ella navegábamos por los mares del este capitalino. Era gracioso como nuestros labios se convertían en bembas, nuestros pelos se encrespaban y nuestra piel se oscurecía una vez que nos subíamos en ella. Si te equivocabas en una maniobra, no faltaba que alguien muy bronceado ¿por el sol? asomara su cabeza por la ventana de su camionetota y te gritara: ¡Negro tenias que ser!
Eramos víctimas de una especie de discriminación racial automovilística, a la cual se sumaban como victimarios los señores encargados de estacionar los carros en los restaurantes. Mientras más oscura era su piel, con más saña nos negreaban.
Una vez nos invitaron a la boda de un amigo que se celebraba en la Quinta Esmeralda, la madre de todas las salas de fiestas de Caracas. Decidimos varios amigos ir en cambote en la Dodge. Así que nos atapuzamos quince personas con tacones, lentejuelas, falalaos, corbatas, gomina, perfumes que se mezclaban hasta hacer el aire irrespirable y casi tóxico.
Al llegar a la fiesta había una cola de carros preciosos esperando ser estacionados por unos amables señores puestos allí para comodidad de los invitados. Nosotros, respetuosos de las normas, nos pusimos en la cola a esperar nuestro turno. En eso vi, entre las luces y el brillo, a un señor con la cara enfurruñada que nos hacía unas señas que casi casi parecían insultos. Se le notaba impaciente y de alguna manera ofendido. Como no le entendíamos el señor se puso más frenético y se acercó en dos zancadas hasta la ventana del conductor: ¿Traen música o comida? -Increpó. No, lo que traemos es unas ganas de coger una pea... -Le contestó insolente un amigo desde los asientos traseros.
El Señor, vestido de almirante sacudió sus charreteras doradas con indignación y nos mandó a estacionar afuera. Terminamos aparcando a cuatro cuadras del lugar. Taconeamos en bajada hasta la sala de fiestas y al llegar, como éramos blancas, como brillaba nuestra pedrería, como llevábamos acompañantes con corbata y gomina, el mismo almirante, nos abrió la puerta con un servilismo que él confundía con amabilidad.
En fin, parece que existimos para pisotear a otros más negros, más pobres y menos fashion que nosotros. Apenas los detectas ¡zuas! patada por el culo. Pero nunca debemos olvidar que somos clase media, que nuestros culitos están justo en la mitad y que arriba hay un montón de pies mas blancos, más ricos y más fashion que los nuestros dispuestos a pateárnoslos sin un ápice de compasión.
Tengo y luego existo.
Tener es ser y mientras más tienes más eres. Pero para ser hay que mostrar, de nada sirve tener si no se te nota. Hay una serie de objetos que se hacen tan necesarios como el aire, sin ellos simplemente no existes.
De lo pequeño a lo grande vamos haciéndonos gente de bien: Anillos de oro, muchos en cada dedo pero jamás en el indice y el pulgar, eso es muy vulgar. De oro también debe ser la cadena con medallita del santo de tu preferencia, o el de tu mamá. Debe brillar al sol alguna piedra preciosa, ya verás donde te la pones, preferiblemente en tu mano perfectamente manicureada, y muévela, muévela mucho para encandilar a todo el mundo con los aquilatados destellos de una piedra bien tallada.
De nada sirve comprar ropa cara si no es notorio su precio. Dejar la etiqueta colgando de la manga de tu camisa atenta contra la etiqueta, la moral y las buenas costumbres. El dilema se resuelve con maravillosos logotipos estampados en todas partes, que gritan al mundo que esa camisa, ese pantalón, esos calzoncillos son de Christian Dior.
La cartera, antes un objeto netamente femenino que ahora se ha vuelto ¨bisexual¨, debe ser el complemento más logotipeado de todos los que lleves encima. Pero no cualquier cartera sirve por más simbolitos que tenga, debes pagar por ella más de ochocientos dólares, para que dentro puedas guardar tu billetera sin billetes y tu tarjeta de credito bloqueda, eso si, con mucho glamour.
