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Carola

Cuando vino el cometa por última vez, corrían los años ochenta y el mundo estaba sufriendo una epidemia de nuevos movimientos sociales. Parecía que los jóvenes hacíamos un examen de consciencia colectivo y un juicio severo a la sociedad. Tal vez fue por el miedo primitivo a los augurios apocalípticos que vienen atados a la cola del cometa, o por la cercanía del fin de siglo, o por la certeza de que el mundo iba por un pésimo camino; el hecho es que quisimos salvar la Amazonia, alimentamos a los etíopes al ritmo de rock, prohibimos la caza de ballenas, incluimos en nuestro vocabulario las palabras biodegradable, ecosistema, solidaridad, ozono, apartheid y comenzamos a asomarnos por encima del muro que, para bien o para mal, unos años después caeria ante nuestros ojos. Tratabamos de hacer cambios y en algunos casos lo logramos. La Iglesia Católica no podía dejar pasar ese momento sin tener algún tipo de protagonismo, así que el Papa también metió su cuchara, decretando que el año del cometa seria el año del Indulto Plenario. Y fue eso, y solo eso lo que se filtró en la densa atmósfera valenciana donde nada cambiaba, porque en Valencia nunca pasaba nada.
Valencia era un pueblo con pretensiones de ciudad al que su cercanía con Caracas sólo lo hacia más feo y más gris. Si Caracas era un valle rodeado de montañas de todos los tonos de verde; Valencia era un hueco entre lomitas áridas que ardían casi todo el año cubriéndolo todo de hollín. Si en Caracas sobraban las galerías, teatros y museos; en Valencia había un teatro municipal, una mala imitación del Palacio de Versailles, que abría sus puertas una vez al año para que los niños de las mejores familias dieran desafinados recitales de piano. Si en Caracas se empataba el día con la noche porque veinticuatro horas no alcanzaban para vivirla; en Valencia se apagaban las luces a las once y las señoritas decentes se recogían en sus casas antes de las nueve. A Valencia le faltaba lo que en Caracas sobraba: vida.
Allí me llevaron mis padres cuando era muy pequeña, allí crecí y cuando estaba a punto de sucumbir a la vacía placidez valenciana mi papá nos hizo el favor de llevarnos, a mis hermanos y a mi, a un viaje muy largo y lejano. Después de cinco años de cambios, de idiomas, de ideas, de personas diferentes pero iguales al fin y al cabo, de ojos tan abiertos para no perder detalle; después de vivir en cinco años lo que se vive en una vida; volví a Valencia, con diecinueve años y con la cabeza revuelta .
No había terminado de llegar y ya todos sabían que había vuelto. De repente me convertí en la novedad del pueblo. Recibí cientos de visitas de muchachos que me traían flores, chocolates y hasta serenatas. Todos querían llevarme a cenar; en cuatro días copé mi agenda con invitaciones para los próximos cuatro meses. En la primera cita me enteré del porqué de tanta cortesía: la cena era yo. — ¿Me vas a venir con que no quieres? Si tu viviste en el norte y todos sabemos que las mujeres de allá se acuestan con todo el mundo. Me aclaró mi acompañante, con la voz ronca y la mirada turbia que tienen los hombres cuando piensan con el pene. —Además ya te invite a cenar; no me vas a dejar así.
Lo dejé así y cancelé las demás invitaciones, bueno, casi todas, uno no es de palo...
Recordé los prejuicios valencianos y me di cuenta de que desafinaba en aquella sinfonía insípida. Mi pelo despeinado y verde, ¡no, no, no, no! Mini faldas y camisetas rotas, botas de baloncesto moradas, pendientes hechos con aviones de juguete, ¿Dónde se ha visto? Medias de malla y, para colmo, fosforescentes, ¡Jamas! Bastante desorientada, debo admitirlo, traté de ubicarme en ésta vida a la que me habían devuelto y en contra de mi misma, volví a ser morena, me aplasté los pelos con gomina, pedí prestada la ropa de mi mamá y salí a buscar trabajo. Lo encontré el mismo día: me convertí la nueva maestra de inglés de mi antiguo colegio, que ahora era del Opus Dei.