Uno o más teléfonos celulares, de esos con mil botoncitos, mil lucecitas y mil soniditos. De esos que hacen de todo, que si oprimes bien los botones lavan, planchan y sacan a pasear al perro. No olvides los accesorios: una funda a juego con aquella cartera carísima, un aparato que te metes en la oreja y te conecta al mundo exterior y que además te da un aire futurista de lo mas chic. Trata de caminar hablando en voz muy alta sin que se vea el teléfono, aunque parezcas un loco gris, los entendidos entenderán que está a la última con la tecnología de punta.
Nada de lo que uses puede ser nacional.
Una vez vestido y alborotado, hay que salir. ¿Cómo saber que existes si nadie te ve? Para ir a donde sea necesitas una camionetota último modelo. Como la de tu compadre que se la echa de ricachón. Lo de las camionetas es como una pandemia con efecto dominó. Nadie tenía una hasta que el compadre millonario se la compró, con asientos de cuero, DVD adelante y atrás, cuarenta porta vasos para seis sedientos pasajeros, Mata burros, porque hay mucho chavista en la calle, alarma con rayo laser desintegrador molecular, porque hay mucho chavista en la calle.
Javier, yo no voy ni a la esquina en este carro 2004, no voy a soportar la miradita de superioridad de Cristina, que está ¨insopor¨ desde que va en camionetota. Me importa un pito si esos reales son para la inicial del apartamento, yo me quedo alquilada pero en camioneta, eso es invertir en autoestima.
Encienden los motores, se ponen sus lentes uff, ¿a dónde vamos con esta pelazón? Vamos al Ti Mangio Bene, pero ni se te ocurra pedir vino, nos comemos el pan con ajo, finges un desmayo y yo te saco en volandilla. Es que desde a la cachifa le dio por cobrar como si fuera persona estamos en la carraplana. Cualquiera cree cuidar carajitos y limpiar pocetas es un trabajo que requiere mucha cabeza. ¿Que limpie yo? ¡Que bolas tienes tu! Claro, porque yo fui a la universidad para terminar limpiando mocos y baños...
Tener blanquea, alisa chicharrones y aclara ojos, en fin, mientras más tienes más blanco, mientras más blanco mas gente.
Nosotros teníamos una camioneta Dodge del 75, de esas que se usan como carrito por puesto. Igualita a las que usan los asesinos en serie en las películas gringas. Con ella navegábamos por los mares del este capitalino. Era gracioso como nuestros labios se convertían en bembas, nuestros pelos se encrespaban y nuestra piel se oscurecía una vez que nos subíamos en ella. Si te equivocabas en una maniobra, no faltaba que alguien muy bronceado ¿por el sol? asomara su cabeza por la ventana de su camionetota y te gritara: ¡Negro tenias que ser!
Eramos víctimas de una especie de discriminación racial automovilística, a la cual se sumaban como victimarios los señores encargados de estacionar los carros en los restaurantes. Mientras más oscura era su piel, con más saña nos negreaban.
Una vez nos invitaron a la boda de un amigo que se celebraba en la Quinta Esmeralda, la madre de todas las salas de fiestas de Caracas. Decidimos varios amigos ir en cambote en la Dodge. Así que nos atapuzamos quince personas con tacones, lentejuelas, falalaos, corbatas, gomina, perfumes que se mezclaban hasta hacer el aire irrespirable y casi tóxico.
Al llegar a la fiesta había una cola de carros preciosos esperando ser estacionados por unos amables señores puestos allí para comodidad de los invitados. Nosotros, respetuosos de las normas, nos pusimos en la cola a esperar nuestro turno. En eso vi, entre las luces y el brillo, a un señor con la cara enfurruñada que nos hacía unas señas que casi casi parecían insultos. Se le notaba impaciente y de alguna manera ofendido. Como no le entendíamos el señor se puso más frenético y se acercó en dos zancadas hasta la ventana del conductor: ¿Traen música o comida? -Increpó. No, lo que traemos es unas ganas de coger una pea... -Le contestó insolente un amigo desde los asientos traseros.