Mi carácter geminiano me ayudo a sobrellevar esta doble vida: por fuera era la teacher: una niña seria, perteneciente a una de las mejores familias que no eran valencianas, pero que tenían suficiente dinero como merecer el saludo de los verdaderos valencianos, descendientes de conquistadores y próceres de la independencia. Por dentro, seguía siendo yo, con mis pelos parados, de cualquier color menos el que Dios me había dado, con mi vídeo de Band Aid, mis folletos de Greenpeace, con mis libros, descubriendo a Macondo y soñando con cualquier ciudad del mundo menos con la que me había tocado vivir en ese momento. Y esperando un que se yo, que amenazaba con llegar pero que demoraba…
Y llego el indulto plenario.
Gracias a mis contactos con las altas esferas del Opus Dei pude acceder a tan privilegiada información. La profesora de francés me trajo la noticia recién salida del horno.
—El Papa, debido al estado de degradación de la sociedad, ha querido redimir nuestras almas, como un día lo hizo Jesús. Y ha decretado el Indulto Plenario.
Claro que el Papa no es pendejo, pensé yo, y vez de dejarse crucificar, prefirió dar dos plumazos y estampar su sello divino en pedazo de papel.
—Así que éste año, cualquier católico puede salvar su alma para siempre. Solo tiene que ir a la iglesia, confesar sus pecados, rezar la penitencia impuesta por el sacerdote, y agregar tres credos, tres padrenuestros, tres ave marías, y tres glorias por ultimo comulgar. Esa era la receta para obtener el perdón de todos los pecados cometidos y por cometer.
Marie Charlotte parecía saborear cada palabra que pronunciaba, de alguna manera Dios la había convertido en su heraldo, ella era un instrumento del Señor. Bastaba ver su cara de devoción; sonreía, pero con esa sonrisa que solo he visto en curas de alto rango, y en aquellos que tienen la certeza de que sus almas van derechito al cielo. Complementaban a su sonrisa los ojos llenos de lágrimas y las mejillas encendidas de rojo pasión. Parecía como si acabara de tener un orgasmo sacro santo.
Eso era todo, hacías el lo que mandaba el Papa y después a matar a la abuelita, que no importa porque el cielo ya esta ganado para siempre… Yo con diecinueve años y muchos pecados por cometer, sin creer mucho, pero, por si acaso; pensé que no estaría de más esto del indulto. Esa misma tarde me fui a la iglesia por primera vez desde de mi primera comunión. Me lleve una chuleta con las oraciones requeridas, y me vestí con la ropa más gris que pude encontrar: el uniforme de maestra del Colegio Cruz Bendita; que además me daría puntos con el cura, porque me identificaba como una soldado del ejercito celestial del Opus. Me planté en la fila del confesionario y no tardé en darme cuenta de que en la iglesia estaba el colegio en pleno y otros representantes de los sectores más importantes de la sociedad valenciana. Todos estaban al tanto de la ganga espiritual que ofrecía el vaticano y todos necesitaban desesperadamente obtener en salvoconducto al Reino del Señor: Estaban la profesora Ana Gimenez, su hermana Luly y su marido, un trío inseparable. Como su Luly no encontró marido, Ana decidió, generosamente, compartir suyo; pero a cambio ella seria el ama de ambos. El doctor Michelena con sus nietas y la nana, que amamantó a las niñas, y ahora amamanta al abuelo todas las noches después la cena. Armando Gómez Ochoa, casado con Cuqui Gurrucheaga: los dos comparten sin saberlo las caricias de su chofer, un negro antillano, que le eriza la piel de lujuria a muchas de la damas y caballeros que hoy asisten al templo. Estaban también las hermanitas retroceso, tres adolescentes, que para llegar “vírgenes y puras” al matrimonio se dejan hacer por cualquier orificio que no sea el oficial; preferiblemente por el de atrás. Y detrás de mi, en la fila, la jefa suprema: la fundadora del colegio, que me saludo con esa sonrisa beatífica de cardenal compinche de Dios, y se felicito al comprobar una vez más, que sus ex alumnos seguían aquel camino por el cual nos condujo, estrujando nuestras manitas con su férrea mano, inculcándonos el temor a Dios, temor al Diablo y, sobretodo, el temor a ella.