El Señor, vestido de almirante sacudió sus charreteras doradas con indignación y nos mandó a estacionar afuera. Terminamos aparcando a cuatro cuadras del lugar. Taconeamos en bajada hasta la sala de fiestas y al llegar, como éramos blancas, como brillaba nuestra pedrería, como llevábamos acompañantes con corbata y gomina, el mismo almirante, nos abrió la puerta con un servilismo que él confundía con amabilidad.
En fin, parece que existimos para pisotear a otros más negros, más pobres y menos fashion que nosotros. Apenas los detectas ¡zuas! patada por el culo. Pero nunca debemos olvidar que somos clase media, que nuestros culitos están justo en la mitad y que arriba hay un montón de pies mas blancos, más ricos y más fashion que los nuestros dispuestos a pateárnoslos sin un ápice de compasión.
martes, 17 de abril de 2007
En el este de Caracas la tierra es plana.
Publicadas por
Carola
Nos lo han embutido en el colegio, todos deberíamos saber que la tierra es redonda. Quinientos y pico años después de la llegada de Colón he hecho un descubrimiento me deja perpleja: en el este de Caracas la tierra es plana.
Como en tiempos pre-maría castáñicos, cuando se argumentaba que vivíamos sobre una gran cachapa sostenida por una tortuga, y en los que se discutía si que era posible que hubiera otro tipo de habitantes en la cara reversa de ese mundo aplastado: Imposible, decían algunos, y si los hubiera no serían hijos de Dios. Los descendiente de Adán y Eva no podrían haber cruzado océanos desconocidos hacia un lugar incierto. Si los hubiese, no serían humanos, serian monstruos horribles, violentos, sin alma.
Claro que Colón llegó al otro lado de un mundo redondo, muchos lo hicieron antes que el pero nadie supo venderse mejor. Entonces se confirmó a gritos la tesis de la redondez de la tierra pero también la de los antípodas, aquellos monstruos salvajes, sin alma, violentos e inferiores que habitaban del otro lado. Al menos ese fue el argumento utilizado para esclavizar, violar, matar, a la mayor parte de la población de este lado del mundo.
Como siempre, cada quien toma de la verdad lo que mejor le convenga. Y eso es justamente lo que pasa en el este de Caracas. Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebras.
Para muchos habitantes del este capitalino, el mundo se acaba en Chacaito, por un lado, y Los Palos Grandes por el otro, Chacao, Baruta y El Hatillo forman un pequeño, bonito mundo protegido a punta de Multilock. Más allá, lo desconocido, un océano plagado de bestias horripilantes que amenazan constantemente a quien se atreva a asomar su respingada nariz por encima del cristal que los separa del fin del mundo.
Recuerdo que una vez cuando era una pava, nos dijo un taxista que el metro llegaba hasta Catia. ¿Catia, seguro? -Preguntamos emocionadas. Claro, se suben en Chacaito en dirección a Propatria y se bajan en el Boulevard de Catia. ¡Que chévere! -Dijimos. -Mañana vamos para allá, y comenzamos a hacer planes ante la mirada perpleja de nuestro interlocutor.
Al día siguiente brillaba el sol para acompañarnos en nuestro paseo perfecto. Nos pusimos lindas, playeras, con zarcillotes de goma, pantaloncitos cortos y los trajes de baño abajo. Los bolsos repletos de bronceador, crema para el cabello, agua mineral y unas manzanas y mandarinas. Caracas, cada vez más cosmopolita, tenia un metro nuevecito que llegaba hasta Catia. Nos íbamos a la playa en metro...
Este metro está bonito pero le falta el carácter del de Nueva York. -Dijo una de mis amigas, que estudiaba diseño de moda y amaba los grafittis. Nos sentamos en nuestro vagón como cucarachas en baile de gallina, claro que las cucarachas eran ellos, nosotras exóticas aves del paraíso.
¡Tin, tin tun! Estación Pérez Bonalde. -Se escuchó una voz nasal por los parlantes del vagón. Es aquí, que maravilla, es rapidito. Así podemos acercarnos a la playa a cada rato.
Salimos y nos encontramos en medio de un mercado ambulante, ruidoso, oloroso a humo de motos y fritangas. ¿Estas segura de que es aquí donde nos dijo el taxista? Señor, ¿dónde está la playa? ¿Cómo que cuál playa? La de Catia, ¿Acaso no estamos en Catia?