Casi una hora después, llegó mi turno al confesionario. Me arrodillé en el lugar que corresponde a las mujeres, donde una rejilla impide que veamos la cara del confesor.
—¡Hola padre!— Saludé.
Como no obtuve respuesta di unos golpecitos en la madera como quien llama a la puerta, y nada… Entonces sentí un susurro ronco y pestilente e ininteligible
—¿Qué padre? No le oigo.
El hedor a sarcófago se hizo más intenso cuando la voz del cura se hizo audible.
—Ave María Purísima —Parecía enojado.
Yo, para no empeorar las cosas me apresuré a contestar como pude.
—Si padre, Ave María Purísima —Sin imaginar que aquello era la primera parte de una especie de contraseña litúrgica. Mi ignorancia alertó al párroco de que tenía ante si a toda una pecadora. Me castigó con un suspiro hondo y putrefacto y pregunto —¿Hace cuánto no te confiesas?
—Desde mi primera comunión, padre—. Contesté un poco aturdida por la pestilencia que impregnaba el confesionario, y di gracias a Dios por la rejilla que, de alguna manera, debía filtrar un poco aquello.
—Y, ¿Qué edad tienes?— Casi gritó— ¡Diecinueve años! Eso significa que hace fácilmente diez años que no comulgas, una década de pecados mortales apilados en tu alma, descomponiéndola, preparándola para las fauces de Satanás. Diez años de inmundicia.
La única inmundicia aquí es su aliento, pensé mordiéndome la lengua.
—A ver, dime tus otros pecados.
—Bueno padre, yo creo que soy una persona buena y trato de vivir sin hacer daño a nadie. He estado pensando mientras hacia la fila, pero creo que no tengo pecados.
—¡Soberbia! Un pecado capital— grito —. ¿Acaso te crees perfecta? Solo Dios es perfecto. Soberbia, soberbia…
—Padre, ¡no grite! —Pensé en la jefa suprema que estaba detrás de mí con las orejas como antenas parabólicas. —Tengo una idea padre: díganme usted los pecados y yo le diré si los he cometido.
—¡Esto es el colmo!— Volvió a suspirar, acabando con el ultimo vestigio de olor a incienso y flores que quedaba en el templo. — A ver, dime ¿Eres casada?
— Soltera padre.
—Y, ¿Tienes novio?—
— No padre—. Allá va el cura, pensé.
—¡Humju! Y... ¿Has tenido contacto físico con algún hombre?
—A diario padre, y no con uno sino con tres—. La respiración del cura se hacía más profunda y hedionda—.Tengo a mi papa y dos hermanos a quienes beso y amapucho cada vez que puedo, no lo puedo evitar…
—¡Eso no es lo que yo quiero decir!— Rugió furioso.
—Pues explíquese padre—. Subí la voz para fastidiarlo más, y lo logré; el párroco furioso empezó a tartamudear.
—Que… Que… Que… Yo… Yo lo que quiero saber es si has acariciado a algún hombre con mala intención.— Su voz se volvió un susurro entrecortado y carrasposo.
—Nunca padre, con mala intensión jamás— y agregué, bajando la voz y arrastrando las palabras como una operadora de telesexo —Cuando yo acaricio a un hombre lo hago con la única y sagrada intención de dar y obtener placer. ¿Qué mejor intención que esa?
El cura saltó de su asiento mientras me gritaba —¡Oveja descarriada! No te arrepientes, ¡No te arrepientes de nada!; ¡Estás condenada!; ¡No te absuelvo!—
—¡Mal pastor!; ¡Retrógrado!— Salté como la pólvora, echando chispas —. Claro que no me arrepiento. Es que si lo hiciera acabaría viviendo mi vida eterna en el cielo de usted, con ésta putrefacción de aliento, rodeada de todos estos beatos hipócritas. Que Dios me libre de ir a ese cielo porque para mi sería el infierno.
Terminé gritándole frente a frente, allí sin rejillas, de pie, furiosa; y él, un viejo como de cien años, sentado, acorralado en su cajón pestilente, tenía la mirada turbia y la voz ronca que tienen los hombres cuando piensan con el pene, y la sotana levantada, sospechosamente, allí donde tendría que permanecer inerte aquel instrumento del pecado que juro acallar para siempre. Parpadeé varias veces para tratar de ubicarme en la realidad. No tuve que mirar para saber que todos me miraban, dentro de la iglesia y fuera. Todos los valencianos, no importa donde estuvieran, miraban hacia mi, como los fieles del Islam miran hacia la Meca. Entonces supe que no tenía trabajo, que jamás me admitirían es su universidad, y que por fin no tenía nada que hacer allí.
Salí de la iglesia, me subí a mi coche y me fui de Valencia. El viento de la autopista venció a la gomina que oprimía a mi peinado, limpió el hollín que cubría a mi carro, borró el olor a cura que quedaba en mi nariz, levantó mi falda hasta los muslos y me llevó a Caracas.
Esa noche vi en el cielo caraqueño algo que se veía en todo el mundo menos en Valencia: el cometa Halley; brillaba estacionado sobre la cima del Avila. Entonces supe que el Indulto Plenario había funcionado, que yo había sido redimida, que me había liberado y que me había dado, por fin, aquello que tanto había esperado: mi vida, que estaba pasando en Caracas mientras yo me moría en Valencia.
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Invariablemente, íbamos todos los sábados a a la playa. Debe ser porque éramos una familia marina, lo teníamos tatuado en nuestro código genético, éramos descendientes de incontables generaciones de isleños y costeños, y todos los sábados teníamos que regresar al mar para abastecernos de salitre. Era una especie de ritual psicodélico que comenzaba cuando mi mamá, madrugadora, nos despertaba, uno por uno, improvisando una canción destemplada, que narraba el día que teníamos por delante. Acababa su recital y se largaba a terminar de recoger los bolsos y la comida. Entonces nos levantábamos los tres, aturdidos, gritando, corriendo, interrumpiendo el paso y evitando que mi mamá escuchara algo importante que mi papá trataba de decirle.
Cuando por fin entrábamos en el carro, entre las bolsas, los juguetes, los sombreros, la comida y hasta el perro, nos maravillábamos que aún sobrara espacio; ¡Papaaaaaaaá! —Gritábamos los tres al notar que el piloto no estaba detrás del volante; mi mamá nos gritaba que no gritáramos mientras hacía gritar a la bocina del carro: ¡ Paa paaaaaaaaaaaaaá ! Al rato, aparecía mi papá extrañado por tanto escándalo. Estaba haciendo pupú —Decía antes de que le preguntaran y conociendo exactamente lo que le respondería mi mamá: “Que raro, siempre se te atraviesa un mojón justo cuando estamos a punto de salir. ¿Acaso no habías hecho después del café? Es que de verdad tienes un culo caprichosito …” Mi papá, para sacarla de quicio, la interrumpía levantando una pierna y pujando un peo agudo y apretado que nos mataba de risa. Mi mamá ponía entonces la “cara de culebra ”y decía en voz bajita y peligrosa: ¡Cochino! La cara de culebra aparecía en el garaje, antes encender el carro, y venía rutinariamente con nosotros a pasar el día de playa. Mi mamá era tan bonita, que la cara de culebra no la afeaba, a pesar de darle una expresión pavorosa: sus pelos rojos se encrespaban convirtiéndose en una fogata y sus ojos verdes se hacían más grandes y más rasgados. Parecía una preciosa diablesa furibunda que nos dejaba petrificados en nuestros asientos, de miedo, admiración y respeto, por el talento histriónico de mi mamá y por esa manera tan particular de ser bella hasta cuando quería ser horrible. Aquel hechizo duraba hasta que mi papá decía: “Ya se jodió todo el mundo, tu mamá puso la cara de culebra ”. Y nosotros nos asfixiábamos de la risa otra vez.