¿Catia la mar? ¿Es que hay otra Catia? Dios mío, y ¿cómo salimos de aquí?
¡Corre, agarra bien la cartera Kiki! Coño que susto, mira a todos eso tipos como nos bucean. ¡Corran!.
¡Tin,tin, tun! Estación Chacaito. Que alivio, salimos vivas y con el peinado intacto.
En otra ocasión nos tocó ir a Macarao con la clase de sociología de la universidad. El pobre profesor nos dio una lista de normas que debíamos cumplir al pie de la letra para no matarlo de vergüenza: traer ropa sencilla, cero prendas o bisutería, no pagar por nada de lo que nos ofrezcan, mantenerse con el grupo y, por favor, se los pido de corazón, quiten la cara de susto que tienen ahora.
Nos encontramos en el estacionamiento de la universidad, José Ramón, el profe, se veía ansioso y no era para menos, mis compañeras de clase tenían un concepto de sencillez nada sencillo: blue jeans Pepe, franelas Benetton, zapatos Reebok fucsia, lentes Rayban para proteger los ojos del sol y de lo que podían ver allá en ¨Macaco¨, todo de última moda y carísimo. Ay profe, la cadenita de la Virgen del Carmen no me la puedo quitar porque mi mamá me dijo que la lleve para que me proteja, uno no sabe que puede pasar en un lugar así...
En caravana, con José Ramón de guía, dejamos atrás la seguridad del mundo que conocíamos, fuimos más allá de Plaza Venezuela y lo seguimos desorientadas hasta llegar a un estacionamiento de tierra debajo de un cerro lleno de ranchos.
Bajamos y nos arremolinamos como pollitos en torno al profe, él nos suplicó que ya que no habíamos podido ser sencillas al vestir, que por lo menos guardáramos los lentes en los coquetos morralitos de excursionistas urbanas que habían traído las alumnas más coquetas.
Los Reebok fuscia subían en fila india por una escalera de tierra que no parecía tener fin. No pudieron ser sencillas y no pudieron quitar la cara de susto añadiendole unas narices arrugadas como si algo les oliera mal.
Se tensaron los cuerpos al ver bajar a un cinco muchachotes con una pelota: mosca chamas, agarren bien las carteras. Los muchachos nos miraban entre curiosos y divertidos, y el más jodedor, cuando estaba frente a la fila nos dijo con los ojos pelaos: BU!
Todas, sin excepción pegamos un brinco, alguna dejaron escapar un grito de terror, y María Cecilia, que era la más nerviosa intentó correr cerro abajo.
Las carcajadas de José Ramón y los muchachos indignaron a mis compañeras, y yo que también brinqué del susto, me empecé a reír. ¡Negros tenían que ser! y tu una pelabolas.
Luego en la casa de una señora, allá arriba, donde no puede vivir nadie, nos regalaron unos refrescos que muchas no bebieron porque eran Golden Cup y esos sabores raros que no hay quien los trague. José Ramón les pelaba los ojos como una mamá avergonzada como diciendo en clave ¨tómense esa vaina o las mato¨ pero nada...
La hija de un banquero conmovida por la humildad de la señora sacó un billete de quinientos de entonces y se lo ofreció a la señora que no sabia donde esconder la cara.
Nos rasparon sin haber presentado examen. Nunca nadie regañó a sus ilustres alumnas como lo hizo el profe. tanto nos dijo que se ganó un regaño horroroso e injustísimo de sus superiores que lo puso al borde de la renuncia. Si no fuera porque acababa de ser papá...
Por eso entiendo cómo mis amigos dicen que los cayeron a tiros en Puente Llaguno. Podían estar en La Bombilla de Petare, o en San Juan de los Morros pero si alguien les dice que eso era Puente Llaguno, es que era Puente Llaguno.
La tierra es plana en Baruta, Chacao y El Hatillo para muchos, y para el resto, si es que deciden que es redonda, cual conquistadores consideran que quienes viven más allá de su mundo ¨civilizado¨ son antípodas. Lo que los tiene con los pelos de punta es que esa cuerda de salvajes, hayan llevado al su líder tribal al sagrado recinto presidencial y éste a su vez les haya dado derechos de hombre libre y pensantes y peor aun, les permite ir al Sambil.