El camino era largo para tres niños que debían permanecer incrustados entre en equipaje y el perro. En menos de diez minutos comenzábamos a retorcernos impacientes. Mamá: ¿Cuánto falta? —Sabíamos cuanto faltaba: todavía teníamos que salir de la ciudad, tomar la carretera de curvas que siempre mareaba al Peque, faltaba suplicar al Peque que no vomitara, faltaba llegar a Puerto Cabello, parar en una de las casetas de madera y cartón donde una negra en technicolor freía empanadas de cazón y arepitas dulces; faltaba que comiéramos hasta empacharnos. Faltaba la carretera de Morón, que era tan estrecha que, a pesar de ser de dos sentidos, sólo el coche del conductor más audaz cabía en el asfalto; mi papá, tranquilo como era, prefería arruinar los amortiguadores circulando por borde de tierra de la carretera. Faltaba que los niños peleáramos por cualquier cosa, varias veces; que mi hermano mayor nos pegara un golpe y que mi hermano menor le devolviera el agravio pegándole un moco en el puño que venia a golpearlo de nuevo. (Los mocos del Peque eran efectivos y asquerosos.) Faltaba que mi mamá se arrodillara en su asiento, volteada hacia nosotros, con la cara de culebra, avalada por una chancleta de goma que surcaba el aire como una espada justiciera, y aterrizaba en cualquier pierna o cualquier brazo que estuviera en su camino Faltaba el puente sobre el río que olía a huevos podridos, faltaba que gritáramos al cruzarlo: ¡Fooooooo!, ¡Huele a peo! Cara de culebra y chancletazos; y la risita de mi papa.
Por fin llegábamos a la marina de Tucacas. Nosotros saltábamos del carro como si hubiéramos estado metidos a presión. Pensadolo bien, nos habíamos metido a presión. Mi mamá, majestuosa, no parecía haber pasado la última hora y media de rodillas repartiendo chancletazos. Mi papá bajaba de último, tranquilo como un buey. Después de hablar con el capitán de la marina, mi papá se reunía con nosotros en el muelle donde, todos juntos, nos extasiábamos mirando como la grúa bajaba a nuestra lancha al mar. Los rayos del sol caían sobre ella, dando a la escena un aspecto de portada de catecismo, y nuestras caras de adoración la complementaban. Bajaba como en cámara lenta, iluminada, azul, deportiva y nuestra. En el agua era aún más bella. Subíamos todos, como cada sábado, desde que la compramos: Mi mamá, magnifica, se había cambiado el vestido por un traje de baño tan impresionante, que hacía que el bullicio de la marina se apagara por unos segundos para dejar oír los suspiros de quienes la miraban. El perro se subía a la proa y se paraba en el bordecito puntiagudo, como la muñequita de un Rolls Royce. Nosotros éramos tres hermanitos hermosos y felices, que jugábamos dentro de nuestra lancha azul. Mi papá, joven, guapísimo, dorado, con las sienes prematuramente grises de quien ha triunfado prematuramente, como un Neptuno moderno; subía de último y se sentaba en su trono de capitán, detrás del timón. Tomaba la llave, la introducía lentamente en el arranque, la giraba, mientras nos quedábamos mirando embobados como no pasaba nada …
La lancha, otra vez, no funcionaba. Lo que tenían que haber reparado durante la semana, no había sido reparado. El mecánico no estaba. No se preocupe, señor que yo mismo hablo con él, que de ésta semana no pasa, sí, ya sé que lo mismo le dije la semana anterior, pero usted sabe como es esto del personal …Y mi papá, un tauro perfecto,manteniendo su cara de sabado feliz, pero con un volcán en erupción en el pecho, se subía la lancha, abría la nevera y se servía algo de comer. No íbamos a perder el viaje, después de tanto conducir. Nos quedamos en la lancha, comemos, tomamos el sol y los muchachos se pueden bañar en el muelle, que el agua esta clarita. Ese sábado, como todos los sábado, nos quedamos en la marina, atados al muelle, oliendo el humo que despedían los alegres motores de las lanchas que sí funcionaban. Pasábamos las horas viendo como partían hacia los islotes verdes y blancos que teníamos enfrente, y a los que ese día, tampoco, podíamos llegar. A las cinco de la tarde, salados y pegajosos, nos metíamos en el carro como podíamos, esperábamos que mi papá hiciera pupú y regresábamos a casa. Era como retroceder una cinta de vídeo: la cara de culebra, la chancleta, los gritos, los puños, el moco, y la risita de mi papá.
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Esa tarde caminábamos por Las Ramblas. No sabemos en que momento pero hace muchos años que el paisaje recargado de la vieja ciudad dejó de ser exótico a nuestros ojos, todas sus maravillas se hicieron cotidianas e hicimos de Barcelona nuestro hogar. De verdad, nos sentíamos como en casa hasta que desde una jaula, en una pajarera, el grito salvaje de un loro nos dejo paralizados.Mi estómago se hizo un nudo y mi garganta se contrajo de tal modo que el aire casi silbaba al pasar. Mis ojos se nublaron y entre lágrimas, que brotaban descontroladas, pude ver a Oscar: su cara era el reflejo de mi cara y en su mirada vi como los árboles lampiños de Las Ramblas se llenaban de ramas tupidas con hojas de un verde hace tiempo olvidado. La ciudad se borraba, y entonces, en medio del atasco caraqueño, respirando aquel mestizaje de olores que dan a Caracas su aroma tan peculiar: olor a humo de los coches, a frenos de asbesto, que ademas de oler chillan, a carne asada en restaurantes caros, a cansancio, a hierba mojada, y un toque ineludible de Río Guaire, cuyo olor indescriptible llevamos tatuado en la pituitaria quienes alguna vez nos hayamos encontrado en su orilla de concreto. En medio de aquel cataclismo de ruidos y olores, de agresividad y miedo, de agobio y frustración, escuchamos, como cada tarde hace muchos años, los gritos alegres de los loros que volvían a sus nidos. Viven allí en la Río de Janeiro a orillas de un río urbano y podrido. Cuando vuelven los loros su canto opaca a todos los sonidos y por encima del enredo de vehículos y gente, solo se ve el verde infinito de una selva que acogió edificios y calles como parte de si. Allí, Oscar y yo, recordamos y sentimos el placer inmensurable de poder compartir el regreso a casa con los loros.Busqué anclarme y tome la mano de Oscar que, como siempre, me volvió a la realidad: estábamos allí en medio de Las Ramblas, compartiendo con un loro la certeza de que estábamos tan solos, tan tristes, y tan lejos como el.
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El tiempo no acompañaba al cortejo fúnebre. El clima quería incordiar a los dolientes mostrando el sol más brillante y el cielo más azul que habían visto en mucho tiempo. A no ser por los trajes negros y el picor de las lágrimas en los ojos, cualquiera podía haber pensado que éste sería un día perfecto para ir a la playa y comerse un pescadito frito con Roberto. Lo único malo era que Roberto había muerto y se dirigían a su entierro.