Bien han sabido hacer los gringos ese hermoso muro en el borde sureño de su reino...
¡Coño Leopoldo, buena idea!
lunes, 16 de abril de 2007
Celebrar la vida
Publicadas por
Carola
Para Caeto
Ante la muerte de un amigo, no me queda más remedio que celebrar la vida.
La vida es muy sencilla, pero se han empeñado en hacérnosla complicada. La vida está allí llenita de cosas que no vemos porque nos atravesaron vitrinas, carros, semáforos, ropa bonita, casotas, joyas y bisutería.
Bisutería, eso es lo que buscamos y se nos va la vida en ello. Destruimos un río por encontrar un diamante, que luego hay que tallar para que no parezca lo que era, y lucirlo en un dedo, un solitario dedo que podía haberse mojado con muchos otros dedos, manos, piernas, ojos y labios en el agua limpia del río que nos dio por destruir.
La vida es linda hasta cuando es mala, siempre hay alguna flor, alguna manito de niño, hay miradas, hay besos, hay aire que te despeina, hay mar y montañas, hay amigos, hay amores, hay risas y carcajadas, hay música, hay pájaros, hay palabras y abecedarios para jugar al rompecabezas...
Nos empeñamos en llenar nuestras manos con bolsas llenas de cosas inútiles que no sabemos donde colocar, mientras nos olvidamos de llenar nuestras manos con otras manos, nuestros ojos con otros ojos, nuestros labios con otros labios...
¿Cuánto cuestan los besos que no hemos dado? ¿Cómo se recuperan los besos que no dimos?
Los seguros de vida nos pagan por las vidas que se pierden, hasta a eso le han dado un precio. Respiramos aliviados al saber que un niño huérfano no se va a quedar en la calle, su papá fue responsable y previsor y pensó en eso. Trabajó como un loco hasta reventar para darle todo a su niño, pero para el niño su papá era todo.
La vida es gratis, lo que se compra nos es parte de la vida, no lo necesitamos si para tenerlo nos dejamos la vida en ello.
Me declaro una perdedora, me declaro irresponsable, me declaro fracasada, no tengo un centavo a mi favor, pero tampoco lo tengo en mi contra.
Estoy viva, estamos vivos. Vengan los labios, las manos, las flores, la brisa, los sueños, el río, el mar, el cielo, los pájaros, los niños, la risa y todas esas cosas cursis e inútiles que le dan a la vida sentido.
Regalo besos porque estoy viva...
Ante la muerte de un amigo, no me queda más remedio que celebrar la vida.
La vida es muy sencilla, pero se han empeñado en hacérnosla complicada. La vida está allí llenita de cosas que no vemos porque nos atravesaron vitrinas, carros, semáforos, ropa bonita, casotas, joyas y bisutería.
Bisutería, eso es lo que buscamos y se nos va la vida en ello. Destruimos un río por encontrar un diamante, que luego hay que tallar para que no parezca lo que era, y lucirlo en un dedo, un solitario dedo que podía haberse mojado con muchos otros dedos, manos, piernas, ojos y labios en el agua limpia del río que nos dio por destruir.
La vida es linda hasta cuando es mala, siempre hay alguna flor, alguna manito de niño, hay miradas, hay besos, hay aire que te despeina, hay mar y montañas, hay amigos, hay amores, hay risas y carcajadas, hay música, hay pájaros, hay palabras y abecedarios para jugar al rompecabezas...
Nos empeñamos en llenar nuestras manos con bolsas llenas de cosas inútiles que no sabemos donde colocar, mientras nos olvidamos de llenar nuestras manos con otras manos, nuestros ojos con otros ojos, nuestros labios con otros labios...
¿Cuánto cuestan los besos que no hemos dado? ¿Cómo se recuperan los besos que no dimos?