Todos sabían que ese día llegaría más temprano que tarde. Ya el médico lo había advertido: a un hombre de más de ciento cincuenta kilos se le hace muy difícil remontar la cuesta de los cuarenta y cinco años y Roberto tenía cuarenta y dos años y ciento sesenta y un kilos.
Pero no fue como todos esperaban, siempre imaginaron que el corazón de Roberto colapsaría en mitad de un ataque de risa, o bailando un merengue dominicano de esos que dan taquicardia, o tratando de subir la lomita que separa al mar de la tierra firme. De cualquier manera, pero gozando.
Roberto murió después de un accidente de tránsito, no supieron como fue: alguien lo encontró atrapado dentro de lo que quedaba de su coche, en mitad de la carretera. Aun vivía, al parecer su barriga hizo las veces de airbag y lo salvó de morir en el acto; pero, más tarde en el hospital, el peso de su barriga aplastó a su corazón que dejó de latir y Roberto se fue. —Su barriga lo salvó, su barriga lo mató. — Dijo el médico, que pudo mantener una expresión seria y solemne a pesar de la frase que acababa de pronunciar. Esa frase fue el preludio de lo que estaba por venir.
El primer detalle fue el ataúd extra large, una rareza en Venezuela, donde el ochenta por ciento de la población no tiene que comer. Después de recorrer toda Caracas y sus cercanías alguien encontró uno de la talla de Roberto.
Ahora si podrían llorar a Roberto en paz, y lloraron toda la noche, lloraron camino al cementerio, y lloraron mientras lo sacaron del carro fúnebre y lloraron mientras colocaban el ataúd entre las dos gruesas bandas de la mini grúa que habría de descenderlo a su fosa. Era una fosa como todas las del Cementerio del Este: rectangular, reforzada de concreto, cubierta para la ocasión por un toldito azul y rodeada de la hierba verde, cortadita que cubre al cementerio de manera que no parece un cementerio. Por eso es que todos los caraqueños lo prefieren al la hora de descansar en paz. Porque enterrados allí los muertos no parecen tan muertos.
Después de rezar por el alma del alma de las fiestas, a una orden del encargado la mini grúa empezó a bajar el féretro emitiendo unos chirridos que fueron apagados enseguida por el llanto agudo de las mujeres, seguido por el de los hombres que, al ser mas grave, armonizada con el de ellas dandole al momento un aire operatico.
Los ojos hinchados por las lágrimas y el trasnocho se quedaron mirando como algo que no podía estar pasando pasaba: la urna no cabía en la fosa, la fosa no era extra large. — ¿Pero, es que nadie advirtió a los del cementerio? —Preguntó la hija del difunto. Nadie recordaba haberlo hecho; al parecer el alivio que sintieron al encontrar un ataúd de sus dimensiones les hizo pensar que todo estaba resuelto. No podían enterrar a Roberto.
— ¡Súbanlo!— Dijo el encargado. Ya nadie lloraba, todos estaban parados allí como esperando que Roberto saliera a reirse de ellos, como si esto fuera una broma más del gordo. La sensación les duró solo un instante, enseguida comenzaron a hacer sugerencias para resolver el asunto. Las ideas parecían descabelladas pero estaban a la altura de la situación: optaron por serruchar los salientes de madera que decoraban la caja. Alguien trajo sierras y serruchos de la oficina de mantenimiento, pero muchos de los hombres prefirieron utilizar la sierrita de sus navajas Victorinox, que llevaban a todas partes “por si acaso” y también porque estaban de última moda. Afuera chaquetas y corbatas y mangas enrolladas hasta los codos, cortaron la madera a la sombra de la mirada de las mujeres, que permanecían de pie, clavadas con sus tacones en la grama. Al cabo de un rato y bañados de sudor terminaron la faena. Se felicitaron unos a otros con apretones de manos y sonrisas de camaradas. Las mujeres reprimieron sus ganas de aplaudir gracias a la sensibilidad femenina que les gritaba que ese no era ni el momento ni el lugar.