Los seguros de vida nos pagan por las vidas que se pierden, hasta a eso le han dado un precio. Respiramos aliviados al saber que un niño huérfano no se va a quedar en la calle, su papá fue responsable y previsor y pensó en eso. Trabajó como un loco hasta reventar para darle todo a su niño, pero para el niño su papá era todo.
La vida es gratis, lo que se compra nos es parte de la vida, no lo necesitamos si para tenerlo nos dejamos la vida en ello.
Me declaro una perdedora, me declaro irresponsable, me declaro fracasada, no tengo un centavo a mi favor, pero tampoco lo tengo en mi contra.
Estoy viva, estamos vivos. Vengan los labios, las manos, las flores, la brisa, los sueños, el río, el mar, el cielo, los pájaros, los niños, la risa y todas esas cosas cursis e inútiles que le dan a la vida sentido.
Regalo besos porque estoy viva...
miércoles, 4 de abril de 2007
Turismo Etílico
Publicadas por
Carola
Margarita, finales de marzo del 2007. Todo está preparado para recibir a los cientos de miles de turistas que vienen a contribuir con la economía insular. Ya las calles están llenas de carteles que muestran desproporcionadas mujeres semidesnudas con una botella de cerveza incrustada entre los senos. Banderines, promotoras, altavoces gigantes que se descosen al son de regetón, todos esperando en momento ansiado. La semana mayor, mayor rumba, mayor pea, mayor decepción.
Se ha decretado la ley seca: desde la remota capital de la república y sin tomar en cuenta la particularidades geográficas y culturales de esta isla toda rodeada de agua, se ha decretado la ley seca.
Con mi curda no te metas, escribió la sociedad civil indignada en los cristales traseros de sus carros. Allí donde antes podíamos leer jocosos mensajes made in Musipán que eran el deleite de grandes y chicos. Me metieron er pipe en Musipán -leía silaba por sílaba mi niña en una cola en el Crucero de Guacuco. Otro mami -me bañé en el moja bolas de Musipán.
Que tiempos felices aquellos, la isla se inundaba de alegría: carros que iban haciendo zigzag, millones de pedacitos de botellas no retornables decoraban con su brillo las calzadas, alguno que otro vomito medio seco sobre la blanca la arena, chapitas que acariciaban los pies al andar descalzos, peleas de bravucones envalentonados por el alcohol y cegados por los celos. ¿Qué les ves a mi jevita? – dice uno al que le acaba de germinar el primer vello púbico. El culo -contesta el otro con ganas de fastidiar. ¡Pow! ¡Zap! ¡Biff! ¡Ay Toni no peleen que me pongo el pareo y ya está!
Los bodegones a reventar, cajas y cajas de whisky desfilaban por las registradoras. La isla en pleno apogeo, la música a más no poder. Uno que otro muerto, que le dio por salir a chocar contra un borracho, pero nada más. Daños colaterales que bien pueden ser compensados por el bienestar general producto de consumo desenfrenado de alcohol.
Se apaga nuestra isla, todo por culpa del único culpable de todos nuestros males. Protesta la sociedad civil en Pampatar, ya encontraron un nuevo punto de fusión. Rebelión gritan los que consideran que emborracharse como cubas es un acto de rebeldía.
¿Que será de aquella adolescente que solo necesitaba un traguito de mas para terminar en posición horizontal bajo el cuerpo de su amado? ¿Será capaz de hacerlo sobria y consciente de lo que hace? ¿Qué será de las discotecas al aire libre, cobrarán el agua a precio de whisky para compensar? ¿Podrán dormir los vecinos de estos locales acostumbrados al ruido que estos les regalan cada noche?
La isla ya no es la misma, los visitantes reclaman, los isleños desesperan al ver como la abstinencia desmorona sus esperanzas. Turismo etílico, ese a sido el atractivo con el que se ha promocionado este paraíso caribeño.
No hay playa, sierra, ni desierto que venda más que una pea. No hay playa , sierra ni desierto que no hay sido decorado con esas llamativas y tentadoras vallas, invitando a tomar una cerveza helada entre dos tetas de silicona. Dicen que en el mar la vida es más sabrosa, pero, al parecer, nuestras playas no son tan playas si no te ahogas en alcohol.