¡Bájenlo!
El sol apretaba y el negro de la ropa sofocaba, era casi mediodía y a esa hora no se entierra a nadie por que el calor no ayuda en estos casos. Soltaron algunas lágrimas que se confundieron con las gotas de sudor porque sabían a lo mismo. — Adiós para siempre amor— Dijo la viuda, pero se apresuró al despedirse, Roberto no se iba todavía, a pesar de la remodelación, la urna no cabía en la fosa. Hubo un suspiro general con motivaciones distintas: los hombres suspiraron frustrados, las mujeres porque ya no aguantaban los tacones y la viuda porque su gordo seguía allí.
¡Súbanlo!
Pensaron que lo que impedía la entrada del cajón eran las aplicaciones de bronce así que los hombres con los destornilladores de sus Victorynox se dispusieron a despojar a la urna de todas sus asas y ornamentos metálicos. La abuela se sentó sobre una de las chaquetas que los hombres habían dejado sobre la hierba, las demás mujeres no tardaron en imitarla dando al acto un toque de picnic dominical. El conductor del carro fúnebre, como inspirado por la escena, se ofreció a buscar algo de comer, ya que eran mas de las dos y media y muchos no habían desayunado.
¡Bájenlo!
No hubo lágrimas, solo se escuchaba el mecanismo de la grúa, nadie parpadeaba, todos contenían la respiración…
¡Súbalo!
Allí colgado como en una hamaca de madera, Roberto se mecía con el viento cálido de la tarde caraqueña. Las mujeres se quitaron los tacones, los hombres guardaron sus navajas. Se acababan las ideas, tenían hambre y casi todos habían pasado la noche en vela. — ¡Que se cae el gordo!— gritó una mujer con voz estrangulada. Y era cierto, el fondo de la urna estaba cediendo al peso del difunto, justo por el centro, donde no tenia el soporte de las bandas de la grúa, los clavos de aflojaban y el gordo amenazaba con bajar por sus propios medios a la fosa y sin ataúd. Los hombres, sin mediar palabra, inmediatamente se quitaron los cinturones, los unieron unos a otros haciendo una correa gigante (como de la talla de Roberto) y los ataron alrededor de la urna evitando así su colapso.
¡Bájenlo! ¡Bájenlo ya!
Y lo bajaron, aunque todos sabían que no cabría pero no había más alternativas. De pronto todos supieron lo que tenían que hacer y lo hicieron: se subieron sobre la caja atorada en la boca del foso y comenzaron a saltar una y otra vez. Una de las mujeres a ver la escena soltó una carcajada y sintió como la cara le ardía de vergüenza (¿o era por el sol?) Pero no pudo contenerse y soltó otra más estridente que contagió al resto de los dolientes. Saltaban y reían todos al mismo son, sobre la urna y sobre la hierba y entre brinco y brinco un chirrido les decía que el gordo estaba bajando, hasta que ya no se oyó más. Roberto ya estaba en su sitio.
Los hombres, con las caras bañadas en lagrimas, pero esta vez de la risa, se felicitaron dándose sonoras palmadotas en la espalda, y las mujeres, esta vez, se cagaron en su sensibilidad femenina y aplaudieron y corearon el nombre de Roberto y de los amigos que lo habían ayudado a bajar. Entonces llego el chofer repartiendo las hamburguesas y papas fritas que había ido a comprar. Se sentaron en la hierba a comer, la comida de extendió por varias horas, incluso el chofer volvió a salir, pero esta vez a buscar unas cervezas. A la hora de cerrar el cementerio se vieron obligados a interrumpir la fiesta. Después de todo los visto y todo lo bebido, nadie se extraño al ver a Roberto, sudoroso y sonriente, batiendo con vigor unas alitas pequeñísimas que milagrosamente lo elevaban.
Barcelona, Catalunya, 9 de mayo de 2002