La Semana Santa es tiempo de recogimiento, pero como la religión cada uno se la pone como mejor le quede, aquí se practica el recogimiento de botellas rotas, recogimiento de borrachos en el suelo, de muchachitas ebrias, de cadáveres en las carreteras, de dinero en las cajas registradoras. Así es como veneramos al único Dios que nos hermana en su semana mayor.
Mayor pea, mayor rumba, mayor decepción…
martes, 3 de abril de 2007
Con mi rectoscopia no te metas.
Publicadas por
Carola
Suenan todas las alarmas, se declara una emergencia sanitaria. No es la gripe del pollo, no es la fiebre amarilla, ni reuma, ni tos ferina. No hay epidemia alguna, pero la habrá, se los aseguro. Chávez esparció el virus del pánico al estornudar ayer y sin taparse la boca. Ahora pretende regular los precios de los servicios médicos privados. Con mi rectoscopia no te metas.
¿Dónde está las libertades que tanto amamos? ¿Hacia a dónde nos quiere llevar ese señor? ¿Es que acaso nos veremos obligados a enfermarnos sin tener que hipotecar el futuro de nuestros hijos? ¿Tendrán que aprender los mas viejos, y loro viejo no aprende a hablar, a vivir sin el terror que les produce una muy posible y cercana enfermedad?
La salud barata es una aberración, como todo lo barato. ¿Qué médico que se considere honorable va a cobrar un precio razonable por una intervención? Y el caché de las clínicas ¿dónde queda? ¿Cómo vamos a diferenciar una clínica cinco estrellas de una de medio palo si todas cuestan lo mismo?
Con las clínicas va a pasar como pasó con el Sambil, le pusieron el metro al lado y se hizo accesible a las hordas de niches que ahora invaden sus pasillos, convirtiendo lo que debía ser el Mall mas popof de Caracas en una merienda de negros con tiendas caras.
No quiero ni pensar en las lujosas y cómodas salas de espera de la Clínica el Avila, llenas de mujeres con bebés semidesnudos pegados a la teta, viejos sin dientes y con tos, gente vestida de poliéster con bollitos y hediondos a pachulí.
No cualquiera puede ser doctor, eso hay que reconocerlo y la mejor manera de hacerlo es pagándole lo que valen. Dedicaron su juventud a quemarse las pestañas, trabajan como burros con aire acondicionado, y al fin y al cabo tienen nuestras vidas en sus manos. ¿Acaso eso tiene un precio que pueda ser regulado?
Y ¿qué será de la calidad del servicio? Porque esa gente tiene que comer, pagar la camioneta, el condominio, las cuotas del club, el colegio de los chamos, el viaje a Disney World, comprar ropa que los represente, porque no pueden ir como unos percusios.
Te imaginas que si ganando lo que ganan, de vez en cuando meten la pata, ¿cómo será cuando una operación no les de para recorrer Europa?
¿Que va a pasar con todos esos doctorcitos recién graduados que aspiran a un futuro mejor? No me van a venir ahora con el cuento de que el capitalismo salvaje campea en esos sagrados templos de salud. Que si hay canibalismo gremial, que si el médico explota al médico. Hay quien dice, válgame Dios, que los doctores adinerados ‘’apadrinan’’ a jóvenes y talentosos médicos pelabolas. Que les ponen frente a los ojos la zanahoria de una posible futura sociedad, el acceso imposible a un mundo que no se habían atrevido a soñar.
El prestigio que les otorga curar a prestigiosos pacientes en prestigiosos quirófanos, se paga con trabajo subpagado. Con domingos y madrugadas, con hijos que nunca ven a sus papás. ¿Qué mientras tanto el doctor en jefe toma piña colada con sombrillita en alguna playa del caribe? Si, es el quien se vació el bolsillo para comprar la acción. No serán tan malagradecidos de pensar que esto es injusto, no irán a morder la mano del amo que los alimenta, aunque sea con sardinas.
Yo propongo hacer clínicas clandestinas donde podamos ser desplumados en paz. Es nuestro derecho, es nuestro culo es que esta siendo hurgado por el dedo de la especulación y en mi culo mando yo.